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A partir de la pugnacidad de la izquierda, apoyada insensatamente por el PRI durante el sexenio de Vicente Fox, la estructura constitucional de la República quedó absolutamente desvirtuada, desfigurada, dirían otros, porque la figura esencial de la rendición de cuentas –el Ejecutivo acude a la sede del Legislativo y se somete a una calificación política, al menos— fue paradójicamente fracturada por una oposición cerril (superior al costumbrismo foxista) cuyo efecto fue contradictorio: al negarle el acceso al presidente a la Casa del Pueblo, solo se fomentó la autarquía presidencial y se le restaron facultades reales al Legislativo.
Desde entonces los presidentes se atrincheran en el Palacio Nacional (ahora el patio de la casa), y desde ahí repiten y escuchan las alabanzas tanto suyas como de sus lagoteros, aduladores o lame suelas.
Antes el país se paralizaba en grotesca veneración al señor presidente. Ahora, remedando al pasado gobierno, la señora presidenta (con A), se rodea de los suyos y repite casi de memoria el mismo discurso de cada mañana, de cada semana, de cada mes y cada semestre de los últimos dos años y nos regala el paisaje idílico de un país maravilloso; una mezcla de Arcadia, Tierra Prometida y Utopía.
No es la radiografía nacional; es el autorretrato presidencial.
El informe real, el constitucional (el mensaje de la mañana es meta-constitucional, informal, íntimo, interno o auto gratificante, nada más), queda reducido a una ceremonia de caricatura: la secretaría de Gobernación, acude a San Lázaro y entrega varios libros cuyas páginas no conocerán ojo alguno. El texto y el anexo. Números, cifras, datos (casi todos alterados o falseados); reportes, papeleo. Se pronuncian discursos sacados del cajón del año pasado o el antepasado y se habla del cumplimiento del artículo 69 constitucional y se alude al 89 o se invoca cualquier cosa y en medio de sonrisas de cartón y abrazos de compañerismo, todos se festejan y se celebran entre ellos porque como dice aquella cancioncita boba; tu y yo somos uno mismo.
El Congreso expulsó al presidente (a) y el Ejecutivo (a) desprecia al Congreso servil.
Al expulsar al presidente (o a la presidenta con A) del Palacio Legislativo, se perdió una oportunidad (si se quiere decir así) de, encajonar al Ejecutivo y someterlo a la metralla del discurso inquisitivo, a la réplica, a la queja, hasta a la denuncia, como en tiempos pasados quiso hacer Porfirio Muñoz Ledo con Miguel de la Madrid y para lo cual se preparó primero el ánimo crítico con aquella elaboración (todos cayeron el a frase ingeniosa y feliz) de la presidencia imperial y su pasillo lleno de confeti.
Ahora ni confeti.
Tiempo después esa división de poderes fue alterada definitivamente por Morena, cuya aportación a la ciencia política elimina la División de los Poderes y consagra la Sumisión de Poderes. Si antes la interdependencia era relativa y se ejercía en delicados equilibrios y cuidadosas condiciones; hoy la servidumbre es absoluta. Es Montesquieu en tzotzil o náhuatl: el Judicial y el Legislativo, convertidos en cínicos apéndices de la voluntad Ejecutiva hasta con gritos de imaginario honor por estar con el fundador de su movimiento.
En este nuevo modelo político todos pierden o al menos, desde Fox, nadie ha querido ganar. Nadie se ha interesado en recuperar siquiera en parte la dignidad del Congreso y devolverle una función rechazada “motu proprio”.
La presidencia se convierte en repetidora –repetidera– de sus propios discursos ahora convertidos en spots abrumadores y de malogrado sonsonete; el Legislativo se ahorra la molestia de fungir como contrapeso, equilibrio y control de las acciones Ejecutivas y el judicial pierde el tiempo bordando pajaritos y florecitas en la tilma del Tata Mandón de la Suprema.
El Tribunal Electoral –cuando ya ha comenzado formalmente el proceso– está chimuelo y el INE sólo busca cómo colocar piedras más grandes en el camino de Somos México, como si de verdad esa nueva agrupación partidaria significara un riesgo para la hegemonía de Morena y la presidenta (con A), patrona de san Judas Taddei y su parentela.
A ese partido lo combaten como si de verdad fuera una amenaza y les pudiera arrebatar el poder, cuando no es sino una larvaria expresión minoritaria. Pero la codicia siempre acarrea temor de perder lo atesorado. Y eso les pasa con Álvarez Icaza, Acosta Naranjo y todos los demás.
Pero el neo presidencialismo Moreno es así.
INZUNZA
Un viejo refrán castellano dice: si la envidia fuera tiña, todo mundo se tiñera.
En libre asociación podríamos decir, si el cinismo doliera, Enrique Insunza viviría en un grito. Podría ser la encarnación del personaje pictórico de Munk en el célebre cuadro del hombre desesperado cuyo grito en un puente se confunde con la estridencia escarlata de los celajes del paisaje tan desesperado como él.
Por cierto, la luminosidad del cielo rojo fue una consecuencia planetaria de la explosión del volcán Krakatoa, en Indonesia, con resplandores visible hasta los confines árticos, según confirma McDonald en “Procedencia”.
El cinismo de Inzunza, no tiene, desde mi punto de vista relación con las acusaciones del Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Ante ellas el señor senador es inocente mientras no se le pruebe culpabilidad.
Su cinismo es en cuanto a la función legislativa, cargo con el cual juega al yo-yo de manera insolente. Se esconde, se exhibe, va y viene, simula una ruptura con Morena, pero se aferra a la ubre, porque Morena le paga; no tiene cuentas bancarias y le pagan por debajo del agua o bajo cuerda (“sub mecatum”, diría Gustavo Mora).
“Jamás me ausenté de mis responsabilidades legislativas”,
Este caballero me recuerda al enorme farsante jugador de futbol brasileño Neimar quien bajo cualquier pretexto se tira al suelo abandona la cancha o sale de una alineación. Tanto como para darle a Lula da Silva la oportunidad de hacer el mejor chiste del mundial pasado.
“Neimar inventó el futbol por zoom”.
Así este insensato: inventó el poder “zoomlegislativo”.
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