COMPARTIR

 226 total views,  2 views today

Con profundo pesar, leí la nota del periódico “El Universal”, que consignó hace pocas horas, la muerte de mi gran amigo y brillante colega Arturo Arredondo, escritor y periodista chiapaneco, quien falleció el pasado sábado, 16 de abril, a los 83 años.

“La noticia de su muerte fue confirmada por Celeste Sáenz de Miera, presidenta del Club de Periodistas de México, en cuya posada vivió él sus últimos años”, consignó el diario. Se explicó que “ya estaba muy delicado, pero murió sin sufrimiento. Se le había diagnosticado hidrocefalia y estaba bajo tratamiento. Fue cremado según fue su voluntad”, informó la presidenta del Club, que tiene esta posada como un espacio en el que se brinda atención y apoyo a periodistas de la tercera edad”.

Arredondo nació en Tapachula, Chiapas, el 26 de agosto de 1938. Narrador y poeta. Estudió comunicación en la UNAM, con especialización en cine. Fue crítico de cine; coordinador de talleres de creación literaria de la UAM, y de cursos-taller de cine y literatura, en el INBA. Asimismo, fue fundador y director honorario de la revista literaria “Voces de la Primera Imprenta”. Gerente de la estación de radio XETEC, de Tecpatán, Chiapas. Becario del programa “Arte por todas partes” 2003, que le otorgó la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.

Arturo Arredondo fue ganador del Premio Joaquín Mortiz en 1991 por su libro de cuentos “Gozoología mayor” y a lo largo de su existencia impartió múltiples talleres de creación literaria. Fue autor de “Primeras armas” (1999) y “El camino a Bagdad está lleno de tentaciones” (2007). Arredondo decía que la enseñanza para la creación literaria “es maravillosa, puesto que las inquietudes y propuestas de los talleristas me dan algunas respuestas de lo que yo andaba buscando”.

La obra de Arturo Arredondo abarcó diversos géneros –desde novela, “El hechicero” (1994), hasta poesía, “Infecciones divinas” (1989), pasando por sus libros de cuento, “Gozoología mayor” (1991), “Baldíos” (1993) y “Primeras armas”.

La voz delgada y el cabello largo de Arredondo mostraban al joven que vivió a todo ritmo la década de los 60 y que al paso del tiempo se consolidó como uno de los críticos de cine más relevantes del país. Su larga carrera como periodista lo llevó a colaborar entre otros, en “El Día”, “El Sol de México”, “La Jornada,” “Novedades”, “La revista de México/Gentesur”, “Otro Cine”, “Ovaciones”, “Pantalla”, “Punto”, y la revista mensual de la Cineteca”.

En una entrevista publicada en “La Revista de México/Gentesur”, el autor de “Primeras Armas” –que fue editado en 2001 por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas–, aseguraba respecto de su libro: “Me gusta el encanto que tiene y su diversidad”.

¿Cómo se inició la historia de Arturo Arredondo en la escritura y el periodismo?

Yo nací en Tapachula, Chiapas, en 1938 y estudié Ciencias de la Comunicación en la UNAM. Llegué a la ciudad de México a los 17 años, ya con el firme propósito de convertirme en escritor y periodista, en ese orden. Apenas llegaba, cuando me integré al taller literario que dirigiera Andrés González Pagés, y ahí conocí a muchos de los escritores que conforman mi generación, entre otros, Guillermo Samperio, Raúl Rodríguez Cetina, Humberto Guzmán, Arturo Córdoba Jus, Manuel Rodríguez y Ángel Álvarez y fue ahí donde descubrí mi vocación de crítico de cine.

¿Qué más puede decir un autor de su obra, que no haya quedado escrito?

En principio te puedo decir que son cuentos escritos con entusiasmo y reescritos con precisión.

¿Qué te motivó a escribir un libro como “Primeras armas”?

Yo quería a través de esos textos rescatar algunos aspectos de mi pueblo y de mi familia que guardan un lugar especial para mí, y paradójicamente resultaron personajes mágicos y misteriosos. Es decir, utilicé vivencias como recursos narrativos para darle solidez a mis personajes. En ese sentido, Primeras armas es un ajuste de cuentas con mi infancia y mi adolescencia. Porque ahí está reflejada esa pequeña ciudad donde crecí, y están también mis primeros temores, mis dudas y sobre todo mis ansias por escribir.

¿De dónde viene el nombre, qué significado tiene “Primeras armas” para ti?

“Primeras armas” se llama así porque es precisamente el primer libro de cuentos que escribí en mi vida. Ahí se nota el mundo interior del autor e incluso el crecimiento de las técnicas. Los primeros textos que aparecen son muy sencillos, pero conforme va avanzando la lectura, el libro va creciendo a medida que voy adquiriendo más experiencia y voy descubriendo mi propia veta. Porque todo escritor siempre anda buscando una veta para enriquecerse, y esa veta, ese camino o senda, es ignorada por él mismo hasta que un día la encuentra sin proponérselo. Ese día es cuando se adquiere un estilo.

¿Cuál es la utilidad personal que encuentra un escritor al hacer un libro?

«En “Primeras armas” traté de hacer evidente mi proceso de aprendizaje. Por ejemplo, ahí hay un cuento donde se nota claramente mi influencia de Julio Cortázar o en los que se perciben mis lecturas de Borges o de Carpentier.

Los textos tratan de mostrar esa asimilación y de pronto, conforme la lectura avanza, comienzan a surgir cuentos donde la voz se hace cada vez más personal, hasta que concluyo precisamente con una novela breve donde ya no es posible advertir influencia alguna, dado que todo ya ha sido procesado. O sea, me pareció importante mostrar lo que es ese laboratorio literario, ese espacio donde se comprueba que un escritor no se construye sólo encerrado en su cuarto, sino que se construye leyendo a diferentes autores y que incluso esos escritores en un principio se notan, realmente están presentes en la escritura. Porque cuando finalmente el autor construye su propio oficio, cuando ha digerido las influencias y las ha hecho parte de su sangre, es entonces que ya no se nota ningún influjo. Además de esto, los cuentos llenan la intención de rescatar un poco mis orígenes, el pueblo donde nací, los usos y costumbres, las mujeres ofertadas en una compra venta, etcétera. Yo quería recuperar todo eso.

El cine ha sido una de tus pasiones ¿En qué medida la cinematografía ha marcado tu ejercicio literario?

Creo que, la precisión, el manejo del lenguaje que trato de incorporar en mis textos, vienen precisamente del cine y de todo el trabajo de crítica cinematográfica que he realizado; Porque como crítico, debo desarrollar una capacidad de síntesis y análisis muy dinámica y ese aprendizaje del lenguaje expedito me ha ayudado a escribir de manera muy ágil y directa las tramas de mis cuentos. Entonces, el lenguaje cinematográfico lo fui aplicando a mi literatura, a veces sin percatarme de ello.

¿Te diste cuenta al momento de escribirlo o resultó ser algo inconsciente, que se presentó de manera natural?

Vine a constatarlo cuando algunos críticos señalaban que en los cuentos habían descubierto ediciones en la historia, saltos en el tiempo o elipsis donde los personajes regresan al mismo hecho, pero ya modificado. Y todo eso, sin duda, el cine me lo ha dado, me he apropiado de algunas de sus técnicas. Cuando el cine nace se apodera de los recursos de la literatura y actualmente la literatura está regresando por sus fueros.

EL RECUENTO DE LA PRESENTACIÓN EN BELLAS ARTES, DE SU ANTOLOGÍA “FLAMA TOTAL”

Arturo Arredondo planeó publicar un poemario en una caja de fósforos. Dijo que escribiría con letras pequeñas en el empaque. Al darse cuenta de que la idea ya había sido utilizada antes, decidió poner “la caja en las letras”, y de esto surgió “Flama total”, obra que presentó el miércoles 28 de enero de 2015 en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes.

“Flama total” era un mapa que conllevaba al universo de imágenes, sueños y pasiones del también narrador y crítico de cine que fue Arredondo, quien con lenguaje poético reunió sus memorias de vida en las siete secciones que contiene el volumen.

“Es antológico; tiene integrada mi obra poética desde 1963 hasta 2008. Son siete poemarios que he escrito durante mi vida. Lo armé de tal manera que los versos más recientes están al principio, y al final los que escribí en 1963”, explicó el autor durante una entrevista.

Arturo Arredondo comenzó a hacer poesía tras una decepción amorosa, a los 23 años: “Estaba muy enamorado, pero me dijeron que no, y eso fue maravilloso porque escribí poemas desgarradores, de amor desgraciado. Si me hubieran dicho que sí, no lo hubiera hecho”, recordó risueño.

La antología inició con versos dedicados a los cuatro elementos: aire, fuego, agua y tierra. La segunda parte del libro se tituló “De flama a llama, quemadura”, y en ella pervivía la calidez del fuego con textos que hablan sobre el amor y sus ecos, que van del enamoramiento, el placer y el regocijo, al dolor, el vacío y el olvido, explicó el escritor.

Arredondo se concebía –por su edad–, en un invierno luminoso y alegre. De ahí surgió el tercer apartado: “Odas de un invierno luminoso”, que incluyó versos sobre la pimienta, el dolor, las papas fritas, el gato o la infancia. “El poema La infancia feroz está dedicado a mi madre, porque una vez que me visitó desde Chiapas me hizo recordar que cuando era niño me gustaba recolectar insectos”, compartió.

El escritor chiapaneco dedicó “Flama total” a los autores que tuvieron influencia sobre él. Aseveró que Manuel Gutiérrez Nájera, Pablo Neruda y Konstantinos Kavafis le enseñaron a escribir. “Soy capaz de recitar poemas de Gutiérrez Nájera desde que los leí de adolescente”, aseguró.

El autor de los libros de cuentos “Gozoología mayor” (1991), “Primeras armas” (1999) y “El camino a Bagdad está lleno de tentaciones” (2007) presentó “Flama total” en compañía de Carlos Santibáñez, Arturo Córdova Just, Yoloxóchitl Casas Chousal y Enrique Escalona del Moral, como moderador.

Descanse en paz el gran Arturo Arredondo. El viejo edificio de la calle de Cuba en el Centro Histórico de la Ciudad de México donde vivió gran parte de su existencia y las paredes y escaleras del Club de Periodistas, donde residió los últimos años de su vida, recordarán sus pasos.

Foto 1. Arturo Arredondo, Premio Premio Joaquín Mortiz 1991 /Foto Alberto Carbot

Foto 2.- Yoloxóchilt Casas y Arturo Arredondo / Foto Alberto Carbot