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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

Esta visita revela el sentido de urgencia por saber qué esperar del próximo gobierno

El lenguaje agresivo del “muro” se borró en la visita de la delegación de alto nivel de Estados Unidos al gobierno de Peña Nieto y en la reunión con López Obrador, aunque sin desaparecer la obsesión de Trump por ver a México sólo como amenaza a la seguridad interior de su país. La embestida de descalificaciones contra la migración o los tuits insultantes, mutaron por la retórica del respeto, entendimiento y colaboración. El trato de humillación de los últimos 18 meses fue desplazado con gestos y expresiones de cooperación. Pero una golondrina no hace verano, ni el nuevo liderazgo mexicano cambia las prioridades de Washington. Las dificultades de la relación bilateral piden cautela y prudencia.

La primera conclusión de la visita encabezada por el secretario de Estado, Mike Pompeo, y personajes clave del equipo de Trump, como su yerno Jared Kushner, es que revela el sentido de urgencia por saber qué esperar del próximo gobierno. Apenas dos semanas después de su triunfo y sin ser reconocido oficialmente como Presidente electo, el desplazamiento hasta las oficinas de López Obrador indica el apremio por conocer el impacto del cambio político en México en la redefinición de la relación bilateral y las elecciones intermedias de noviembre de las que depende la reelección de Trump.

No obstante, de los comentarios positivos y el ambiente “franco, respetuoso y cordial”, el encuentro con el equipo de López Obrador se encuadra en la visión de los asuntos externos en clave de la política interna, como constante de la inercia aislacionista del gobierno de Trump. En un comunicado al concluir la visita, Pompeo dijo con claridad que “los estadunidenses deben ver mejoras que protejan nuestra soberanía nacional y la seguridad de nuestras comunidades locales”, aunque no usara esta vez los ataques o amenazas que ha repetido contra el gobierno de Peña Nieto.

¿Hay un cambio de actitud respecto al nuevo gobierno? ¿Regresa la época de la vecindad distante, tal como la mirada de López Obrador a Pompeo en las fotos de su encuentro?

En el entorno de López Obrador confían en que hay señales de posible entendimiento desde la llamada con Trump al día siguiente de la elección y el reconocimiento estadunidense del “mando fuerte” que sale de su amplio triunfo en las urnas. Ese “optimismo razonable” —como calificó Ebrard— se materializó en una propuesta sobre comercio, desarrollo, migración y seguridad para mejorar la relación, temas que están en el centro de las más álgidas fricciones y tensiones con el gobierno de Peña Nieto, incluso lograron subir a la agenda el tema de la coopera-ción como condición para resolver el problema de la migración desde Centroamérica, aunque a costa de guardar silencio sobre asuntos espinosos, como la separación de familias migrantes.

La base de la confianza en un acercamiento es la coincidencia en el giro nacionalista de la política económica del próximo gobierno. Previo a la visita, Graciela Márquez Colín, postulada para la Secretaría de Economía, declaró a Financial Times que en octubre podría firmarse un acuerdo “light” o versión 1.5 del TLCAN, mientras el actual gobierno sostiene que la modernización del tratado debe ser del nivel 2.0, y de no ser así, mejor no tenerlo. Su posición, incluso abriría la puerta a la exigencia de Trump de sustituirlo por acuerdos bilaterales. Esa diferencia de postura refleja que las exigencias comerciales entre el actual y el próximo gobierno mexicano son distintas, por el papel que cada una otorga a la apertura comercial en la política de desarrollo y crecimiento económico del país.

Pero la coincidencia nacionalista tampoco es suficiente para asegurar un mayor acercamiento por el grado de interdependencia de las dos economías y la interconexión de las cadenas de producción de ambos países. Por el contrario, el mayor retraimiento de la relación entre ambos puede provocar choques en la relación de dos vecinos a los que la realidad ya no les permite ser distantes.