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Número cero/ Excelsior

Las elecciones 2018 serán entre tres y no sólo dos polos de fuerza, en una contienda inédita, como ya ocurre en otras partes de un mundo en profundo cambio. El registro como coalición electoral del ahora llamado Por México al Frente rompe la perspectiva de una campaña polarizada entre el PRI y Morena, con una mayor dispersión del voto y, en consecuencia, mayor incertidumbre del resultado. La extraña alianza salió contra pronósticos que la dieron por muerta, sin el pasajero “ciudadano” que nunca viajó realmente en esta apuesta por el poder como ofrecía su membrete, pero que tiene una oportunidad en el desgaste de las otras dos opciones.

El Frente arranca en segundo lugar de las encuestas, por arriba del tercer sitio del PRI y debajo de Morena. Por lo pronto, su presencia reduce la posibilidad de plebiscitar los comicios en torno a López Obrador, que acusa desgaste para alcanzar nuevos votantes y superar su voto leal, aunque insuficiente para garantizar el triunfo. Igual pérdida de fuerza le sucede al PRI por la profunda erosión del gobierno de Peña Nieto. ¿A quién perjudica más electoralmente?

La razón de mayor peso que los mantuvo juntos es que romper con el camino ya andado habría sido más costoso para todos, sobre todo, menores las expectativas de ganar en caso de ir solos. El olor de la derrota o los cantos de sirena de triunfo —como leen en las encuestas— es el mejor material para cimentar una alianza de partidos que poco tienen en común, salvo querer ganar el gobierno. Pero el pragmatismo puede tener consecuencias útiles como sumar un nuevo actor y ampliar la geometría política entre el voto de la continuidad del PRI o del cambio de Morena. El surgimiento del Frente es un revulsivo a la polarización que perfilaba el duelo entre Meade y López Obrador, sin cubrir suficientemente las expectativas del voto antiPRI y el sufragio antisistema.

La destreza para evitar el despeñadero en las negociaciones por el reparto de candidaturas es una muestra de capacidad política, pero insuficiente para construir una oferta diferenciada del Frente, más allá de frases ambiguas y gastadas como presentarse como opción de “cambio de régimen”. Si la ciudadanía quedó como pretensión en el rótulo, ahora podría dejar atrás demagogias para conectar con causas de la sociedad y necesidades reales en el debate que se abre sobre seguridad y violencia, el eventual fin del TLCAN, la necesidad de una reforma fiscal ante la de EU y muchos otros temas que casi nadie pone en la agenda de debate.

El exlíder del PAN, Ricardo Anaya, se perfila a encabezar la coalición bajo las reglas de su partido para la elección de la candidatura, como parte central del pacto con el PRD y MC, y la declinación de Mancera a sus aspiraciones presidenciales. Es el producto de haber podido construir una alianza para lograr la candidatura, como desde un principio le reclamó Margarita Zavala, sus adversarios rebeldes en el Senado y desde el gobierno con una fuerte campaña en su contra. Pero es más que eso, porque el Frente ofrece un ejercicio inédito de coalición por la Presidencia y de gobierno compartido entre tres fuerzas políticas disímbolas, casi como “agua y aceite”, en caso de ganar. Es la expresión del agotamiento de viejas formas anquilosas del sistema político y el reto de poder gobernar con poco respaldo, hasta menos de 30% de los votos. Son la manifestación de la fragmentación política y pérdida de confianza en los partidos políticos, pero que difícilmente podrán capitalizar si recaen en viejas fórmulas o en la simulación, como en la que incurrieron con la ciudadanización.

Finalmente, otra utilidad de mayores jugadores en la contienda sería que se multiplique la vigilancia del manejo de los recursos en la campaña, tanto los de procedencia ilícita como la desviación de programas públicos con fines clientelares. No es una ventaja menor, si se considera que ésta pueda resultar una de las competencias más sucias y con mayor cantidad de recursos ilegales.