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El libro como coartada moral. Ángel Verdugo despedaza la autobiografía política de Julio Scherer Ibarra

En su programa Plática con Ángel, el analista sonorense cuestionó la narrativa de víctima construida por el exconsejero jurídico de la Presidencia en “Ni venganza ni perdón. Una amistad al filo del poder”, y acusa a Julio Scherer Ibarra de construir una autobiografía moral que omite episodios incómodos. Entre ironía, sarcasmo, memoria política y experiencia histórica, Verdugo describió el libro como un ejercicio de autojustificación tardía, al querer pasar de operador del poder, a víctima moral

Ángel Verdugo Beltrán, sobreviviente de Lecumberri, matemático por el Instituto Politécnico Nacional, analista económico y columnista, aseguró que Ni venganza ni perdón. Una amistad al filo del poder, el texto que recién publicaron Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez, no es un libro, sino un dictado terapéutico con ínfulas de confesión.

El agudo comentarista reseñó que el hijo del referente del periodismo mexicano de quien lleva su apellido, licenciado en Derecho por la FES Acatlán y quien llegó a ser consejero jurídico de la Presidencia, se sentó con Jorge Fernández Menéndez —un periodista de origen argentino avecindado en México, que actualmente labora en Excélsior—, y decidieron escribir el ejemplar que llegó a librerías el pasado 11 de febrero de 2026, publicado por Editorial Planeta. En su programa Plática con Ángel, el veterano comunicador percibió el tufo a autocomplacencia desde la primera página y no perdonó. «Es una soberana porquería y un ejemplo de hipocresía personal, y ya no hay vuelta atrás» —expresó lapidario.

Lo que más irritó al analista sonorense es que Scherer se ponga el traje de santo, pues en el libro aparece como un hombre que no llevaba dinero en la cartera, indiferente a lo material, lector devoto del Sermón de la Montaña y del Evangelio de San Mateo. «El hombre era todo pureza», parafraseó Verdugo. Pero él, que ha visto pasar gobiernos y feudos, sabe que los políticos mexicanos escriben para lavarse la cara. El abogado que fundó su propia firma en el 2000 y asesoró a medio mundo, quiere hoy vendernos la imagen de un asceta metido a burócrata —señaló.

El problema, dijo, es que las memorias siempre mienten. No por lo que cuentan, sino por lo que omiten. Y “Julito” —como irónicamente le dice frente a la cámara—, omite tanto, que parece que le pagaran por palabra no dicha. Ahí está el detalle de cuando en el 92, en Tabasco, López Obrador, “el bulto” —como Verdugo le llama desde hace mucho—, perdió las elecciones y se armó el éxodo al Zócalo. El texto dice que unas cajas con facturas terminaron en un baño de las oficinas de la revista Proceso. Pero don Ángel, que aún posee una gran memoria, recordó el libro The Mexican Messiah del politólogo George W. Grayson, donde se sostiene que autoridades federales habrían entregado recursos para que levantara sus protestas. El comentarista añadió que esas versiones hablaban de miles de millones de pesos de la época.

Y gran parte de ese monto, según los datos que manejó Verdugo, terminó en la compra de 100 hectáreas de cacao en Tabasco. Don Manuel, el papá de AMLO, “compró” la tierra con el dinero que le dieron a López Obrador, y en su testamento, al morir en diciembre del 2000 —a sólo dos días de que este se convirtiera en jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal—, dejó 50 hectáreas para el disfrute exclusivo de su hijo Andrés Manuel y las otras 50 restantes a sus nietos; es decir, a los vástagos del expresidente, y el octogenario no les legó nada a los otros 6 hijos que tuvo con doña Manuela, fallecida 8 meses antes que su marido.

¿Y qué dice Scherer de esta extraña y poco ortodoxa decisión en su libro? —se preguntó—. Absolutamente nada porque el héroe impoluto que él nos presenta no puede tener esas máculas. Pero Verdugo, que conoce el paño, lo dedujo rápidamente: «Eso lo sabe seguramente Julito; lo sabe, entre otras cosas indebidas». Su libro reseña que Francisco Gil Díaz, entonces secretario de Hacienda, quería quedarse con Proceso y que, en una reunión, el hijo de Scherer se lo impidió, denostándolo. En la anécdota él presumió haberlo encarado y decirle, según su propio relato, “pues usted se va a chiflar a su madre”.

El comentarista, que es físico-matemático y conoce muy bien las proporciones, tomó esa escena para desmontarla con ironía y no pudo evitar la carcajada al narrar este pasaje del libro. Recordó que Gil Díaz era “un monote de casi dos metros” y Scherer más parecido a “un barrilón rotoplás”, insinuando que el episodio suena más a fanfarronería autobiográfica que a un acto real de valentía política. «Gil Díaz hubiera puesto pinto, barrido y regado a trancazos a este hombre», comentó Verdugo, recuperando el lenguaje de barrio. La escena —dijo—, en esencia parece escrita para engrandecer al narrador, pero termina pareciendo una caricatura involuntaria.

La defensa que Verdugo hizo de Francisco Gil Díaz no es casual. Lo presentó como uno de los secretarios de Hacienda más sólidos de las últimas décadas, un técnico con formación económica y experiencia en políticas públicas. Esa referencia le sirvió para marcar contraste con lo que considera una generación de funcionarios más preocupados por la narrativa política, que por la gestión del Estado. Para él, el problema no es ideológico, sino de capacidad y seriedad.

Autojustificación, no memoria histórica

Su comentario se volvió más ácido, cuando Scherer Ibarra abordó en el escrito su intento por construirse como víctima y héroe al mismo tiempo. Verdugo lo interpretó más bien como un complejo derivado de haber sido hijo de Julio Scherer García, figura destacada del periodismo mexicano. Para el analista, ese pasaje resume el tono del libro: un funcionario que intenta narrarse como héroe moral y acaba produciendo, sin querer, una escena de comedia política. Y en ese sentido, su conclusión es sencilla y brutal, puesto que considera que el libro únicamente es autojustificación y no memoria política, y sólo un intento de limpiar su imagen personal después de haber salido del poder.

Fiel a su estilo, deja la sensación de que a estas alturas ya pocas cosas logran sorprenderlo, pero reitera que aquí hay un problema de base: Julio Scherer Ibarra, el del apellido ilustre, el que tuvo que renunciar al consejo de Proceso en 2019 por conflicto de intereses, el personaje que apareció en los Pandora Papers con una sociedad en Islas Vírgenes Británicas llamada «3202 Turn Ltd» y con un departamento lujoso en Miami, ahora nos viene con que él es la víctima, el perseguido, el que aguantó las venganzas de Gertz Manero y de medio gabinete. Verdugo lo diagnostica sin titubeos: «Esto es material psiquiátrico interesante».

Jorge Fernández Menéndez, por su parte, tampoco sale bien parado en la historia. Verdugo recuerda que se trata de un periodista con una trayectoria en Excélsior, Grupo Imagen, ADN 40 y TV Azteca, casado con la también periodista y conductora Beatriz Belsasso, y con años de trabajo en análisis de seguridad y crimen organizado. Por eso —dijo—, le resulta incomprensible que “se haya prestado a ser el escriba de esta fantasía”. Haber sido colega suyo en distintos espacios no le impide expresar su decepción: “¿Cómo es posible que Jorge, conociendo esto, aplauda y sostenga que él fue uno de los hombres más influyentes del gobierno?”, cuestiona.

En el prólogo, él escribe que Scherer fue “el responsable de implementar cambios profundos y plasmar en leyes las convicciones del mandatario”. Y Verdugo, que lee esas palabras y conoce al personaje, soltó la carcajada: “El señor no tiene convicciones; tiene ideas trasnochadas, tiene dogmas, pero no tiene convicciones”. Y es que quien fue consejero jurídico de la Presidencia de diciembre de 2018 a septiembre de 2021, y que —según Olga Sánchez Cordero— llegó a adjudicarse la interlocución con los otros Poderes de la Unión, no es un ideólogo, sino un trepador. Y de esos, Ángel Verdugo ha visto pasar muchos en sus ocho décadas.

Lo que más le irritó al veterano periodista es que este libro llegue a las librerías justo ahora, cuando López Obrador ya está en Palenque, dedicado a sus fincas y a ver cómo crece el cacao. «Esperó a que pasara un año de la salida de López Obrador, allá alejado totalmente, allá como un cacharro viejo, que ahí está en el cuarto de los tiliches, y ahora sí saca su libro», dice, retomando la expresión popular. Y es que cualquiera se hubiera atrevido a hablar cuando el poder aún mordía, pero no, había que esperar a que el león estuviera en retiro, aparentemente jubilado, para pegarle con la zapatilla.

Y no sólo eso, sino que el libro se publica justo cuando sus escándalos ya son materia de dominio público. La renuncia de septiembre de 2021, los conflictos con Gertz Manero, la denuncia de Sánchez Cordero y los Pandora Papers en octubre de ese mismo año, donde aparecía como dueño de una offshore. Todo eso ya está en el expediente público.

El libro no busca contar la historia completa

El análisis de Verdugo no se quedó en lo superficial. Él conoce la historia de la familia. Sabe que Julio Scherer García fue un referente del periodismo, que fundó Proceso después de salir de Excélsior en 1976 y supuestamente resistió embates de todos los gobiernos. Por ello se sorprende de que el hijo, con ese apellido a cuestas, quiera también su cuota de martirio. Admite que los hijos padecen eso, porque sus padres son “personalidades absorbentes». Y este hijo, para igualar al padre, necesita su propia leyenda de persecución. Ya está el libro, falta la película —exclamó.

Beatriz Gutiérrez Müller aparece apenas mencionada de manera tangencial en el libro. Pero Verdugo, fiel a su estilo, introduce un elemento incómodo que el texto evita. Recordó los comentarios que circularon en su momento sobre la vida personal de López Obrador durante la enfermedad terminal de su primera esposa, Rocío Beltrán Medina, insinuando que el entonces dirigente político ya mantenía otra relación sentimental.

“Julito —dijo Verdugo—, sabía perfectamente esas historias y no las menciona”, porque romperían la imagen casi religiosa del líder que el libro intenta construir: un hombre que, según el propio Scherer, lee el Sermón de la Montaña y actúa guiado por principios morales superiores. Para el comentarista sonorense, esa omisión confirma que el libro no busca contar la historia completa, sino preservar la figura del personaje. «Eso habla de la catadura moral de ese que quiere catequizar al mundo», remata Verdugo.

Luego pasó revista a los otros personajes del entorno político que, según él, forman parte del mismo círculo de poder. Mencionó a Jesús Ramírez Cuevas, a quien identifica con referencias tomadas del libro El closet de cristal, de Braulio Peralta, donde se alude a “alguien de los nuestros en una posición relevante”. También señaló a Genaro Villamil, titular del Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano, a quien acusa de manejar los medios públicos como patrimonio personal y de haberse “trincado la lana” en la instalación de antenas, según su propia expresión coloquial. Todos ellos —dijo—, aparecen ahora en el libro de Scherer como responsables de intrigas y traiciones. El lenguaje es de Verdugo, no una interpretación.

“Él estaba rodeado de pillastres”, afirmó el comentarista al referirse al entorno político de Scherer Ibarra. En ese contexto mencionó a César Yáñez, recordando las acusaciones narradas por su exesposa Elena Chávez en sus libros sobre corrupción en el círculo cercano de López Obrador. Verdugo sostuvo que Chávez tuvo valor para publicar esas historias aun a costa de su seguridad personal. Y contrastó esa actitud con la de Scherer, quien —según él—, conocía desde dentro muchos de esos episodios y guardó silencio mientras estuvo en el poder. Ahora, dijo, escribe un libro donde él aparece como el personaje íntegro y los demás como villanos: desde Francisco Gil Díaz hasta Alejandro Gertz Manero, pasando por periodistas críticos.

Lo que más irritó al analista sonorense es que el texto adquiera una apariencia de legitimidad por la participación de Jorge Fernández Menéndez. Dijo que, si Scherer lo hubiera publicado solo, habría pasado como un ajuste de cuentas personal, pero al aparecer, acompañado por el autor de Los Maras y El enemigo en casa, el volumen obtiene un barniz de credibilidad que, a su juicio, no merece. Por eso su conclusión es directa: “es una quemada para Jorge”.

Narrativa que ofende al lector

El libro —dijo el analista—, contiene errores que cualquier lector atento puede detectar, pero lo que realmente le importa no son los errores de datos o de precisión, sino los morales. Le parece inaceptable que alguien que formó parte del círculo más íntimo del poder durante tres años, que encabezó la Consejería Jurídica en momentos clave de la llamada Cuarta Transformación y participó en la elaboración de reformas constitucionales, pretenda ahora presentarse como una especie de francotirador dentro del gobierno. Para el comentarista sonorense, esa narrativa no sólo es falsa, sino que resulta ofensiva para la inteligencia del lector.

Verdugo, quien vivió el movimiento del 68, que pasó años en Lecumberri y ha visto surgir y caer proyectos políticos a lo largo de décadas, no toleró lo que considera una impostura. “López Obrador es un hombre perverso, hasta el tuétano —reiteró—, pero este hombre lo pone como casi un santo”. En la lógica del comentarista, la narrativa del hijo del exdirector de Proceso contiene una contradicción elemental: si el jefe era tan nocivo, ¿cómo es que Scherer, el supuesto hombre íntegro, trabajó con él durante tres años en el corazón del poder? Esa tensión narrativa es, para Verdugo, el núcleo del problema.

Lo que terminó de irritarlo es la carta que López Obrador le envió a Scherer después de su renuncia a la Consejería Jurídica. La describe como un texto cursi y mal redactado, más cercano a un recado afectuoso que a una comunicación política formal. Scherer la reproduce en el libro como prueba de reconocimiento personal, y Verdugo se burló de esa decisión editorial. En su lenguaje áspero, atribuyó la escenificación de ese intercambio epistolar al entorno propagandístico del gobierno, en particular a Jesús Ramírez Cuevas, a quien se refirió con expresiones deliberadamente ácidas.

Mientras tanto —subrayó—, el país acumula cifras de violencia que desmienten cualquier narrativa épica del poder reciente, como son los cientos de miles de homicidios en el sexenio anterior, desapariciones en aumento y una violencia cotidiana que alcanza incluso a jóvenes asesinados por confusión. En ese contexto, le parece absurdo que antiguos funcionarios y operadores políticos se dediquen a escribir libros para reconstruir su imagen pública. Y más grave aún —dijo—, que periodistas con trayectoria acepten participar en ese proceso.

Para el comentarista, Ni venganza ni perdón es, en esencia, un ajuste de cuentas con antiguos aliados y adversarios del poder, una narración donde aparecen nombres propios, reproches personales y episodios reinterpretados desde la distancia. La comparación que introduce con los colaboracionistas europeos después de la Segunda Guerra Mundial, busca advertir que los “personeros” del régimen actual eventualmente enfrentarán el juicio público. Algunos intentarán esconderse; otros, escribirán libros para justificarse —puntualizó.

Al final de su comentario —y todavía muy activo en sus espacios de análisis—, anticipó que el libro pasará rápidamente, como pasan muchos episodios políticos. Los políticos —dijo implícitamente—, son pasajeros, mientras que el periodismo crítico permanece.

Foto: ALBERTO CARBOT