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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR
El Mundial 2026 se presenta como un cuadro extraño cuya imagen parece normal, pero, en realidad es un reflejo engañoso. El espíritu del torneo revela el alcance de la “Doctrina Trump” sobre el terreno de la diplomacia deportiva que ha servido históricamente para reducir tensiones y tender puentes en confrontaciones como vive Norteamérica.
Este Mundial es un hito histórico por ser el primero que une a tres países en su organización. Pero no junta, separa. México ha recibido amenazas de injerencismo. A Canadá trata de intimidarlo con su anexión como estado 51.
El balón rueda en las canchas con la fiesta en los estadios, el esfuerzo de jugadores y la pasión de aficionados que se juntan en calles y plazas. Pero en la política, el torneo ha sido marcado por férreas políticas de seguridad y migración, y el temor de que sea escenario de agresiones xenófobas.
El Mundial de Trump no proyecta una imagen de unión, integración y futuro compartido, sino restricciones para países considerados “indeseables”, temores por redadas y el riesgo de que la retórica antiinmigrante convierta al Mundial en plataforma de movilización política interna.
La diplomacia deportiva ha quedado subordinada a una dogmática que privilegia el músculo militar, coerción económica y alineamiento político por encima del entendimiento.
Este Mundial pudo haber servido para suavizar la imagen amenazante y temida de Trump en Latinoamérica, a excepción de los gobiernos aliados o amigos en la región. En cambio, refuerza la percepción de crear una especie de nueva cortina de hierro para expulsar a otras potencias de su zona de influencia en Latinoamérica.
La imagen engaña porque parece dominada por los jugadores en la cancha y los aficionados en la tribuna, pero, en realidad, es un reflejo del mundo trumpista y de una FIFA subordinada a sus designios. Bajo la superficie de la fiesta futbolística su mundo corre sin arbitraje que detenga el juego sucio de amenazas abiertas de cancelar el T-MEC para perforar la portería de la soberanía en su guerra contra las drogas, e imponer sus políticas de seguridad sobre los principios de inclusión y multiculturalidad que enarbola la FIFA.
El mundial es el de Trump por la aquiescencia de la FIFA a sus reglas de juego. Éste se ha plegado a sus exigencias y ha omitido abusos contra selecciones, árbitros y jugadores a los que se cierra la puerta en las narices. A cambio de convertir el futbol en una fiesta exclusiva y el desfile de élites económicas en los estadios, aunque profundice la exclusión. Tampoco parece extraño si la FIFA, en ese contexto, distinguió a Trump con el “Premio de Paz” para congraciarse con él.
Pero la diplomacia dogmática no se guía por intereses pragmáticos de Estado ni transcurre por los canales institucionales. No le importa conservar la popularidad del torneo, sino subordinar este deporte a intereses electorales y al objetivo de consolidar dominio ideológico y militar en Latinoamérica mediante líderes afines a la Casa Blanca, “intervenciones justificadas”, presión política o disuasión militar.
La pelota rueda en medio de denuncias de gobiernos de izquierda de México, Brasil y Colombia sobre una escalada injerencista de EU en elecciones en marcha o inminentes. La lógica amigo-enemigo de su política exterior se impone sobre el poder blando y desplaza la posibilidad de una distensión.
El Mundial termina reflejando menos el espíritu universal del deporte que las prioridades geopolíticas de EU. La paradoja es evidente: mientras Trump usa la vitrina mundialista para proyectar poder y celebrar los 250 años de la independencia de EU, México y Canadá observan con preocupación sus propios márgenes de autonomía frente al injerencismo de la Casa Blanca. © 2025 Imagen – Excélsior. Todos los derechos reservados. El contenido de este sitio y de la edición impresa está protegido por la Ley Federal del Derecho de Autor. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización previa y por escrito. El material de terceros conserva sus propios derechos.
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