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Diez minutos y veinte segundos de pólvora mojada

El anuncio que Andrés Manuel López Beltrán preparó con una convocatoria a militantes, medios y ciudadanos terminó en diez minutos y veinte segundos de desmentidos, ataques al periodismo y acusaciones contra empresarios y agentes estadounidenses. El hijo del expresidente denunció una conspiración sin presentar pruebas, proclamó la superioridad moral de su familia y convirtió una defensa personal en un espectáculo político de desmesurada solemnidad.

Andrés Manuel López Beltrán convocó desde la víspera a la militancia de Morena, a los medios y al público en general para escuchar el mensaje que había anunciado para este martes. La expectación adquirió proporciones de acontecimiento nacional. Pero el espectáculo terminó convertido en un petardo megalomaníaco de diez minutos y veinte segundos. Mucha solemnidad, escasa sustancia y una desmesurada importancia concedida a su propia persona.

El mensaje fue difundido a las nueve de la mañana del martes 3 de noviembre mediante sus redes sociales, entre ellas Facebook, Instagram y YouTube. López Beltrán afirmó hablar desde Tabasco. apareció con camisa blanca, el cuello abierto, sin saco ni corbata, ante un fondo dominado por la vegetación, producto del manejo digital. El cabello cuidadosamente peinado hacia atrás, la mirada dirigida a la cámara, donde leyó apoyado por un teleprompter, y el entrecejo contraído, componían un semblante severo. Su expresión transmitía una impresión de tensión contenida, acaso por el carácter defensivo de sus palabras; más que anunciar algo extraordinario, parecía dispuesto a responder a un interrogatorio que nadie le estaba formulando.

El hijo del expresidente dedicó su intervención a negar acusaciones de corrupción, tráfico de influencias y huachicol fiscal. Rescató argumentos de un comunicado publicado en 2024 y arremetió contra periodistas y empresarios. Incluso acusó al FBI de haber ofrecido protección e inmunidad a una persona que, según su versión, había sido detenida en Argentina, con la intención de conseguir declaraciones contra él, su padre y el gobierno mexicano, sin exhibir pruebas de semejante conspiración. Lo que se promocionó como un anuncio importante terminó siendo un desmentido reciclado, aderezado con acusaciones sin sustento documental.

Comenzó atribuyendo los señalamientos a una campaña política de quienes, según su versión, habían ejercido el verdadero poder antes de 2018. Habló de los grandes empresarios, los potentados y la oligarquía, a los que acusó de pretender recuperar privilegios perdidos con la llegada de Morena al gobierno.

Afirmó que esa ofensiva buscaba perjudicarlo a él, a su padre y al movimiento de la Cuarta Transformación. Denunció una “guerra sucia” y declaró que “nosotros no somos corruptos como ellos”. Sostuvo que su familia carece de grandes fortunas, propiedades ostentosas y dinero depositado en el extranjero, y negó mantener sociedades encubiertas o utilizar prestanombres para beneficiarse económicamente.

Uno de los pasajes más reveladores fue su descalificación del periodismo. Para introducir su defensa, recurrió a la expresión “como se dice en el hampa del periodismo” y sostuvo que “la calumnia cuando no mancha tizna”. Después invocó una supuesta “máxima hitleriana” sobre la repetición de las mentiras.

Hay algo inquietante en semejante recurso. Un dirigente político tiene pleno derecho a denunciar informaciones falsas, pero cuando identifica a quienes investigan el ejercicio del poder con el hampa y presenta las publicaciones adversas como parte de una conspiración, desplaza la discusión de los hechos hacia la descalificación de sus críticos; no entiende que el apellido López Obrador no coloca a nadie por encima del escrutinio público.

Negó haber recomendado a Jorge Amílcar Olán y ser contrabandista de huachicol

Sobre Jorge Amílcar Olán Aparicio, el empresario tabasqueño vinculado por diversas investigaciones periodísticas con contratos gubernamentales, reconoció conocerlo desde hace años en Villahermosa. Explicó que habían coincidido por amistades comunes y porque la esposa de Olán fue su compañera de primaria. Recordó que, cuando se conocieron, el empresario se dedicaba a comercializar pisos, piedras naturales y materiales de construcción, pero Insistió en que jamás había recomendado a Olán ni intervenido para favorecerlo con contratos públicos. Para sostener su versión leyó el comunicado que él y su hermano Gonzalo difundieron el 22 de julio de 2024, en el que aseguraron que “En ningún momento hemos recomendado o intercedido por ninguna persona o empresa” para favorecerla mediante contratos o recursos gubernamentales.

Al abordar el huachicol fiscal, rechazó haber participado en el contrabando de combustibles y aseguró que “Nunca he hablado con ningún funcionario de la Secretaría de Marina, ni de manera directa, ni por teléfono o por ninguna vía”. Afirmó que desconocía las operaciones investigadas y que jamás habría guardado silencio de haber tenido conocimiento de actividades ilícitas. Reiteró que las imputaciones carecen de pruebas y acusó a sus adversarios de utilizar testimonios y conjeturas para involucrarlo en delitos que, según aseguró, nunca cometió. La Fiscalía General de la República había informado el 27 de octubre que carecía de elementos suficientes para iniciar una investigación contra López Beltrán por esos señalamientos.

El pronunciamiento de la Fiscalía merece una distinción elemental. La falta de elementos suficientes para iniciar una investigación no constituye una sentencia absolutoria, aunque tampoco autoriza a declarar culpable a una persona. Ése es el rigor que debe exigirse tanto a quienes formulan denuncias como a quienes las rechazan. López Beltrán reclama pruebas contra sí mismo y está en su derecho, pero al acusar al FBI de intervenir en una operación destinada a perjudicarlo, asume una responsabilidad equivalente. Se trata de un señalamiento grave contra una agencia federal de Estados Unidos que exigiría documentos, testimonios comprobables o alguna otra evidencia verificable, y nada de eso apareció en su mensaje.

Finalmente, responsabilizó de la supuesta campaña al periodista Ramón Alberto Garza, a quien señaló expresamente con estas palabras, “Acuso directamente a Ramón Alberto Garza, quien actúa como agente de las agencias extranjeras en México”, al empresario Ricardo Salinas Pliego y al periodista Carlos Loret de Mola; los acusó de coordinar ataques contra su familia y de pretender desacreditar a su padre.

Su padre, el mejor presidente en la historia moderna

En otro momento afirmó que su padre había sido “el mejor presidente en la historia moderna de nuestro país” y dirigió a sus adversarios una acusación particularmente severa, “Ustedes son los enemigos del pueblo”.

Su despedida recuperó el lenguaje de confrontación característico de López Obrador. Aseguró que continuaría luchando por sus ideales y que “No les tenemos miedo, no nos vamos a doblar, no claudicaremos”. Nada anunció sobre una denuncia formal contra los personajes señalados ni mostró pruebas de la presunta conspiración.

Esa identificación de los críticos con los enemigos del pueblo merece atención. En una democracia, el pueblo no pertenece a una familia, a un partido ni a un movimiento político. Tampoco pierde su condición de ciudadano quien cuestiona al gobierno o investiga a sus dirigentes. El discurso de López Beltrán reproduce una división moral que coloca de un lado a los supuestos depositarios de la virtud y del otro a cuantos se atreven a contradecirlos. Para alguien que acaba de reclamar respeto a su propia reputación, resulta una contradicción difícil de justificar. La crítica periodística puede equivocarse y debe responder por sus errores. Lo que no puede exigírsele es obediencia.

La novedad más concreta quedó relegada al cierre de la intervención y al texto que acompañó su publicación. López Beltrán anunció que seguiría utilizando ese espacio para responder a los señalamientos cada vez que lo considerara necesario. Lo expresó al despedirse, cuando dijo que “nos seguiremos encontrando en este espacio las veces que sea necesario aclarar algo”.

Una declaración semejante difícilmente justificaba convocar con tanta solemnidad a militantes, periodistas y ciudadanos. Si inaugurar un espacio digital para defender su reputación era el acontecimiento que debía mantener al país pendiente de sus palabras, la magnitud de la convocatoria resultó inversamente proporcional a la trascendencia del anuncio.

Defenderse es su derecho. Pero pretender que el país aguarde expectante sus explicaciones personales revela una arrogancia difícil de disimular. Y en Estados Unidos —donde él mismo informó en agosto que le habían revocado la visa—, quedó pendiente otra explicación que ni siquiera abordó durante el video. Esa decisión migratoria no demuestra la comisión de delito alguno, pero constituye un antecedente político que el propio López Beltrán hizo público mediante una carta dirigida a Donald Trump.

Al final, lo único que quedó claro es que quiso presumir de tener tanta pólvora, para semejante petardo.