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Si en alguna ocasión en la historia la oposición ha tenido en sus manos la responsabilidad de sustentar la viabilidad del país es precisamente en estos momentos. El gran problema que enfrentamos es que no pudimos haber tenido peor oposición que la que actualmente tenemos.

Por el otro lado, en la historia ha habido pocos gobiernos tan malos como el que actualmente tenemos, un gobierno que depende de un solo hombre, que se empeña en destruir todo lo que no se origina en él, en el que sus componentes no se encuentran debidamente estructurados, en donde subyacen grandes conflictos internos, en donde no se define una clara línea ideológica ni proyecto definido, ya que el gran proyecto de nuestro presidente resultó en la práctica en un gran fiasco, que se dirige a un fenomental encuentro de trenes rumbo a la sucesión presidencial.

Por lo anterior, el ambiente político en que vivimos en México tiene la volatilidad de un recinto lleno de gases de gasolina, en donde un pequeño cerillo puede incendiar todo el espacio.

En los partidos de oposición se visualiza un acomodamiento a este régimen inestable, en donde las fuerzas antagónicas del mismo bien se pueden aprovechar, en un sentido o en otro, a “llevar agua a su molino”, según convenga a sus circunstancias.

Es por ello, que debe la sociedad civil estructurarse inteligentemente para incidir en las personas que conforman tanto a los partidos de oposición, como en las que se encuentran dentro de Morena, para empezar a ejercer presión, en darle fuerza a los liderazgos auténticos que se encuentran insertos en los partidos, pero que son cooptados por sus dirigencias, o se encuentran fuera de los partidos y están prestos a participar en política pero no encuentran camino a seguir.

Una de las pocas cosas claras que hay que hacer, es el de darle “marcaje personal”, a los actores políticos que se encuentran en el Congreso de la Unión y en las legislaturas locales, para detener la conformación de las políticas públicas que el presidente impulsa que destruyen la economía, para impulsar el fortalecimiento del Estado de Derecho que cada vez decae más, y, principalmente, para darle fuerza al ciudadano para incidir directamente en la postulación de las candidaturas a los puestos de elección popular en los partidos políticos.

Ese es el principal reto que tiene la oposición, que es el consolidar la transición democrática que fue truncada por los partidos políticos al cerrarse a la ciudadanía, al darle la espalda al interés nacional para dirigir sus esfuerzos en atender los intereses particulares de sus grupos dirigentes (para referirse a ellos con un cierto grado de decencia que no merecen), olvidándose del interés superior de la Nación.

Para ello, es necesario que los ciudadanos, con un verdadero deseo de servir, tengan la oportunidad de trabajar políticamente para ser postulados a los innumerables puestos de elección popular y así lograr lo que todos queremos, que no fue otra cosa que lo que ofreció nuestro presidente, pero que nos falló con sus desvíos, tanto ideológicos como programáticos, habiendo caído, como cayeron Nerón y Calígula, en locuras y ocurrencias tiránicas.

Por eso los ciudadanos que tienen deseo liderazgo, la fuerza, determinación, sabiduría y fortaleza, deben de enfocar sus baterías, para que a partir de ellos, dentro y fuera de los partidos políticos, se realicen acciones estratégicamente dirigidas a obtener ese poder ciudadano que todos anhelamos, basado en la fuerza del voto, dentro de un entorno democrático, en donde se respete el Estado de Derecho y las instituciones, para generar políticas públicas que nos lleven hacia el bien común.

Para ello, se debe crear una agenda ciudadana con miras a ese objetivo, en donde se vaya construyendo poco a poco el andamiaje necesario para levantar ese edificio institucional, en donde los políticos trabajen para los ciudadanos y nos rindan cotidianamente cuentas de su actuar.