López Beltrán convierte un problema personal en causa nacional y pretende dictarle a Washington una lección de democracia
Estados Unidos le cancela la visa y él responde como si hubieran mancillado la bandera mexicana. Andrés Manuel López Beltrán reclama, insulta, pontifica y hasta pretende decirle a Donald Trump a quién debe conservar en su gabinete. Lo que su carta revela no es grandeza patriótica, sino un desparpajo insolente y una desmesurada idea de sí mismo
Hay cartas que retratan a quien las escribe mucho mejor que cualquier biografía, y la que Andrés Manuel López Beltrán dirige a Donald Trump es una de ellas. Tres páginas —una conteniendo más de 20 líneas inquisitivas en un solo párrafo—, bastan para encontrar al personaje entero, al hijo del expresidente convertido súbitamente en víctima del imperialismo, paladín de las libertades, defensor de la soberanía, profesor de democracia y, si uno sigue leyendo, casi Niño Héroe dispuesto a envolverse en la bandera antes de arrojarse desde el Castillo de Chapultepec. Y todo, porque el gobierno de Estados Unidos canceló su visa.
Le retiraron su visa, la del mismísimo San Andrés Manuel López Beltrán, un documento migratorio personal. No deportaron a México entero, no declararon persona non grata a la nación, ni bloquearon las remesas; tampoco cerraron la frontera ni rompieron relaciones diplomáticas. Pero Andy —aunque le disguste que lo llamen así—, ha convertido el episodio en una afrenta histórica y termina hablando de dignidad de los pueblos, persecuciones políticas, autoritarismo y gobiernos con rasgos “hitlerianos”.
Hay que tener una cachaza monumental y una desmesurada sobrevaloración de uno mismo para transformar el retiro de un permiso de entrada a Estados Unidos en una gesta de dimensiones homéricas. A este paso, faltaría que algún escribano de la Cuarta Transformación añadiera a La Ilíada un canto apócrifo sobre las tribulaciones del héroe tabasqueño, o incorporara a La Odisea la epopeya de un Ulises tropical condenado a navegar eternamente sin poder arribar al puerto que anhela, solo porque Marco Rubio le negó el desembarco.
Pero, hablando en serio, el primer problema de la carta de Andy no es siquiera su virulencia, sino su soberbia. López Beltrán escribe como quien supone que Donald Trump debe conocer su expediente, escuchar su versión, investigar a sus propios funcionarios y, después de atender las razones del agraviado, rectificar. No pregunta únicamente qué ocurrió, sino que dicta sentencia. Desde su trasnochado punto de vista, Marco Rubio y Christopher Landau son culpables porque Andy así lo ha decidido. Y deja bien claro que Trump —si es razonable—, debe poner orden.
Incluso, llega a sugerirle al presidente de Estados Unidos qué hacer con integrantes de su propio gobierno. La escena resulta extraordinaria y parece salida de una novela de Gabriel García Márquez. Un político mexicano cuya relevancia internacional procede fundamentalmente de ser hijo de Andrés Manuel López Obrador pretende intervenir, desde Tabasco, en la estructura política de Washington. Y ahí lo tienen: ni embajador, ni canciller, ni jefe de Estado. Simplemente se trata del mismísimo Andy López Beltrán, repartiendo instrucciones directas a la Casa Blanca.
Patriotismo de utilería
La parte más grotesca de su misiva a Trump aparece cuando intenta vestir su enojo personal de patriotismo, y ese recurso ya lo conocemos demasiado bien en México. Cuando el poder recibe una crítica, la crítica es contra el pueblo; cuando un integrante de la familia gobernante enfrenta un señalamiento, el señalamiento es contra el movimiento; cuando alguien toca al círculo cercano, entonces —milagrosamente—, está atacando a la nación.
No. México no perdió ninguna visa; México no escribió esa carta, ni tampoco México pidió que Donald Trump despida a Marco Rubio ni a Christopher Landau. El problema es de Andrés Manuel López Beltrán y sólo de Andrés Manuel López Beltrán. Convertir su caso en un asunto de soberanía nacional, constituye una apropiación bastante indecente de la representación de millones de mexicanos que nadie le otorgó, pero como ya uno nunca sabe, al menos yo no se la he concedido.
Hay además una contradicción que bordea la caricatura. Andy pinta a Estados Unidos como un país en franco declive. “No me causa ningún problema el no visitar Estados Unidos en estos tiempos decadentes y lamentables de odio, racismo, drogadicción, desintegración familiar, inconformidad social y tristeza, y puedo esperar a que las cosas cambien y existan circunstancias favorables como cuando gobernaron Abraham Lincoln y Franklin Delano Roosevelt, esos gigantes de la libertad que trataron a México y a su pueblo con auténtica amistad y respeto a su soberanía” —le escribe al presidente Trump el neoprócer tabasqueño, como si la historia de Estados Unidos necesitara ahora la certificación moral de Andrés Manuel López Beltrán.
Pero si tan insoportable le resulta a él la nación vecina, entonces uno supondría que la cancelación de su visa debería haber sido recibida casi como una cortesía consular. Pero no. El país que supuestamente desprecia, merece tres páginas de protesta dirigidas personalmente a su presidente. Al parecer, Estados Unidos es decadente, pero la visa estadounidense continúa siendo lo bastante importante como para provocar indignación epistolar.
Después viene la superioridad moral. López Beltrán habla del “noble oficio de la política”, de principios, libertades y respeto. Y uno inevitablemente pregunta: ¿desde cuándo adquirió ese pedestal? Porque una cosa es ser hijo de un presidente y otra, muy distinta, haber construido una trayectoria propia que autorice a pontificar ante gobiernos extranjeros sobre virtudes republicanas.
Su carrera ha estado inevitablemente acompañada por el apellido. Y no, no es una injuria, sino un hecho político. Andrés Manuel López Beltrán no irrumpió en la vida pública como un ciudadano anónimo que conquistó posiciones desde abajo, sino que es hijo del fundador y figura central del movimiento que personalmente gobernó México durante seis años; ocupó por dedazo responsabilidades relevantes en Morena y ahora pretende construir una carrera electoral propia. Precisamente por eso tendría que ser mucho más cuidadoso, antes de confundir privilegio familiar con autoridad moral.
El apellido no absuelve
Sobre López Beltrán y personas de su entorno, se han publicado durante años investigaciones y señalamientos relacionados con contratos, relaciones empresariales y negocios vinculados con obras y dependencias gubernamentales. Eso no convierte automáticamente a Andy en responsable de un delito —un periodista serio no dicta sentencias donde no las hay—, por eso no lo señalo, pero tampoco obliga a fingir que esos antecedentes se evaporan simplemente porque el interesado, es decir, el propio Andy, proclame su honestidad a los cuatro vientos.
Y ahí está, precisamente la diferencia entre propaganda y rendición de cuentas. Si él considera falsos todos los señalamientos, que responda uno por uno; que presente documentos; que explique relaciones; que aclare operaciones; que abra información y contradiga con pruebas a quienes lo han investigado. Lo que ya no alcanza —ni política ni intelectualmente—, es envolverse en la bandera de Morena, culpar a “los conservadores” y declararse “perseguido” cada vez que surge un cuestionamiento incómodo.
También han aparecido menciones de su nombre en informaciones relacionadas con investigaciones sobre huachicol fiscal. Aquí la precisión es indispensable: una mención, un testimonio o un señalamiento periodístico no constituyen una sentencia penal. Pero por la gravedad del asunto, la respuesta exigible no es el victimismo, sino la transparencia absoluta. Quien aspira a ocupar un cargo público debe entender que su obligación no consiste en exigir confianza, sino en ganársela y merecerla.
Eso es lo que vuelve especialmente cínica su carta. López Beltrán reclama que Estados Unidos le explique por qué desconfía de él, mientras en México siguen abiertas preguntas públicas que merecerían respuestas mucho más exhaustivas de su parte. Exige razones al extranjero, antes de terminar de responder las preguntas de su propio país. Por tanto, la jerarquía de sus preocupaciones resulta, por sí sola, reveladora.
Y luego aparece el padre; siempre el padre. Andy recuerda en la misiva lo que Andrés Manuel López Obrador escribió hace pocos meses sobre Trump, como si necesitara colocar sobre la mesa la credencial familiar para reforzar su alegato. Resultaría casi enternecedor si no fuera políticamente tan significativo, el hecho de que aun cuando pretende presentarse como un hombre autónomo, vuelve a refugiarse en el apellido que lo hizo posible.
La carta no engrandece a Andrés Manuel López Beltrán, más bien lo exhibe y exhibe una concepción patrimonial del poder en la que el hijo del expresidente parece considerar intolerable que una autoridad extranjera tome una decisión sobre él sin consultarlo, ofrecerle explicaciones satisfactorias o dispensarle un trato especial. Y exhibe también esa vieja enfermedad del político privilegiado, la de tratar de convertir una molestia personal en una tragedia nacional.
Si Andy quiere ser diputado, que vaya a pedir el voto y responda ante los ciudadanos; que explique quién es, sin utilizar a su padre como prólogo; que aclare los cuestionamientos que existen alrededor de su entorno y demuestre, con hechos, la autoridad moral que proclama en sus cartas. Hasta ahí, en teoría, todo sería perfecto. Lo que no puede pretender hoy es convertir a todos los mexicanos en extras de su melodrama consular.
Ya Donald Trump decidirá qué hace con su gobierno y el Departamento de Estado a quién concede, niega o retira una visa conforme a sus facultades. Andrés Manuel López Beltrán —Andy—, por su parte, tendrá que decidir si quiere seguir comportándose como el heredero agraviado de una dinastía política o comenzar a actuar como lo que pretende ser, un servidor público obligado a rendir cuentas.
Porque, en verdad, México no necesita otro Niño Héroe de utilería, y mucho menos uno que —antes de arrojarse envuelto en la bandera—, se asegure de llevar en el bolsillo la visa estadounidense, de ser posible, con dedicatoria autógrafa del mismísimo Donald Trump.