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La final NFL no es un refugio aislado del contexto político de Estados Unidos. Cada partido tiene su propia cultura, refuerza la identidad y el más profundo espíritu competitivo de dos equipos que generan millones de dólares.

Al mismo tiempo que sobrevuelan aviones del ejército y se canta el himno al frente de una bandera gigante, es posible entender el rechazo global al presidente Donald Trump, y las crecientes protestas en contra de un servicio de control migratorio que violenta derechos humanos fundamentales. 

La edición 60 del Supertazón coronó hoy a Seattle como nuevo campeón (29-13 sobre Nueva Inglaterra), batió récords de apuestas, bailó al ritmo de Bad Bunny y mostró cómo la política y el deporte se relacionan en un juego que es la fiesta nacional de todo un país.

En un momento en el que poco se escapa del control del gobierno, obsesionado con llevar a cabo la mayor deportación de la historia, el presidente se negó a ser testigo del espectáculo supremo, deportivo y cultural de los estadounidenses por razones logísticas.

“El fútbol americano refleja nuestra propia trayectoria como nación: determinación, disciplina y trabajo duro”, escribió ayer en su cuenta de X, aunque su ausencia en el palco de honor no pasó inadvertida en el camino al éxito de los Halcones Marinos. 

Por Notinet