Número cero/EXCELSIOR
La política de “palo y zanahoria” de Trump hacia el gobierno de Sheinbaum ha cobrado un giro inesperado ante la apuesta de Canadá de reconfigurar sus alianzas occidentales para evadir su control. En los hechos, esto fractura al T-MEC y convierte a México en socio estratégico de EU ante la fragmentación de Norteamérica.
La crisis comercial entre EU y Canadá altera el equilibrio del T-MEC y eleva la importancia de México para Trump, aunque sin aliviar la presión sobre Sheinbaum ni dejar de usar la integración como arma intervencionista.
El discurso de Trump ante la ONU lo confirma: combina duras críticas con el reconocimiento de la cooperación con México, mientras Canadá busca una “membresía asociada” con la UE para defenderse de la coerción económica de EU. Señala a México como el “epicentro de la violencia” de los carteles y consideró “inaceptable” compartir una frontera controlada por “terroristas”, pero presume una “buena relación” con el gobierno de Sheinbaum y avances en seguridad.
La contradicción no es nueva: presión y cooperación forman parte de una misma estrategia. Trump mantiene la amenaza de intervenir contra los cárteles mientras profundiza la colaboración entre las agencias de seguridad a niveles históricos. Sheinbaum, por su parte, se atrinchera en un discurso de soberanía sin rebajar un ápice los canales de cooperación.
Lo novedoso es el contexto. El proteccionismo y expansionismo de Washington han erosionado el viejo modelo comercial del T-MEC, mientras Canadá busca mayor diversificación económica y estratégica para reducir su dependencia de EU. El mensaje de Trump en la ONU es relevante por reflejar cambios en la estructura económica de Norteamérica que dejan atrás el libre comercio bajo el cual nació y operó el tratado.
México, en cambio, ha optado por abrazarse al T-MEC como clavo ardiente y resistir la estrategia de premios y castigos con que Trump impone condiciones a sus socios. Sheinbaum evita confrontarlo —no asistió a la ONU— y defiende el acuerdo trilateral, mientras Canadá toma distancia ante el intento estadunidense de dominar su mercado y socavar su soberanía.
Esa diferencia empieza a modificar los equilibrios. México no sólo es su principal socio comercial; sino también se ha convertido en el vecino favorito de Trump pese al rechazo a sus afanes intervencionistas.
Pero no significa que renuncie a usar el comercio como arma de coacción. Al contrario, el T-MEC puede servirle para alinear a México con las nuevas prioridades de EU en seguridad económica, energía, migración y contención de China.
La agenda con México es más conflictiva que con Canadá. Aun así, la defensa de la soberanía que Sheinbaum ha sostenido frente a los ataques de Trump no ha descarrilado el comercio ni reducido la colaboración bilateral. A pesar de aranceles, el intercambio no ha dejado de crecer hasta convertirlos mutuamente en los mayores socios comerciales.
La paradoja es que la incertidumbre creada por Trump sobre el futuro del tratado puede llevarlo ahora a necesitar un acuerdo con México, que antes consideraba prescindible. Si antes atacar el T-MEC le permitió convertir el proteccionismo en bandera política, ahora una negociación exitosa le ofrecería resultados que exhibir ante las elecciones intermedias en las que podría perder el Congreso.
México ocupa, por tanto, una posición más estratégica, aunque no más segura ni más cómoda. El valor que EU le concede no reduce la presión, puede intensificarla.
Trump lo necesita como socio estratégico y quiere usar esa relación para imponer sus prioridades. En ese contexto, EU anticipa que podría alcanzar un acuerdo con México sobre el T-MEC con Canadá fuera de la mesa.
El contrasentido de la nueva Norteamérica es que México puede haberse convertido en el socio más necesario de Trump justo cuando más debe defender su autonomía frente a su poder injerencista.
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