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Los traspiés y yerros, por ignorancia o malicia, de Morena y liderazgos suyos en el Congreso enseñan los riesgos cuando la mediocridad toma el Legislativo. Las pulsiones de un movimiento amorfo y maleable por ambiciones, delirios o radicalismos capaces de abrir hasta una crisis constitucional sin sentirse responsables o con derecho sólo por tener la mayoría de curules. Representantes de tómbola y dirigentes veteranos ensoberbecidos por las urnas que impulsan revancha y la obligación a los derrotados de acatar el estándar impuesto, a riesgo de la credibilidad de su proyecto y de profundizar la desconfianza. En definitiva, un peligro para el mismo gobierno.
La crisis se conjuró a poco de pudrirse gracias a la final escucha de las protestas de la oposición en el oído de Porfirio Muñoz Ledo. En medio de una batería de oradores que le reclamaban congruencia con su trayectoria política, reconoció el despropósito y consecuencias de la iniciativa de Morena de reformar la ley orgánica para su reelección. Ya no tenía lugar para esconderse en la simulación, o quizá también retumbaron, o volvió a escuchar, las palabras con las que López Obrador mandó “al carajo a ambiciosos vulgares” en advertencia a Morena tras la disputa por el poder en el Senado.
Hasta el extremo, la bancada de Morena trató de imponer su mayoría para evitar que el PAN asumiera la presidencia conforme a la rotación que establece la ley para garantizar la pluralidad política. Pero la descalificación otra vez vino del Ejecutivo, que consideró una “vergüenza” la iniciativa de su partido para “agandallarse” con una ley hecha a la medida, en una señal del riesgo de volver a los tiempos de la “aplanadora” de las mayorías y la simulación que su gobierno promete desterrar. La mediocridad se acompaña de la imitación que simula y subordina la deliberación a la autoridad garantizada, en este caso movilizar a los legisladores de Morena bajo el único criterio de hacer equivalente mayoría con mando sin importar el impacto de “su jugada” en la legitimidad e imagen del Congreso. El pensamiento mediocre, como dice el filósofo Alain Deneault en su último libro, se complace en “seguir el juego” con el sólo propósito de ocupar una posición relevante en el tablero social o eludir las reglas sin dejar nunca de guardar las apariencias gracias a múltiples actos de colusión que pervierten el proceso. Así los casi 200 diputados de Morena.
Pero la preocupación de la oposición por una regresión autoritaria va más allá del conflicto en el Congreso, en el que ni siquiera el peligro de una crisis constitucional disuadía de quedarse más tiempo con la presidencia. No sólo trataron de sacar “al vapor” su iniciativa, sino que también engrosar la bancada del PT para que, como aliado, participara en la rotación de la presidencia como nueva cuarta fuerza. Su rebelión acusa recibo del dicho presidencial sobre la “derrota moral” de sus adversarios y el impacto de ese mensaje sobre el avasallamiento de las minorías o los insultos de que fueron objeto un grupo de empresarios a la salida del Informe.
El discurso presidencial fácilmente hace combustión con pulsiones revanchistas que radicalizan posiciones al interior de Morena, a pesar de mensajes contrarios de su gobierno, como el mayor acercamiento con los empresarios para que inviertan o el rechazo a “jugadas” legislativas, como imponer mayorías en el Congreso.
La declaración del Presidente llevó finalmente a Morena de desistir de su intento de evitar la rotación con el PAN, pero el episodio queda como testimonio del peligro de usar las urnas bajo el simple criterio de mostrar quién manda cuando una fuerza gana el gobierno, aunque ni siquiera se haya consolidado como partido. De los extravíos a los que puede conducirse en los cargos públicos como hordas para cimentar el poder de un clan o un grupo político. Y de creer que la democracia designa lo que está en la media de la mayoría, cuando su calidad se mide, precisamente, por el respeto a minorías. De esas desviaciones López Obrador pidió atinadamente contención.