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–Señora, ya está aquí el comandante Shlomo…
–Hágalo pasar de inmediato. Que nadie me moleste mientras hablo con él…
–¿Lo atenderá aquí, señora o abro la bóveda subterránea?
–Aquí, pero aplique de inmediato todos los bloqueos de calor y vigilancia aérea. También inhiban todo tipo de señales.
El ayudante, coronel del Ejército, se retiró marcialmente.
–Comandante Shlomo, cuánto gusto de verlo.
–Lo mismo le digo, señora presidenta. Shalom –dijo el visitante en cuya pronunciación se arrastraban los golpes fonéticos del hebreo. Por lo menos del ladino.
La presidenta tomó un cartapacio y comenzó a leer en voz alta algunos puntos.
–Usted, según veo, comandante, es por decirlo así, continuador de los recursos de inteligencia y operaciones del Sayeret Matkal, según tengo entendido.
El hombre sonrió al escuchar la evocación del grupo de operaciones fuera del territorio israelí. Pensó en Netanyahu, cuyo hermano comandó aquella mítica tarea de rescate de rehenes y destrucción de aviones rusos en Uganda. Hasta una película hicieron de Entebbe.
–Así es señora, en esa especialidad hemos sido entrenados. Pero dígame, ¿cuál es la razón de haberme invitado a hablar con usted? ¿Qué necesita?
Obviamente, Shlomo lo sabía; pero quiso darle más espacio a su interlocutora antes de entrar en los pantanosos terrenos del costo de una operación en el extranjero con los soldados judíos disfrazados para hacerlos parecer del país contratante cuya historia reciente conocía al revés y al derecho. Ni la presidenta sabía tanto como él.
–Como usted sabe, comandante, el gobierno de los Estados Unidos con ayuda de hijos de otro de los capos dominantes de este país y algunos políticos corruptos, uno de ellos asesinado durante la operación, secuestró al más importante de todos ellos”.
Y lo soltó de golpe:
–Queremos recuperarlo. No atienden nuestras peticiones de extradición, ni siquiera de información. Y ese criminal puede brindarles información comprometedora. Falsa, pero nociva al fin. Ahora ya nos consideran aliados de terroristas”.
Shlomo interrumpió a sabiendas del efecto de su siguiente y cuidadosa palabra:
–Claro, violaron su soberanía. Eso es intolerable.
–Lo de la soberanía, déjemelo a mí, comandante, usted tráigamelo de los pelos… ¿cuándo se ha visto, como decía nuestro fundador del humanismo autóctono, nuestra filosofía, ¿cómo se creen los policías del mundo, ¿dónde está el Derecho Internacional?, habrase visto…
–Pues si se ha visto, si me permite la observación, señora…
–Bueno, pues por eso lo he llamado”.
Conocedora también de la naturaleza de su interlocutor, le dijo ya con mayor suavidad:
–Y por aquello del dinero, ni siquiera se preocupe. En este país sabemos ser agradecidos…
Shlomo recompuso el semblante. La ambición, como un invisible alacrán, lo había picado.
–Déjeme decir algunas cosas. Una operación como esa pondría al gobierno de Israel en un grave predicamento con nuestros amigos estadunidenses. Usted lo comprende, aunque ya el Primer Ministro ha sido informado de su petición desde ayer, antes de que usted me lo confirmara, no olvide que su hermano fue el jefe de aquella operación “Thunderbolt”.
“Por eso tendríamos que hacer algunos ajustes. Presentar a nuestros comandos como mercenarios contratados por su país sin conocimiento oficial nuestro. O como zacapoaxtlas, da igual. Pero eso es lo de menos. Todo se puede camuflar. No es por ahí el problema.
La presidenta escuchaba con los ojos abiertos.
–Lo grave es la incomprensión de las cosas, señora. Un secuestro, en las narices de un gobierno, como también hicimos con Eichmann en Argentina, sólo se puede a hacer en los países subdesarrollados. Ni nosotros ni los rusos pueden secuestrar a una persona custodiada por el Departamento de Justicia en Estados Unidos”.
“Por eso para ellos fue sencillo entrar a su país y llevarse a ese o a cualquiera. Lamento no poderle ayudar”.
“¿Pero lo de los viáticos sigue firme, o no, señora…”
*Este es un texto de ficción (aunque no parezca).
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