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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

La realidad alcanza nuevamente a López Obrador, simplemente porque la pandemia del coronavirus es efectiva y su impacto catastrófico, en contraposición a la narrativa de lo fantástico e ilusorio por la negación de pretender abjurarla con amuletos o escapularios. El golpe global del virus ya deja huellas profundas en las finanzas y la débil economía del país cuando aún no se ha declarado ni su gravedad. Sus efectos son también emocionales por noticias desconcertantes en el manejo de la situación y el extravío del liderazgo político para conducir y coordinar esta crisis que, en definitiva, abarca a todos.

En días, la dimensión del problema crece sin explicaciones comprensibles y coherentes de la estrategia del gobierno y de la narrativa del Presidente desde que se reconoció la llegada inevitable del virus. Los especialistas y expertos de epidemiología de salud prevén, desde hace semanas, la irrupción del brote los últimos días de marzo, con la entrada de la fase 2 de contagio y la declaración de la emergencia nacional. ¿Qué significa y qué implica esto? En este lapso, el gobierno ha defendido la decisión de no adelantar tiempos, pero nunca comunicado su plan ante la contingencia, las políticas públicas y los mecanismos institucionales para controlar la epidemia ni los recursos que se necesitarán. Los diputados aprobaron un fondo de emergencia para que el Ejecutivo disponga de deuda por 180 mil millones. ¿Eso es lo que se necesita?

La discusión en el futuro no será sólo si perdió tiempo, como muchos critican fuera y dentro, sino incluso si calculó la tasa de contagio adecuadamente para determinar las necesidades y acciones para su manejo ordenado. ¿El gobierno está preparado para la emergencia? La pregunta nos hace vulnerables. Tras dos meses desde el plan técnico de restricciones, eventos de salud, el Presidente apenas esta semana convocó a todo su gabinete para analizar el impacto de la pandemia, y hoy por primera vez se reunirá el Consejo de Salubridad General. El Presidente, según versiones de los asistentes, les pidió formar grupos de trabajo para valorar el efecto económico de la crisis, pero “sin que se haya decidido nada” respecto a la política de aislamiento, sectores afectados por la parálisis económica y los grupos sociales más vulnerables ante la catástrofe, a excepción de adelantar la pensión a adultos mayores. ¡Ni el secretario de Salud estuvo presente!

La instalación del Consejo es un primer paso legal necesario para que la Federación y los estados concurran en la vigilancia, prevención y control de la política sanitaria ante la emergencia bajo un mando único que garantice su coordinación, como mandata la Constitución, lo que evitaría que cada uno tome unilateralmente sus propias acciones o deje a la población sola en la autorregulación, como ya sucede.

El gobierno, en efecto, ha puesto énfasis en reducir el efecto económico de la emergencia, aunque, en el largo plazo, la falta de acciones derivará en mayor coste. Aunque lo más preocupante es la falta de diseño de políticas para proteger a la población, asegurar el cumplimiento de protocolos de seguridad sanitaria y la fortaleza del sistema de salud ante la estimación oficial sobre el contagio del 70% de ella (unos 90 millones de mexicanos), de los cuales cerca de 200 mil necesitarán atención médica, dijo López-Gatell a diputados.

Ante las cifras, López Obrador da muestras de escasa conexión con la gravedad de la situación o incapacidad de liderazgo para ver problemas que escapan a una narrativa monotemática, a pesar de los enormes costos políticos que puede acarrear un mal manejo de la crisis, como ya le sucedió con las protestas feministas. A pesar de su sintonía con las demandas sociales y el conocimiento de la población, su comprensión de la crisis se limita a pensar que quienes más pierden en una recesión económica son los más pobres, pero sin ofrecer respuestas prácticas para el 60% de la población en la informalidad o 15 millones de mujeres que trabajan con hijos que la próxima semana dejarán de ir a la escuela. El gobierno ya no tiene tiempo de tratar la pandemia como un problema menor y rehuir a su responsabilidad frente a una crisis mundial sin precedentes para la que no valen ni los escapularios.