Aunque el piso está resbaladizo —tensiones internas, fortunas inexplicables y escándalos graves de narcopolítica—, Morena galopa a la cabeza de las preferencias para la elección de 2027 pero no porque su imagen esté intacta —crece el rechazo en su contra—, sino porque la oposición sigue fragmentada, sin narrativa propia y, sobre todo, sin una alternativa creíble capaz de capitalizar el malestar.
Las mediciones de agosto lo confirman. Enkoll coloca a Morena en 43% de preferencia; Buendía & Márquez, en 35% de preferencia bruta y 48% efectiva; y Mitofsky, en 33.4%. Las metodologías y preguntas no son idénticas, pero el diagnóstico coincide: Morena conserva una ventaja amplia y ningún partido opositor aparece cerca de disputarle, por sí solo, el primer lugar.
Pero hay otra lectura en esos mismos números. El desgaste existe. Mitofsky registra que el rechazo a Morena sube de 24.6% a 36.1%, un incremento de 11.5 puntos, “el mayor entre todos los partidos”.
El rechazo crece. Ya está causando mella. ¿Por qué entonces, la oposición no consigue apropiarse de él? ¿Por qué, entonces, el “caballo de hacienda” no tropieza?
Porque la fortaleza de Morena no depende únicamente de que sus escándalos sean ignorados. Hay una combinación más resistente: una base social construida alrededor de la identificación con el movimiento y los programas sociales; una organización territorial que ningún partido opositor ha conseguido igualar; y una presidenta que, pese al desgaste que acumula la 4T, todavía funciona como un escudo político.
El tamaño de esa estructura tampoco es menor. En agosto, el INE validó 11.6 millones de afiliaciones de Morena, una cifra que habla de una capacidad territorial y organizativa muy superior a la de sus adversarios.
A eso se suma otro factor: la oposición no termina de convertirse en opción.
PAN, PRI y MC siguen discutiendo alianzas, candidaturas y estrategias entre gritos y sombrerazos, mientras Morena mantiene una ventaja considerable. Es una realidad que los propios liderazgos opositores empiezan a reconocer, aunque no siempre lo digan expresamente.
El líder de Acción Nacional, Jorge Romero, pasó de un rechazo tajante a ir en alianza particularmente con el PRI, pero desde hace unos días ya utiliza el “probablemente” cuando habla de acuerdos estatales con otras fuerzas políticas, incluido el Revolucionario Institucional.
Sin embargo, a poco menos de nueve meses para los comicios del próximo año, no es todavía una estrategia opositora. Es, en buena medida, la admisión de que cada partido por separado tiene dificultades para competir.
Pero los partidos opositores, incluidos los de reciente creación, deben entender que el problema no es solamente sumar siglas. Es construir una alternativa que tenga identidad, credibilidad y capacidad para convencer a quienes están inconformes con el oficialismo, porque también hay que decirlo: un porcentaje muy relevante del electoral tampoco quiere regresar al pasado que representan PRI y PAN.
¿Y Movimiento Ciudadano? Prefiere, por ahora, mantener su decisión de competir sin alianzas nacionales y sostener una ríspida confrontación verbal con la dirigencia priista.
Morena, entonces, avanza con todo y una larga precampaña política que el INE parece no querer ver; con una ventaja gracias a la estructura que ha construido en ocho años de gobierno y, sin duda, porque los programas sociales siguen siendo uno de sus principales anclajes entre amplios sectores de la población.
Sus aliados: el Partido Verde y el PT le aportan 8.3 puntos en conjunto, según Mitofsky, que coloca al bloque Morena-PVEM-PT en 41.7%. Pero también esos números explican por qué los morenistas siguen partiendo las rebanadas de pastel.
Se puede modificar el mapa
El proceso electoral 2026-2027 arrancó el 10 de septiembre y lo que está en juego da una idea de su dimensión: el 6 de junio de 2027 se elegirán las 500 diputaciones federales y, de manera concurrente, 19 mil 609 cargos locales y estatales, entre ellos 17 gubernaturas, mil 98 diputaciones locales y miles de cargos municipales y auxiliares.
En total, son 20 mil 109 cargos de elección popular.
Por su dimensión logística y demográfica, es el proceso electoral más grande de la historia.
No es una elección menor, pero hay que decirlo: tampoco es una elección resuelta. Se puede modificar el mapa político.
Los números, hasta ahora, contienen dos paradojas: Morena sigue arriba, pero sus negativos crecen; y la oposición sigue abajo, pero tiene una ventana para crecer.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿quién será capaz de aprovechar primero estas contradicciones?
Y aún más: ¿la oposición tendrá la fuerza, la organización y el trompo con la punta suficientemente afilada para hacer tropezar al oficialismo?
Ya veremos quién trae más cuerda… y quién lanza con más fuerza el rompetrompos.
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