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elcristalazo.com
Decía el gran peruano César Vallejo en su enorme poema, “Los heraldos negros”:
“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! /Golpes como del odio de Dios; /como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… /Yo no sé!”
Y sí, a veces los hachazos de la adversidad (el odio de Dios) nos sacan lágrimas o hacen hervir la sangre por el coraje, la ira o el hondo sentimiento de sentirse despreciado, como si nada fuera cosa de valor, como si fuéramos tlaconetes (tlaconetl, en náhuatl) frente al poder amenazante de los rubios vecinos ansiosos de conquista interminable.
Es horrible sentirse así.
Pero nunca antes, quizá desde las atrocidades de Pedro de Alvarado en la matanza del Templo Mayor, se había perpetrado un agravio de las actuales dimensiones, ya no contra los pueblos originarios y eternamente resistentes, sino contra los actuales mexicanos: la FIFA quitó el axolote del estadio.
La FIFA. Por Dios santo (qué digo Dios Santo, por Huitzilopochtli bendito), esa organización pagana cuya sombra todo lo pudre y lo vende en el absoluto mercadeo de la pelota, el estadio y la playera; la televisión y la conciencia.
Tanto esfuerzo restaurador y devoto de nuestras bienamadas autoridades por darnos un símbolo ecológicamente meritorio, se ha ido al caño porque los inclementes “fifos” nos dijeron fuera, como si el axolote xochimilca se pareciera a los espías de la CIA recién expulsados de nuestra tierra virgen e inmaculada, con todo y su inadvertido disfraz de turistas.
Apenas hace unos días, el 27 de este mes para ser precisos, nuestras (otra vez) bienamadas autoridades enviaron por la red un mensaje a la plataforma X:
“FALSO. El Gobierno CDMX desmiente categóricamente la información que circula sobre la supuesta orden de la @fifacom_es de retirar la escultura del ajolote (con X, por favor, no sean “ayusos”) en las inmediaciones del Estadio Ciudad de México. No existe ninguna acción para retirarla, restringirla o modificarla. Este elemento forma parte de la identidad de nuestra ciudad (¿no eran el águila y la víbora?)”. Si esa fuera la alegoría, no habrían existido los “Caballeros Águila, sino los señores axolotes).
Eso no lo pueden entender los extranjeros. No importa si son de Guatemala (hay extranjeros de Guatemala muy cerca aunque usted no lo crea), o de Suiza o de Italia. Mucho menos los estadunidenses. Esos están peor.
El axolotl, recuperado como símbolo, es una figura constitutiva de nuestra identidad urbana. Será porque hay algunos (as) habitantes (as) idénticos (as) a ellos con todo y sus ojos saltones y su eterna apariencia de fetos con branquias, gelatinosos y resbaladizos, como extraños renacuajos jabonosos extraviados en la maquinaria de la evolución de las especies, un poco ranas, un poco dragones o lagartos y un tanto más salamandras incombustibles.
Ayer mismo en un diario de esta ciudad se podía leer a hora temprana:
“La figura del Ajolote que fue colocada por el gobierno de la Ciudad de México en el puente peatonal que conecta el Cetram Huipulco con el Estadio Ciudad de México fue retirado.
“En un inicio, y de acuerdo con información del Gobierno capitalino, el retiro obedecía a un tema de Protección Civil y se contemplaba su reubicación; sin embargo, posteriormente las autoridades señalaron que la figura ya no será reinstalada, sin ofrecer más detalles sobre los motivos de su retiro.
“Mientras en la zona trabajadores, comentaron que la estructura la retiraron desde anoche”. Como si fuera Cristóbal Colón.
Por otra parte, a través de un comunicado el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) informó que no retiró la figura del ajolote de inmediaciones del Estadio Ciudad de México por algún incumplimiento con acuerdos comerciales con la FIFA.
La información circulante asegura:
“…La directora del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI), Carolina Pérez Luna, confirmó que la figura gigante de un ajolote (con X, no sean “ayusos”) instalada en el Estadio Banorte deberá ser retirada por incumplir los contratos comerciales del Mundial de 2026”.
Realmente resulta insultante.
–¿Cómo se pueden poner los contratos comerciales con el Mundial FIFA o el Mundial Social de nuestro (una vez más) bienamado gobierno, por encima del trascendental simbolismo de eternidad contenido en el axolotl, tan entrañable como sembrar en chinampas, comer acociles, beber pulque o tomar chocolate del Bienestar?
Es un atentado contra nuestra cultura, un atropello a la enormidad de los valores de los pueblos originarios, la grandeza nacional, la idiosincrasia, la mexicanidad, la nacionalidad, la libertad y autonomía de los pueblos determinados con determinada obstinación a la autodeterminación de las naciones.
El respeto al axolotl ajeno es la paz.
Eso deberían aprender en lugar de andar vendiendo butacas en 150 mil pesos para ver el partido inaugural desde el gallinero. Mercaderes insensibles. Deberían saberlo antes de mover tan hermosa obra escultórica (ni la Coatlicue) del puente de Acoxpa, palabra náhuatl cuya etimología (para su conocimiento bárbaros europeos, incultos e ignaros), es “acoc-pa” (sobre las canoas).
Pero la globalización conlleva a la obediencia y ni modo.
Frente a este atropello cultural contra el símbolo de esta nueva ciudad morada, donde todo mundo está demorado, porque para darle gusto a los bárbaros axoloticidas y cumplir con los llamados cuadernos de cargos, se han levantado banquetas y calles; se han cortado los servicios de agua porque se les fracturan las tuberías en la chambonada perpetua; se han hecho pequeños lagos y lagunas para bogar todos (como antaño) en canoas sobre los canales; se ha intentado mejorar el Metro y puesto en servicio intermitente un tren ligero cuya levedad consiste en no terminarlo desde tiempos de Don Ramón Aguirre, en los años 80, cuando se hizo otro campeonato (ese sí completito, no la migaja de ahora) en la ciudad de México y otras, sin tanto despelote para ver como otros patean la pelota.
Pero, en fin. Nunca vemos las cosas a tiempo.
En este país todo es y no es. Sucede como con la inexistente existencia de una ficha roja de Interpol para pillar a Rocha Moya, real en el verbo presidencial e inexistente en las palabras cantinflescas de don Omar García Harfush quien oscila entre el titubeo y la dislalia:
“… Hay un proceso, hay un proceso una vez que hay una notificación roja: primero pasa a Relaciones Exteriores, posteriormente se pasa a la Fiscalía General de la República ―así es en todo el mundo (¿en todo el mundo se pasa a la FGR?)― y de ahí se ve si procede o no.
“Igual, cuando nosotros emitimos o tramitamos una ficha roja a través de la Fiscalía General de la República y solicitamos una extradición a Estados Unidos, por ejemplo, el Departamento de Justicia checa si es procedente o no.
“Es decir, no porque haya una ficha roja se puede detener a la persona… Se confirma la ficha roja una vez que es emitida (sí, porque antes ta’carboncito). Desconozco si la tiene por parte de la Fiscalía General de la República; lo que tiene es —digamos— la orden de detención en Estados Unidos”.
Pero poco antes la señora presidenta (con A) había explicado de otra manera. Igual de enredosa:
“…Bueno, hay una orden de aprehensión, por parte del gobierno de Estados Unidos. Eso hace que se alerten fichas rojas —llamadas—, por parte de la Interpol. Entonces, eso es del gobierno de Estados Unidos. Si ellos llegaran a salir de México (los sinaloenses requeridos; no los EU): otros países, a partir de LA ALERTA ROJA QUE EMITIÓ EL GOBIERNO DE ESTADOS UNIDOS, pudiera (¿la alerta?) llegar a detenerlos.
Bendito sea don Huitzi…
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