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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

El tiempo se agota para que la contienda se cierre en tácita segunda vuelta entre dos competidores el último mes de campaña. AMLO camina solo como puntero y el último debate deja la impresión de que no destrabó el atorón por el segundo lugar entre Meade y Anaya, que ahora sólo podría venir de la suma de fuerzas e improbable declinación de uno por otro. Así, las interrogantes sobre el resultado están ahora en la capacidad de movilización de los gobernadores y el funcionamiento de los aparatos electorales partidistas para cuidar casillas.

Los dos debates presidenciales, en efecto, han tenido más de show y promesas a la galería que de contraste de propuestas. La diatriba y descalificación sobre el argumento o el intercambio de ideas, pero se han demostrado limitados para mover las encuestas porque, entre otras, los candidatos responden a sus seguidores y su “voto duro”. A diferencia de anteriores campañas “aéreas”, en ésta la promoción del voto descansa más en la operación territorial y la cobertura de las 160 mil casillas en 300 distritos el 1 de julio.

El desinterés de AMLO por el debate es más que desdén o una estrategia para administrar su ventaja. En ambos prefirió una agenda de actos públicos y abiertos antes que concentrarse en su preparación, a diferencia de sus contrincantes, en una muestra del rendimiento de la movilización en tierra. Desde que inició la campaña, AMLO ha visitado 131 municipios con actos abiertos y contacto con la gente, a pesar del terreno de alta letalidad por la violencia en la mayoría de estados. Será la tercera o cuarta vez que asiste en los últimos 18 años, en un país separado de su clase política. La imagen del político en la calle y parques públicos genera la impresión de cercanía con los problemas y conocimiento de los motivos del enojo social por la corrupción, inseguridad e impunidad, para gobernar, más que las debilidades de sus propuestas en el foro.

En amplias franjas de votantes se extiende una molestia anticlase política y los resultados de los últimos gobiernos del PAN y del PRI, que las redes sociales amplifican. Pero Meade y Anaya tampoco han volteado y acercado a la operación en tierra y privilegian actos cerrados con públicos específicos y en ambientes controlados. A poco más de un mes de la elección, Meade ha estado en menos de 50 municipios, al igual que Anaya, y en lo que resta tendrían que visitar cuatro o cinco de ellos diario para alcanzar la marca de AMLO.

No obstante, en la capacidad de movilización también están interrogantes de la elección. Por ejemplo, el PRI confía en remontar con la activación de campañas locales tras el cambio en la dirección y la llegada de un operador de la maquinaria partidista como René Juárez. Pero, sobre todo, los gobernadores tendrán un papel central, aunque el PRI ya no tiene la mayoría de ellos, la mitad son del PAN y Morena no tienen ninguno. Su actuación también será clave en las estructuras para cuidar el voto y evitar la intervención de los poderes locales en la compra y coacción del voto que condujo a la impugnación de las últimas elecciones en el Edomex y Coahuila. Ahora, paradójicamente, AMLO pide a los gobernadores seguir el ejemplo de Peña Nieto y no intervenir, como si hubiera algún tipo de acuerdo entre ellos.

El mayor reto para AMLO no es el tercer debate presidencial, sino lograr cubrir las casillas o, por lo menos, donde mayores huecos ha tenido, en las circunscripciones 1 y 2. En esa lógica transita el último “fichaje” del exfiscal electoral Santiago Nieto, además de su información sobre el caso Odebrecht, que investigó en el gobierno de Peña Nieto. Dado que no se vota aún por internet, la intervención de los gobernadores en la movilización y la cobertura de las casillas concentrará las estrategias hacia el final de la campaña y las interrogantes son: ¿Meade y Anaya aún tendrán tiempo de bajar a la “tierra”? ¿Morena podrá esta vez cubrir el 100% de las casillas?