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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

La propuesta de un bloque económico de América del Norte en el discurso de López Obrador en la “cumbre” con EU y Canadá representa un giro hacia el pragmatismo o es otro ejemplo de la adaptación simbólica a la audiencia. Los contrastes entre sus posturas internas, de alta carga ideológica, y en el exterior, de acomodarse a las condiciones del entorno internacional, no son desviaciones de su gobierno, sino dos caras de la misma moneda. Mucha ideología y mucho pragmatismo, aunque eso no salve las contradicciones, por ejemplo, de sus políticas energéticas nacionalistas con los socios comerciales.

A López Obrador le fue bien en este espacio de diálogo al más alto nivel con Biden y Trudeau, suspendido 5 años en la era de Trump. Sólo el objetivo de reactivarlo lo avalaba como oportunidad para relanzar la colaboración trilateral en seguridad, migración y comercio. Fue un paso adelante de lo simbólico de las fotos de mandatarios en la Casa Blanca con una declaración conjunta y 10 compromisos sobre el desafío del cambio climático o el tráfico de fentanilo que tanto preocupan, sobre todo a EU por la crisis de salud por opioides y que, junto con el tema de migración, bien valen altas dosis de pragmatismo en relación bilateral.

¿Cuántos podrá cumplir el gobierno de López Obrador? Por lo pronto, su discurso apuntó a las fibras más sensibles de la Casa Blanca sobre su mayor desafío de la competencia económica con China. Con un discurso enmarcado en el realismo económico ofreció profundizar la integración con un enfoque regional para elevar la competitividad frente a la disputa comercial global y pidió asertivamente a EU abrirse a la migración regulada para abastecer de mano de obra su reactivación económica. Es el discurso de un político pragmático que entiende la ventaja de encadenar la economía mexicana a la recuperación en EU. Que ve su utilidad para llamar a la inversión, a pesar del desencuentro con su proyecto energético y las dificultades con los compromisos contra el cambio climático, o la defensa de Cuba y Nicaragua.

La participación de López Obrador albergaba expectativas por discursos previos en que amenazaba con exhibir a legisladores de EU que se opongan a una reforma migratoria o la defensa de su reforma energética de corte nacionalista. Habría tenido pocos efectos prácticos, aunque tampoco llegó a la practicidad de Trudeau, que aprovechó la “cumbre” para cabildear con legisladores sobre el conflicto con EU por las armadoras de coches eléctricos.

El pragmatismo de López Obrador se preocupó por mostrar la cara de la cooperación eficaz ante problemas que ninguno puede resolver solo como la migración o la crisis sanitaria de la pandemia. Y dejar en el lado oculto los mensajes de rectificación ideológica que usa en el interior para encender a sus bases, presionar a empresarios o neutralizar opositores. Habría desatado reclamos por las contradicciones con el gobierno de Biden de sus políticas energéticas y del cambio climático, lo que hubiese dado al traste con el foro.

Biden también se centró en sus intereses más que en la forma de abordarlos, sabe que para los conflictos está el T-MEC como sucedáneo de Constitución. Puso en la mesa la exigencia de la cooperación en seguridad, a la vez que recibió a López Obrador con la firma de una ley para perseguir y juzgar en EU a quien atente contra sus funcionarios en el exterior. De su discurso también silenció las inconsistencias de su política migratoria, que no logra diferenciarla de la de Trump ni evitar que la “crisis de migración” sea usada como arma política entre demócratas y republicanos.

Pero el pragmatismo del presidente con EU no es una anomalía, por el contrario, dominó su discurso para temperar a Trump y ceder a sus pretensiones de hacer de México tercer país seguro de facto en migración. Ocurre también con Biden, que aparca su desencuentro por las energías limpias mientras México la contenga. Ese pragmatismo expresa la profunda interrelación que se materializa en el cruce de 2 millones de dólares en comercio bilateral por minuto, que ni siquiera la pandemia pudo interrumpir. Ese dato es suficiente para ver el interés de todos los líderes por evitar el dogmatismo en los discursos y, en todo caso, dejar la arenga ideológica o electoral a la comunicación interna donde construyen su popularidad con sus audiencias.