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elcristalazo.com

Con todo el poder del soviet supremo, San Petersburgo, una de las más hermosas ciudades del mundo, dejó su nombre para llamarse Leningrado. Cuando los soviéticos se vinieron abajo, regresó a San Petersburgo. De Lenin y su octubre sólo quedó surto al pairo el acorazado “Aurora” cuyos cañones derribaron a los Romanov en el asalto al Palacio de Invierno.

Había ocurrido una revolución y el tiempo terminó una era.

El nombre de la bellísima capital antigua de todas las Rusias fue un péndulo de sílabas para marcar los saltos de la historia y el capricho político, porque ese es el resorte para hacer saltar los nombres de lugares, caminos rutas y hasta mares.

Todo es por una decisión política y casi siempre de propaganda, como si la eternidad se comprara con discursos y posturas de moda. La “Nomenklatura” dicta la nomenclatura. En el caso mexicano el impostado neo indigenismo con raíces bálticas o búlgaras nos impone el nuevo nombre de las cosas viejas. Las calles y hasta las montañas.

Así ocurrió con el cristianismo en Constantinopla (Bizancio). La ciudad, eterna y arraigada en los suelos del tiempo, ahora se llama Estambul. No importa.

Ni el pasado modifica el presente (bastante tuvo con hacerlo), ni el presente puede cambiar la historia.

Tampoco si Valladolid luego se nombró Morelia ni si antes de Colón, Colombia era tierra de muiscas, taironas y caribes. –como el mar–, hasta la decisión final de Francisco de Miranda y luego Simón Bolívar en 1819 cuando aquello era la Nueva Granada y luego la Gran Colombia.

Guadalajara, la nuestra, no la española, antes fue parte de la Nueva Galicia y no se comprende muy bien ese salto de las rías bajas a los suelos dorados de Andalucía como tampoco se comprende bien a bien por qué un parque de juegos mecánicos llamado Chapultepec se cambia por Aztlán dizque en reconocimiento a los pueblos originarios, como si el ya sabido cerro de chapulines no fuera en sí y por sí otra forma de evocar el remoto pasado locativo de los mexicas, sobre todo porque Aztlán es un sitio mítico y mágico cuya existencia y ubicación nadie ha conocido.

Pero muchas cosas no se entienden por la lógica porque son ilógicas, aunque convenientes para un discurso. Y casi siempre hijas de una ambición de eternidad casi siempre inmerecida, como aquella ocurrencia de don Rafael Leónidas de construir Ciudad Trujillo o del Tacho de llamar Ciudad Somoza a su patio trasero.

Por simple deseo se borraron del mapa nombres tan bellos como Zapotlán el Grande, en Jalisco (hoy Ciudad Guzmán) o Tajimaroa, en Michoacán, para llamarle después Ciudad Hidalgo como el estado central de la República delineado por capricho liberal en el paquete de la geografía liberal con Morelos y Guerrero, donde Jasso se tornó, para propaganda futbolera, Ciudad Cooperativa Cruz Azul.

Caprichos de anhelo eterno cuya cima se logró hace unos días con la consagración en el calendario del Día de los Pueblos Indígenas cada 9 de agosto.

Un poco más de imaginación habría trasladado esta fecha conmemorativa del neo indigenismo para pasado mañana en la fiesta de San Hipólito, pues en esa fecha –13 de agosto— el crudelísimo extremeño capturó la piragua fugitiva del señor Cuauhtémoc quién trataba de escapar con su familia por las aguas bajas de la Lagunilla de Tlatelolco. Y eso no es despectivo, es descriptivo, era una laguna pequeña en el gran sistema lacustre y fluvial del imperio sobre el agua de Texcoco, Tenochtitlan, Tacuba, Zumpango, Chalco y demás cuerpos acuáticos.

La manía de sustituir los nombres y cambiar las fechas no es un producto original de la Cuarta Transformación y sus mitologías.

En Argentina, por ejemplo, La Plata se llegó a conocer como Ciudad Eva Perón en 1952 para volver a su nombre inicial tres años más tarde. Así ocurrió cuando por razones de economía verbal la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Aire se quedó como Buenos Aires.

Sin ir muy lejos la abigarrada y siempre viva avenida de San Juán de Letrán (de siempre, decía Esquivel) se convirtió en el tecnocrático Eje Central a cuya nomenclatura de restirador se le adhirió el postizo de Lázaro Cárdenas.

En África, como consecuencia descolonizadora, todo cambió de nombre. Países, ciudades y ríos. La lista sería interminable o al menos excesiva e innecesaria.

Leopoldville, llamada así por la megalomanía del dueño del Congo, el funesto esclavista Leopoldo II, Rey de Bélgica y hermano de Carlota, emperatriz de México, hoy es Kinsasha.

Aquí la avenida del Puente de Alvarado (Pedro) fue rebautizada como Calzada México-Tenochtitlán, lo cual es un sinsentido, porque una avenida es una vía de comunicación, como la carretera México-Querétaro, por ejemplo.

México-Tenochtitlán es un solo punto georgráfico. Mejor hubiera sido llamarla calzada México-Azcapotzalco, como la antigua ruta de tranvías entre el centro y el Norte, llamada La Rosa-Zócalo (entre chilangos y chintololos).

En esa zona, además del ahuehuete ya desapareció el árbol de la Noche Triste para darle el ilógico nombre de la Noche de la Victoria (una) sin consecuencia con la historia, pues si los mexicas salieron victoriosos en esa escaramuza, no habría significado tiempo victorioso alguno, porque entonces cómo después fue posible un dominio virreinal de 300 años. Nada más.

Don Miguel León Portila debió haber cambiado su título en lugar de la “Visión de los vencidos” nos debió regalar (dice la 4-T) la “Visión de los resistentes”. En fin.

La visión hispanofóbica (siempre me ha parecido una impostura teatral, una “boutade”, como dicen en París) no se combina con la trayectoria de una de las cumbres vivientes de la izquierda mexicana: Elena Poniatowska cuya cima literaria se prueba con el monárquico Premio Cervantes, no tanto con los ditirambos de sus amigos.

El domingo pasado a doña Elenita le hicieron una fiesta de muchas flores en Coyoacán (donde vivió Cortés quien ahora ha perdido hasta el paso montañés) durante la apertura de una “Utopía” más. Muchos estuvieron allí para aplaudirla y decirle cuánto la quieren. Muy lindo todo.

Eso dio ocasión a varias intervenciones públicas, algunas por escrito, como la de Salvador Guerrero Chiprés en estas mismas páginas. Su calidad, inspiración y buen lenguaje, merecen mención y memoria:

“…Anhelos literarios y realidades urbanas de concreto, acero, jardines y aulas de formación (las utopías brugadianas). Epigmenio Ibarra (muy notable) agrega dimensión táctica: la utopía sirve para caminar (no nada más las piernas tienen tal función), utilidad demostrada en las trayectorias de López Obrador, Sheinbaum y Brugada, “trío de personajes excepcionales” encargados de marcar el rumbo nacional. Los caminos de la vida son los del obradorismo real…”

Yo prefiero a Omar Geles en su filosófico vallenato:

“Los caminos de la vida no son lo que yo pensaba, no son lo que yo creía, no son lo que imaginaba…”

Después le dio un infarto jugando padel. Vaya cosa prosaica.