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El punto no es si Morena ya es el nuevo PRI. El punto es que empieza a parecerse demasiado: en la forma de ejercer el poder, en la centralidad del liderazgo, en la disciplina interna y en la manera de operar políticamente.
Porque en política -como sentenció Jesús Reyes Heroles- la forma es fondo y observando las formas actuales, Morena se asemeja mucho al viejo régimen priista que pretendía enterrar.
El PRI –que fundó en 1929 como PNR Plutarco Elías Calles-, nació como un mecanismo para ordenar el poder y el presidente de la República en turno se convirtió en su eje articulador.
Funcionó bajo una lógica inequívoca y vertical: el presidente decidía, el partido ejecutaba. Y así fue hasta que perdió la presidencia de la República en el año 2000 ante el Partido Acción Nacional.
Pero su ADN no desapareció con la alternancia en el poder y todo indica que tampoco con el arribo de Morena a la presidencia de la República en 2018.
El gen priista se incubó cómodamente en el Movimiento de Regeneración Nacional que heredó prácticas del pasado, absorbió cuadros y afilió a operadores políticos formados en el viejo sistema. Cambiaron de camiseta, no necesariamente de lógica.
Hoy Morena gira alrededor de un doble eje articulador. Por un lado, su liderazgo fundacional –Andrés Manuel López Obrador- no se ha retirado del todo y sigue marcando línea desde las sombras. Por otro, la presidenta Claudia Sheinbaum asume, sin rubor ni ambages, el papel de la vieja escuela: sacudir al gobierno para alinear al partido, palomear candidaturas y reconfigurar estructuras.
Los movimientos recientes en el gabinete presidencial y en la dirigencia nacional morenista no llegaron por demanda de la militancia. Se decidieron, hace varias semanas, desde el poder, exactamente como ocurría en los mejores tiempos del PRI.
Con la mirada puesta en las elecciones del 2027, la primera ficha se movió el 16 de abril de 2026. Sheinbaum anunció en su conferencia mañanera que Citlalli Hernández dejaba la Secretaría de las Mujeres –con un magro resultado- para regresar a Morena como responsable de elecciones y alianzas.
Esa fue la señal presidencial que confirmó lo que era un secreto a voces: la salida de Luisa María Alcalde de la presidencia nacional de Morena. Y no se confunda: su salida tiene el aval de López Obrador.
A Luisa le faltó oficio y colmillo político. Restó y agrietó la relación con los aliados PT y PVEM. Tras pensarlo unos días aceptó la Consejería Jurídica de Presidencia, un cargo que deja Esthela Damián por una ambición política personal: convertirse en la próxima gobernadora de Guerrero.
Para sustituir a Luis se perfila Ariadna Montiel Reyes, secretaria del Bienestar desde el 11 de enero de 2022 – gobiernos de AMLO y Sheinbaum-. ¿Y por qué es la más viable? Porque Ariadna maneja la estructura social más poderosa de la 4T que no sólo distribuye dinero, si no construye presencia política directa en territorio.
Este año, desde la Secretaría del Bienestar, ejerce un presupuesto histórico de un billón de pesos destinado a más de 20 programas sociales y con beneficio directo, sin intermediarios, a casi 20 millones de personas. Los programas tienen un enorme impacto territorial y electoral.
Además, comanda a la mayor estructura de promoción electoral con la que cuenta Morena desde el gobierno federal: los Servidores de la Nación, una red de entre 20 mil y 30 mil personas que recorren pueblos y comunidades para censar beneficiarios, entregar apoyos y organizar en el terreno.
Oficialmente es trabajo social, pero en la práctica es el ejército de campo que identifica votantes y mueve estructuras. Ariadna tiene la cuadrícula, el conocimiento territorial y un músculo real que Luisa nunca tuvo.
Por ello el ajuste en la dirigencia nacional de los morenos no es solo un cambio de nombres. Es un enroque calculado desde Palacio Nacional, tal como se hacía en los tiempos del Revolucionario Institucional-.
Debilitado y desplazado
Y hablando de trompos que giran… ¿qué pasa con “Andy” López Beltrán? No desapareció, pero tampoco manda en Morena. Mantuvo una pésima relación con Luis María Alcalde y se encuentra debilitado y desplazado de las decisiones importantes en el partido.
Pensó que colgarse del legado familiar le daría brillo propio. Sin embargo, reprobó sus exámenes como operador político en Durango y Veracruz, mientras pisoteaba los postulados de “austeridad republicana” y “pobreza franciscana” que impulsó su padre.
Viajes, restaurantes de lujo, amistades beneficiadas con contratos millonarios y afición por coleccionar obras de arte son las marcas que distinguen al hijo del ex presidente.
Hoy “opera” trabajo territorial en Coahuila, pero sin poder en el partido que, se dice, dejará en los próximos días para postularse a un cargo de elección popular en Tabasco.
Y así están los tiempos en Morena. Empieza a parecerse demasiado al viejo PRI, el otrora partidazo que justificaba el control en nombre de la estabilidad, mientras la 4T lo hace en nombre de la transformación.
Así es: sólo cambian las palabras, pero la historia pesa y el gen –ese que define cómo se decide, cómo se ordena y cómo se opera el poder– no desapareció, solo cambió de nombre.
Las pirinolas giran y caen donde siempre han caído.
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