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Número cero/EXCELSIOR

El desinflamiento de la campaña de Xóchitl Gálvez es causa y efecto de la ausencia de un proyecto sólido en la oposición. Su perfil no cuadra con la amalgama de trayectorias e imágenes de la coalición que infló su candidatura para frenar al “obradorismo” desde un bloque conservador que no se articula en una nueva identidad ni cuenta con nuevos liderazgos, como los radicales de derecha latinoamericanos.

El “parón” de su carrera hacia la Presidencia no puede soslayarse ni con control de daños, aunque ella no ceja de esforzarse por relanzar su liderazgo y redefinir sus estrategias. De la decena de encuestas publicadas este mes, la que menos desventaja le da respecto a Claudia Sheinbaum es mayor a 20 puntos y, en algunas, la distancia casi se duplica. ¿Qué pasa con una campaña que arrancó con euforia trepando en los sondeos y, semana tras semana, se diluye en el desorden político interno del frente opositor o el desfiguro ideológico de sus felicitaciones al triunfo de la nueva derecha de Milei?

El momento es delicado, no sólo por inconsistencias, traspiés y fallas, sobre todo por el riesgo de que el frente la abandone a su suerte; o bien que ella se distancie para liberarse de los desacuerdos de los partidos sobre su campaña. Su situación ya en la precampaña nada tiene que ver con la expectativa que despertó al salir al mercado como una candidata “ciudadana” capaz de imponerse a los viejos partidos tradicionales identificados con el statu quo: corrupción y privilegio. Hoy, su discurso fresco y ocurrente no alcanza para transmitir un signo claro de temas icónicos y explicar quién es la candidata, más allá del juego mercadológico de una historia de éxito profesional desde su origen indígena y humilde vendiendo gelatinas, como de una telenovela.

¿Será que ha caducado la fórmula de la “ciudadanización”, tan recurrida por el PAN, el PRI y el PRD para rescatar legitimidad de cúpulas entronizadas en la clase política hace dos décadas? Sus promotores defienden que hay tiempo hasta el inicio formal de la campaña y la elección de 2024. Pero parecieran menos preocupados por el liderazgo y la fuerza de Xóchitl que ocupados en la negociación de candidaturas. Evidentemente, una de las debilidades de ella es que esas definiciones son monopolio de los partidos y una desventaja frente a Sheinbaum, que interviene en ellas en su instituto político.

Aunque el frente trata de eludir su responsabilidad en los ataques del Presidente contra Xóchitl o enfrentar una elección de Estado, las razones del estancamiento apuntan a las tensiones políticas a su interior y la incapacidad del bloque conservador de desafiar al “obradorismo”. La aspirante “independiente” ha quedado atrapada por sus dirigencias, lo que invalida un discurso de opción externa y disruptiva, como la condición en otros países latinoamericanos para el surgimiento de nuevos liderazgos populistas de derecha. Su estrecho margen de acción apenas le alcanza para tratar de no cargar con los “negativos” de la imagen del líder priista, Alejandro Moreno, o llevar el peso de comentarios estigmatizantes del expresidente Fox, al que debe su ingreso a la política, pero sin escapar de las contradicciones en la naturaleza del frente.

El bloque de fuerzas conservadoras no tiene un proyecto político que rompa con los partidos tradicionales. Se aglutina en el referente común de descarrilar a la 4T y el temor a la destrucción de la democracia, que es insuficiente como icono de su campaña para capitalizar el malestar entre el electorado. El perfil de Xóchitl tampoco encaja con los nuevos rostros que han venido a rescatar a los partidos conservadores en AL. Su candidatura corresponde con planteamientos tradicionales que no pueden abrazar un discurso contra la clase política o la corrupción, el que los llevó a la derrota en 2018 sin cambios en sus estrategias. Y que tampoco pueden sostener una narrativa rupturista y posturas populistas que combate de la 4T.

El dislate de Xóchitl con el triunfo de Milei, más que un resbalón, fue expresión del tirón de esa clase de candidaturas para la derecha convencional. Pero también el reconocimiento de que ese tipo de movimientos en México no cuentan con condiciones de fragmentación política de donde sostenerse, como el “bolsonarismo” en Brasil o los libertarios argentinos. Ni para la irrupción de nuevos liderazgos que, en esos países, hasta hace poco, ocupaban lugares muy secundarios, sin peso electoral.