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“Yo soy tu sangre, mi viejo
Soy tu silencio y tu tiempo…” Piero

Mi mamá se fue temprano y la vida le cambió a mi padre.

Él no me enseñó el abecé para crecer; me dejó en la obligada libertad porque él todos los días salía temprano a partirse el alma, había bocas infantiles que alimentar y, lo entiendo, carecía del dulce tiempo para arrumacos.

Usted habrá de disculpar, ando cursi, lleno de nostalgia que suele asaltarme en días como el de ayer domingo y decidí rendir homenaje a mis colegas, reporteros, periodistas que son padres o pretenden serlo, incluso a los que dejaron pasar el tren y hoy buscan el abrigo ajeno. Pero qué le vamos a hacer.

¿Quién los felicita y festeja? Bueno, los suyos, sus hijas, sus hijos, nietas o nietos y la esposa o, como ocurre en estos tiempos de libre albedrío, la pareja que prefiere llevarlo a comer comida corrida o al comedero de postín, para no enfrentar la tarea que implica esa parafernalia de preparar un molito, mínimo.

Rindo homenaje a mis colegas que son padres o abuelos, simple y llanamente.

–Papá, ¿por qué te cásate con mi mamá– pregunta cándidamente el niño a la hora de la comida, en el restaurante donde ameniza el convivio, la celebración, un mariachi.

El padre, periodista, se atraganta y voltea en busca de la mirada cómplice de su joven esposa, que se ruboriza y abre los ojos pidiéndole cautela.

–Me casé con tu mamá porque estaba y estoy enamorado de ella– responde él y evita decir al niño “por tu culpa”. Pero, dígame, qué diablos va a saber la criatura de estos deslices a los que lleva el enamoramiento en exceso.

Es un chistorete que a muchos les queda como ni mandado a hacer. Pero…

Pulsé lo cotidiano del ejercicio político que ya no sorprende porque estos personajes de la cuatroté y su segundo piso son predecibles, peores que los de antes y endenantes. Ellos y ellas, nuevos dueños del poder y concluí: son tema de pasado mañana.

Hoy, lo importante es eso que llaman Día del Padre, sí, chingao, con mayúsculas.

En este espacio caben quienes, amigos, compadres, cuates, conocidos, cómplices, mis hermanos, Anselmo, File y César, excompañeros universitarios y aquellos egresados de la escuela de la vida, todos dueños de la experiencia que pocos logran porque se abstienen del trato cotidiano con los pares que implica el intercambio de lo aprendido.

Mire usted, lo reitero porque es lección que todo el mundo debe entender: el destino es cabrón y nadie puede torcerle el brazo porque es mañoso y lo que hará mañana o pasado no se puede evitar por más que se le haga; bien o mal, rico, pobre, triunfador, fracasado, alegre, feliz o infeliz, en un segundo la vida le puede variar.

¡Sopas!

Ando inspirado. ¿Será que traigo dolido el corazón porque la fecha me cayó de golpe?

Y es que mi amiga Irma, desde el meritito Jalisco me movió los recuerdos y me escribió: ”Estoy segura que desde el cielo te mandan muchos besos y abrazos”. Y ahí tiene usted que recordé esos días en que Moy y Yaz me festejaban igual que hoy lo hacen Astrid, Daniel, Brenda y Carlitos.

¡Ah!, me zumbé un pozole que me pichó Astrid Daniela, mi hija diseñadora gráfica. Pero, pero…

¡Caray!, recuerdo entonces aquellas pláticas enriquecedoras con el papá de mi compadre Abelardo Martín, en un restaurante de la colonia Roma; Abelardo es padre y abuelo, sibarita amante de la música clásica. Chingón para el baile y la cantada.

También traigo presente cuando conocí al padre de mi hoy recordado compadre Alfredo Camacho Lara, por aquellos rumbos de Metepec. Y ni que decir de Don Lino, el padre de mi amigo Luis Carlos Rodríguez, o Don Celso, padre de mi recién fallecido compadre Enrique Sánchez Márquez y sus hermanos Fernando y Óscar.

¡Ajajá!, pero qué le digo de padres ya abuelos que crecieron con el México de la transición e irrumpieron jóvenes en la época de ritmos como el jerck y el go-go, el rock and roll de verdad, mi amigo Roberto Vizcaíno a quien festejó uno de sus hijos que vive en la Ciudad de México, o Evaristo Corona, Eduardo Arvizu Marín, Miguel Ángel Sánchez de Armas y su tocayo Miguel Ángel Rocha Valencia que, sin duda, la pasó chévere como el tamaulipeco Abraham Mohamed Zamilpa, ambos egresados del cotidiano Ovaciones.

Y Luciano Franco, Rafael Flores, Armando Gama, Rodolfo Mondragón, Octavio Campos. Javier López, Marco Antonio Reyes, Fernando Damián, José Sánchez López, Víctor Sánchez Baños y mi compadre Memo Pimentel Balderas…

¡Ah!, ese grupo variopinto en el que me distinguen con su amistad Héctor Guerrero, Javier Divany, Roberto Meléndez Salas, Urbano Barrera y Roberto Cienfuegos, Ricardo Contreras Reyes, Gerardo Flores Ledesma, José Manuel Llarena, Pepe Romero, Juan Ayala Mendoza, Ángel Álvarez, Carlos Olmos, Armando Alcántara, Jacob Nava García, Manuel Aparicio, Miguel Nila, por supuesto, Alex Lelo de Larrea, José Negrete, Héctor Lie, Manuel Gómez y su hermano el también cadete Juan Gómez, Antonio Agustín Luna Campos y…

Hurgo en mi memoria, atacada de pronto por el alemán Alzheimer, encuentro a otros colegas que son padres como Adolfo Sánchez Venegas, Víctor Gamboa Arzola y mi hermano César, reportero gráfico, Luis Repper, Eduardo Meraz y José García Segura, Luis Ramírez Baqueiro y Adán Juárez.

Sí, mis colegas de esos días de viajes, enviados especiales para realizar reportajes o cubrir elecciones y desgracias, giras por el interior del país o en el extranjero. ¡Ay!, aquellas giras memorables con Don Pepe López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, porque luego todo cambió con Fox y Calderón, hasta medio retomarse con Peña Nieto para luego perderle el respeto a los periodistas y acosarlos salvajemente con el culto historiador transa Andrés Manuel López Obrador y la experta de la hermosa sonrisa Claudia Sheinbaum.

Sí, convivíamos y en esas cenas escanciadas con vinos poco nobles, platicábamos de los hijos, los pequeños que hoy son adultos y compiten el ciclo de paternidad con los jóvenes de la nueva ola de periodistas y reporteros que ven pasar el tiempo encaramados en los lomos del ejercicio profesional que lejos de ser reconocido transita golpeado, perseguido y estigmatizado.

¡Caray!, los observo y escucho y me identifico con ellos, como lo hacen, sin duda, mis colegas contemporáneos: ahí mi compadre Efraín Salazar Girón, que transitamos de la máquina Olivetti de tracción animal, usted sabe, el télex, el fax, a la computadora, la lap top, la Tablet, el teléfono celular. Es el destino.

¡Viva el Día del Padre! ¡Cómo chingaos no!

Fui crítico de mi padre y simpaticé con su sui generis forma de educarme cuando me dijeron ruco, entendí esa diferencia con la chaviza que, en aquellos días, se identificaba con la greña larga y los pantalones de campana y la obligada lectura de El Capital o de Rayuela y El Viento Distante sin omitir a La Princesa del Palacio de Hierro y Hasta no verte Jesús Mío.

Mis compañeros del Colegio de Ciencias y Humanidades, plantel Naucalpan, que son padres y respetables abuelitos. Paco Canalizo, Jorge Cázares, Jorge Toño Tamayo, Alfredo Pantoja, Alejandro Silva, Víctor Delgado, Juan Manuel Bastida, Germán Barrón Sámano y los siempre recordados David Tarango, Joaquín Ulloa y Daniel Benítez Gordillo. Pero…

Ayer, ayer no estuvieron conmigo Yaz y Moy, los extrañé más que en los meses y años que han pasado desde que se ausentaron de esta vida, la de altibajos que solemos tener los periodistas ayunos del festejo nacional subrayado en una fecha específica.

Usted y usted y usted, tú, mi amigo, mi colega, lo saben: es una experiencia irrepetible con cada hijo, cada hija. Y se aprende de ellos, de ellas, maestros, maestras que en cada paso nos recuerdan que fuimos hijos.

Vaya mi homenaje y reconocimiento a quienes se adelantaron acordes con el destino. Y ofrezco disculpas a quienes no cité, pero, así es esto del abarrote. ¡Qué padre ser padre! ¿A poco no, Drakko? Digo.

sancheszlimon@gmail.com @sanchezlimon1