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Así como la corrupción terminó golpeando al PRI y la guerra contra el narco desgastó al PAN, el vínculo político-criminal puede convertirse en el ocaso de Morena.
Por eso la peor respuesta del morenismo y de Palacio Nacional ha sido polarizar, confrontar, fragmentar la conversación pública y – parafraseando al cantautor– atar en el bies de una enagua al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, acusado de vínculos con el Cártel de Sinaloa.
Desviar la atención hacia Hernán Cortés, Isabel Díaz Ayuso, la gobernadora Maru Campos, la visita de BTS a Palacio Nacional y hasta el burdo manoseo del calendario escolar puede funcionar parcialmente y por un tiempo, pero no resolverá el problema de fondo.
Porque la única estrategia realmente eficaz sería investigar, deslindar y cerrar el paso a perfiles morenistas cuestionados por presuntas ligas con el crimen organizado y demostrar capacidad de autocorrección.
Justo por eso pesan tanto las declaraciones del coordinador de los diputados morenistas, Ricardo Monreal Ávila, y de la nueva lideresa nacional del partido, Ariadna Montiel Reyes, sobre separar el poder político del criminal y negar candidaturas a perfiles ligados al narco.
Porque, aunque existe un sector duro que apuesta al choque y a responsabilizar al pasado de los errores del presente, dentro de Morena hay quienes ya discuten abiertamente el riesgo de contaminación criminal.
En ese sentido, Monreal lanzó una advertencia demoledora: “Así como la 4T separó el poder político del poder económico, ahora puede y debe separar el poder político del poder criminal”.
La frase provocó escozor dentro del partido y múltiples interpretaciones fuera de él. Porque Monreal no habla de un riesgo hipotético: habla de una sospecha instalada en el debate público tras los señalamientos por presuntos vínculos entre políticos y la delincuencia organizada.
Y fue todavía más lejos. En una colaboración periodística publicada el 5 de mayo escribió que “Morena puede y debe seguir gobernando y ganando elecciones sin necesidad de vender su alma al Diablo”.
Entonces surge una pregunta brutal: ¿Morena vendió su alma al Diablo para ganar elecciones y convertirse, en apenas un sexenio, en la fuerza política dominante del país?
Si así fuera, alguien no leyó las letras chiquitas del contrato y hoy ese demonio llamado narco les está pasando factura, mientras el presidente Donald Trump acerca cada vez más fuego a la frontera política mexicana.
Porque el tema del narco ya cruzó la frontera internacional. Estados Unidos sube el tono, mantiene presión constante y será muy difícil apagarla sólo con polarización doméstica.
El problema ya no es únicamente judicial. El verdadero temor dentro del morenismo es político: que la sospecha de una relación entre poder y crimen organizado termine contaminando la legitimidad de sus victorias electorales.
Y ahí está el verdadero peligro: que el vínculo político-criminal deje de ser una acusación coyuntural para convertirse en una narrativa persistente; que el narcotráfico pase de ser herramienta de propaganda electoral a un eje de la disputa política rumbo a 2027. Sólo hay que ver cómo ha escalado en estos días la confrontación Morena-PAN.
Así que, ya no basta con culpar al adversario o envolverse en la bandera de la soberanía, el problema es quién lanzó el trompo… y con ayuda de quién siguió girando.
En X: @castroclemente
castroclemente@gmail.com Vía @LineaPoliticaMX
