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elcristalazo.com

Símbolo para muchos del hembrismo triunfador en la política y el poder, cuya firmeza sólo podría hallar símil quizá con Golda Meier o Catalina “La grande” de todas las rusias, Margaret Tatcher fue una feminista peculiar: no puso una sola mujer en su gabinete, al cual manejaba con férrea disciplina. La eficacia de sus ministros, resultaba a fin de cuentas la demostración de su propia capacidad para el gobierno.

“No parecía creer que ninguna mujer aparte de ella debiera ocupar un puesto de poder y responsabilidad”, dice Moshik Temkin. Aquí no pasa eso.

Y algo de razón debe haber tenido Maggie: no sólo abrió la posición de primera ministra para las mujeres: gobernó, con mano de hierro, sin pudores pacatos, de 1979 a 1990, duración insólita en los 150 años anteriores.

Y cosa notable: su declive después de tantos y tan exitosos años, comenzó con una rebelión furiosa de su canciller, Geoffrey Howe quien dio el portazo furibundo y en ese mismo mes la Dama de Hierro dejó el cargo. Perdió el apoyo de su partido, cosa grave en el sistema político británico, tan distinto del nuestro.

Luego vinieron otras mujeres a ocupar su cargo: Theresa May y Liz Truss. Válgame dios, ninguna dio el ancho. La pobre Liz duró quince días.

Pero independientemente de la señora Tatcher y sus gabinetes masculinos, la estabilidad, el orden, la discplina y hasta la permanencia son elementos importantes en el desempeño de un gobierno.

La constancia en el desarrollo y aplicación de un programa de trabajo en un ambiente de responsabilidades bien definidas y mejor ejecutadas evita desviaciones administrativas y distorsiones y equilibran responsabilidades públicas y ambiciones políticas o herencias indeseadas, sobre todo cuando los políticos actúan con la mirada puesta en el siguiente sexenio o el pasado.

Un presidente es capaz de descabezar una secretaría ya sea para promover o para eliminar en la carrera a quien antes había designado, a veces por compromisos inconfesables o inevitables, sin percatarse cómo actúan contra su propia eficacia.

Eso lo vimos claramente cuando José López Portilo, en un mismo día degolló a Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación; Ricardo García Sáinz, de Programación y Presupuesto y Santiago Roel, de Relaciones Exteriores. El desorden del gabinete preludió al desastre por venir.

Un comentarista de aquellos años escribió: el presidente no puede ni con el gabinete; menos va a poder con el país.

Cuando los equipos de trabajo no logran la armonía, traslucen su debilidad; entorpecen las acciones públicas y por la sustitución de equipos en ministerios o secretarías, se produce sin remedio la pérdida de tiempo y la mala relación entre los salientes derrotados y los entrantes triunfadores. Los cambios de rumbo, de estilo y de sistemas de trabajo en una burocracia sin institucionalidad produce a fin de cuentas un fenómeno popularmente conocido como el desmadre absoluto.

Antes de culminar el primer tercio de esta administración ya hemos visto cambios casi en la tercera parte de los gabinetes (legal y ampliado); la fiscalía general de la República (imaginariamente autónoma) y en la principal empresa del Estado. No por ruinosa y endeudada Pemex deja de ser importante, sobre todo porque es un serio lastre para las arcas públicas. Pero ese es otro tema.

Los cambios –casi 15 hasta ahora– pueden obedecer al fenómeno de la carreta, descrito también por López Portillo (ya sabemos sus resultados): en el camino se acomodan las calabazas. O se caen.

Hasta ahora la presidenta Sheinbaum ha cambiado a los secretarios de Relaciones Exteriores (Juan Ramón de la Fuente por Roberto Velasco); de la Mujer (Citlali Hernández sin sucesora hasta hoy); Hacienda (Rogelio Ramírez de la O, por Edgar Amador); Agricultura y Alimentación (Julio Berdegué por Columba López) y Bienestar (Ariadna Montiel por Leticia Ramírez).

Pero en otras áreas sensibles los cambios no han obedecido a ciclos sexenales (ni bienales) sino también a incapacidad, como en el caso de Petróleos Mexicanos, empresa hundida en las deudas y la deficiente operación. La presidenta (con A) había puesto ahí a un amigo de la juventud quien aparentemente puso fecha de caducidad a su responsabilidad. Como sea, Juan Carlos Carpio sustituyó a Víctor Rodríguez. Ambos tienen en común, además de su “sheinbaunismo”, su ignorancia en cuestiones petroleras.

Y así, en la cambiadera originada por las necesidades del Partido y el Gobierno, como si fueran una misma cosa (y no lo son), se han visto todos estos cambios. Algunos comprensibles y hasta necesarios; otros no tanto. Pero a fin de cuentas todos muestran la inestabilidad de la administración pública.

Los demás cambios han sido estos.

En Laboratorios de Biológicos y Reactivos de México (Birmex), Carlos Alberto Ulloa sustituyó a Ivan Olmos. En el

Instituto Nacional de Migración (INM): Sergio Salomón Céspedes ocupó el lugar de Francisco Garduño; Omar Vázquez Herrera reemplazó a Diego Prieto en el Instituto Nacional de Antropología e Historia; Omar Reyes entró a la UIF por Pablo Gómez. Los desplazados tienen todos historias memorables. Algún día serán dignas de abordaje.

Ernestina Godoy (ex consejera Jurídica) se quedó en lugar de Alejandro Gertz Manero en la fiscalía general de la República. En este recuento –a pesar de los acordeones– no se incluyen los nuevos y nuevas en el Poder Judicial.

En la Agencia Nacional de Aduanas de México (ANAM) fue cesado Rafael Marín Mollinedo y entró Héctor Alonso Romero Gutiérrez.

La Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal ha tenido tres titulares en 2 años. Luisa María Alcalde reemplazó a Estela Damián a partir del 22 de febrero de 2026. Esta había llegado en lugar de Ernestina.

Tatiana Clouthier dejó el cargo del fantasmal Instituto de los Mexicanos en el Extranjero y nadie la ha reemplazado hasta ahora. Ni falta hace. Finalmente, Vidal Llerenas, ocupó la dirección del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) en lugar de Santiago Nieto.

Muchos brincos en un suelo disparejo.