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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR
El nuevo Congreso arranca en una realidad política diferente, la que la mayoría de los análisis tratan de desentrañar. Una nueva geografía política que se refiere a la hegemonía de Morena en la entrante Presidencia de López Obrador y su cómoda mayoría parlamentaria con aliados, después de dos décadas de gobiernos compartidos. La cuestión es el papel que jugará la legislatura, si el de secundar automáticamente las decisiones presidenciales o realmente hará alguna diferencia en la agenda de cambios del Ejecutivo.
La respuesta no puede adelantarse, aunque la lógica parlamentaria siempre acaba en el recurso de los votos que hoy favorecen a la coalición Juntos haremos historia, la única que se mantendrá en el legislativo con 306 diputados y 69 senadores. Su mayoría en ambas cámaras le permite actuar como viejas máquinas apisonadoras lo que no se veía desde las priistas del siglo pasado, salvo en caso de reformas constitucionales que obligan al acuerdo con otros partidos para mayorías calificadas.
Morena tiene una aplanadora parlamentaría, que por el peso del liderazgo de López Obrador en las urnas y al interior de su movimiento parece destinada a rubricar decisiones presidenciales y su programa. Tampoco sería extraño que así actuara como otros partidos en el poder, pero hay temor por el resultado de la falta de contrapesos y límites que caracterizaron al poder presidencial del autoritarismo del antiguo régimen. No obstante, también, es claro el mensaje de las urnas en el sentido de un mando fuerte y amplia responsabilidad al gobierno para llevar a cabo su proyecto de cuarta transformación del país. Enorme poder, toda la responsabilidad.
Por lo pronto, lo que puede advertirse es que los principales hombres del presidente se ubican en el circuito del gobierno y la agenda de sus bancadas es la que delineó su líder, aunque se ufanan en ofrecer contención para una relación de respeto y colaboración entre poderes. Ante la debilidad de contrapesos políticos, algunos quieren ver frenos en los poderes de facto o en los mercados, de otras instituciones, pero nadie espera que los límites provengan de una oposición disminuida, desarticulada y dividida.
En efecto, Morena llega a la 64 legislatura con una agenda definida de iniciativas, como la ley de austeridad, reformas a la administración pública para la descentralización, anticorrupción o mecanismos, como la revocación de mandato, mientras que la oposición arriba sin sus coaliciones electorales y sin mayores propuestas que declaraciones de buena voluntad como “actuar con responsabilidad” con las reformas aprobadas en el sexenio. Es decir, sin estrategia para posicionarse frente a la nueva hegemonía de Morena y nuevas formas de hacer política que no descansen en la componenda cupular de partidos tradicionales que rechazaron las urnas.
Frente a la preocupación por la concentración de poder, el fuerte liderazgo de López Obrador ha querido presentarse, también, como una nueva forma de hacer política y la hegemonía de Morena como oportunidad para superar parálisis de los gobiernos divididos. Ofrece rescatar la política de las formas tecnocráticas y cupulares del ejercicio del poder de las últimas tres décadas, que fracturaron la relación con la gente y cobijaron el mundo de privilegios, abusos y negocios en que se convirtió el mundo de la política. Hay un temor real de repetir esa historia de subir al tabique y marearse, como les espetó en el congreso de Morena, pero también será difícil evitarlo si la nueva “hegemonía democrática” opera como poder omnímodo.
Un primer indicador será el reparto de cargos directivos y comisiones en las cámaras, para ver si más allá de los votos se abre una actitud de negociación incluyente como la que López Obrador ha tratado de mostrar con el acercamiento con sus adversarios y oponentes. En el actual paisaje político, el Congreso más que freno al Ejecutivo será el primer espacio para conocer de la capacidad de autocontención del próximo gobierno.