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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

En el PAN, el fin de la campaña se traslapa con el inicio de la lucha interna por el partido y la noche de “cuchillos largos” que espera a Anaya si es derrotado en los comicios.

La elección ha evidenciado el debilitamiento del sistema de partidos y el agotamiento del arreglo del reparto del poder entre tres fuerzas mayoritarias que han dominado el mundo de la política desde el 2000. La falta de renovación de la élite política es uno de los mayores factores de incertidumbre después del 1 de julio cuando tendrá que iniciarse el traspaso del gobierno sin canales de comunicación abiertos y en medio de la fragmentación al interior de las fuerzas políticas. Cual sea el resultado, al día siguiente habrá nuevos balances de poder sin verse espacios de interlocución y liderazgos para articular la transición y recomponer el diálogo político.

Así, la incertidumbre normal en toda elección no concluirá con las urnas y amenaza con prolongarse durante el largo periodo al menos hasta la entrada del nuevo gobierno el 1 de diciembre. Uno de los saldos de la confrontación en la campaña es que terminó por desdibujar los referentes partidistas, desunir piezas y dividir grupos que estructuraban al PAN, PRI y PRD. ¿Quiénes serán los interlocutores del nuevo gobierno? ¿Qué esperar de la llegada de un partido distinto a los que se ha repartido el poder si gana AMLO?

El desgaste y las rupturas explican en buena medida el ascenso electoral de un movimiento con escasa estructura partidista como Morena, aunque sus liderazgos se originan en el desplazamiento por la tecnocracia en el poder hace tres décadas y el hartazgo con la “partidocracia”. Las cada vez más crudas acusaciones por corrupción y amenazas de cárcel entre el gobierno de EPN, el PRI y la cúpula panista dinamitaron canales de diálogo entre la élite y cancelaron cualquier estrategia común para enfrentar a Morena. Pero, sobre todo los colocan ante un futuro incierto y profunda reestructuración. Al PAN se le avecina la mayor crisis de su historia y el PRI enfrentará los saldos del gobierno de EPN como una prueba de mayor dificultad que cuando perdió la Presidencia en el 2000.

En el PAN, el fin de la campaña se traslapa con el inicio de la lucha interna por el partido y la noche de “cuchillos largos” que espera a Anaya si es derrotado en las urnas. En uno de sus cierres en Guanajuato, el próximo 25 de junio, planea reunirse con el grupo de 33 “vacas sagradas” y siete exgobernadores que firmaron una carta en su apoyo y de la democratización del partido para definir su futuro. La dirigencia tendrá que convocar elecciones tras los comicios y la disputa incluye a notables panistas de viejo cuño, al exgobernador poblano Rafael Moreno Valle y los llamados rebeldes del PAN ligados a Calderón, quienes incluso han demandado penalmente a Anaya, como el senador Cordero. Si Anaya se atrincherara a través del control del CEN, la oposición democrática más vieja del país podría sufrir un desgajamiento y éxodo de militantes. Además, como reconstruirá la interlocución con EPN y el PRI en el último tramo de la administración con la desconfianza de quienes le reclaman no cumplir acuerdos y su amenaza de meterlos en la cárcel.

Los riesgos para el PRI no son menores. En las urnas se juega no sólo un cambio de gobierno, sino el dominio de tres décadas de la tecnocracia y de la que Meade es uno de sus mayores ejemplos. La recomposición de PRI, también, es mucho más complicada que en 2000 por la reducción de su peso territorial en cerca de la mitad de las gubernaturas, la falta de liderazgos y el transfuguismo de militantes hacia Morena.

La incertidumbre, también proviene de un posible triunfo de Morena, por los distintos discursos de AMLO y una ambigua propuesta de cambio de régimen. Así, las urnas abrirán una recomposición como la que ocurre con el fin de una época, en este caso la era del “tripartidismo” de la alternancia. Aunque, ahora, la mayor preocupación es la falta de cuadros de reemplazo y la duda sobre la capacidad de los viejos partidos de renovarse y abrir canales de diálogo para construir una nueva gobernabilidad con contrapesos que impidan el resurgimiento, otra vez, de una sola fuerza con el control de los poderes.