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Los senadores Alejandro Moreno y Gerardo Fernández Noroña se enfrascan en manotazos y empujones al término de la permanente
Al pie de la escalinata de la presidencia de la Cámara de Diputados de Donceles con una silla plegable en las manos, la poderosa barba sobre el pecho, la mirada firme y la voz desafiante, un hombre de traje gris se le encara a un diputado jalisciense armado con una escuadra calibre .45.

–¡Órale, Cabrón!, le grita.

El diputado –quien ha bajado de la tribuna a tropezones, encarnado de coraje– duda un instante, y cuando quiere apuntar el arma, otro llega por detrás, le sujeta la muñeca, se la eleva y lo desarma. Los murmullos se acaban. La presidencia llama al orden. Se suspende la sesión.

Al barbudo lo fuerzan a salir del edificio.

Ni siquiera es diputado. Es un activista del Partido Acción Nacional y su nombre –él no lo sabe todavía— está destinado a una notable fama política de ave tempestuosa. Se llama Diego Fernández de Cevallos. Las cosas regresan poco a poco a la calma.

Nadie pidió desafuero alguno, nadie fue a lloriquear a los micrófonos de cuanta radiodifusora encontrara a su paso, nadie exhibió a la víctima de un empellón en la batahola, vendado como momia y con un collarín como si fuera Frank Cappa en la Guerra de España: ni tampoco hizo quejicosa ostentación de su vejez (ni tanto) para justificar el escape por piernas en medio del exhibicionismo victimizado.

Eran otros tiempos, también eran otros hombres.

Esta historia, brevemente esquematizada es verídica.

Yo la viví y tomé la fotografía del diputado con pistola. Se llamaba José María Martínez y era el dirigente de los azucareros de Jalisco.

En la asamblea (XLVIII Legislatura del Congreso de la Unión. 1971) se estaba discutiendo la Ley Federal de Reforma Agraria con el verbo en llamas de Alfredo Bonfil. Los panistas intentaban inútilmente contener a los oradores priistas.

En el salón de plenos, cuando cualquiera podía sentarse en alguna curul vacía, Diego Fernández de Cevallos escuchaba y le hacía muecas burlonas al encendido orador quien creyó ver en esa gesticulación el disimulo lejano de una rotunda mentada de madre.

Hecho una furia echó mano a la cadera y con el arma bajó los peldaños crujientes bajo sus cien kilos de peso, para todo cuanto ya he relatado al comienzo de esta nota, mientras –en medio del estupor de la galería, los palcos y las bancadas– gritaba:

–A mí no me mientas la madre, hijo de la chingada.

Amado Treviño, coordinador de Comunicación Social de la Cámara fue quien le prendió el antebrazo y lo elevó hacia el techo.

Yo estaba a unos cuantos metros revisando una cámara fotográfica de ocasión. Me la quería vender un compañero de “La prensa”, donde yo trabajaba entonces. Casi sin darme cuenta, cuando vi el despelote, capturé la imagen del empistolado y la intervención de Armado (primera plana). Por cierto, ahí comenzó una amistad de toda la vida.

Otras escenas de violencia he visto en la ajetreada actividad legislativa.

Quienes hoy se rasgan las vestiduras por un golpe fracasado y sin contundencia del presidente del Partido Revolucionario Institucional a Gerardo Fernández Noroña, se solidarizaron en su momento cuando la izquierda barzonista u otras facciones iguales, –con respaldo del PRD–, soltaron la caballada en el recinto de San Lázaro o lanzaron un camión de basura en llamas contra la puerta del recinto parlamentario, o sembraron ataúdes de cartón fuera del Instituto Nacional Electoral o la Suprema Corte de Justicia.

Pero la quejumbrosa actitud de Noroña y los suyos (hacia arriba o hacia abajo) es una tradición: el gemido, la chilladera, la patrañera victimización de los provocadores de oficio (y por lo visto enorme beneficio) es una de las herramientas infaltables de la izquierda. Mientras más rústica, más llorona.

“Este movimiento del que formo parte (Morena) está generando un momento histórico muy importante”, dijo al llegar a La Mesa Directiva. Como Evo Morales en Bolivia. Calcado.

“…Hoy, hijas e hijos del pueblo somos senadores de la República, esto no habría sido posible nunca sin esta revolución sin violencia que es la Cuarta Transformación. Quiero hacer un reconocimiento al pueblo de México por habernos dado este respaldo y esta confianza, yo estoy convencido que un plebeyo como yo no habría podido nunca aspirar a encabezar la Mesa Directiva de la Cámara de Senadores… es la hora del pueblo, y los plebeyos y las plebeyas hemos decidido tomar el destino de la patria en nuestras manos y así será en los años por venir”.

La carrera de GFN, rentable más allá de sus méritos reales, amplificada por los constantes desvaríos y exageraciones clasistas (un plebeyo como yo) y provocadoras se halla en mal momento. Se ha caracterizado por un exacerbado exhibicionismo iniciado a ras de tierra. Quizá por eso puede presumir haber comenzado desde abajo, porque se tiraba al paso de los transportes oficiales debidamente acompañado de fotógrafos afines (lo llamaban “El señor de los suelos”).

La violencia farsesca noroñista es conocida y haría falta espacio para compilarla. Sólo como un ejemplo de su crónica majadería recordemos los insultos y amenazas contra Adriana Dávila en Tlaxcala:

“…Me comentan que hay una diputada que fue senadora y que está vinculada a este tema y que es más bocona que la chingada, no sé si sea cierto o no, pero en Tlaxcala siguen los problemas, pásenme elementos para ponerle una chinga la próxima vez que abra la boca (oct 2021).”

“Me exigían –dijo en aquel tiempo–, presentar una disculpa pública, me parecía un atropello brutal y yo estuve varias semanas valorando no hacerlo, sabiendo que si yo tomaba esa decisión quedaba fuera de toda actividad política. Un acto infame porque además yo tenía fuero y ni lo respetaron, fue una cosa muy difícil en mi carrera política”.

Y amparado en ese mismo fuero vejó y se burló de un ciudadano (Carlos Velázquez) con quien tuvo un pleito (uno más) en la sala VIP del Aeropuerto de la Ciudad de México.

Quien hoy gimotea restauró en este país el castigo infamante del sambenito, como en la Inquisición. El escarnio como pena extrajudicial.

Ni modo, los chairos también lloran.