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elcristalazo.com

Nunca antes como ahora el periodismo había dado lugar a tantos cuestionamientos e interés extra informativo y al mismo tiempo campo de batalla en muy diversos frentes.

Jamás se habían creado espacios institucionales para defender al gobierno de lo publicado en los periódicos (es una sinécdoque, conste) ni se había intentado gobernar con el fragoroso conflicto del triángulo nota-escándalo-desmentido y a veces arrepentido como herramienta imprescindible.

No había antes tribunas (y tribunales) de medición de veracidad y exactitud, tampoco se tenían escaparates para exhibir falsedades y mentiras, jefaturas de información desde la jefatura del Estado y el gobierno, así sea mediante otras mentiras y otras falsedades; mendacidad sesgada y protegida por la propia administración desde la mañanera o el programa de la tarde en manos de la consejería jurídica y su discutble estilo de aguda conversación; sínodo de comportamiento editorial formados por legiones de murmuradores a través de las redes sociales o los medios estatales devenidos en casa de abogacía para el régimen, y todo un conjunto de estrategias para desvirtuar toda publicación y todo comentario adverso, así se trate de un ex director de Pemex y su “punching bag” conyugal, retirado de su nuevo cargo antes de tomarlo, dicen, a pesar de los boletines oficiales de cuando asumió el cargo en el Instituto Nacional de Electricidad y Energías Limpias a principios de este mes. Ya se le forma cuadro en el Salón de la Tesorería

Pero si eso no fuera suficiente, la persistencia en construir una imagen de perversidad en los medios, camina –quizá sin advertirlo–, en la ruta paralela de la violencia y el crimen contra comunicadores.

El caso más reciente –y vendrán más, con toda seguridad– ha sido el secuestro videograbado y el asesinato de Roxana Guzmán, en Veracruz; horror ante el cual de seguro la autoridad estatal podrá disfrazar el crimen con un patatús, como sucedió cuando Irma Hernández arrodillada suplicaba por su vida rodeada de matones armados y la humanista gobernadora Rocío Nahle, diagnósticó un infarto como causa del deceso, “les guste o no les guste”. Como la gastritis de Ernestina.

Pero si algo le faltara a este cóctel para agravarse, desde dentro de un periódico tradicional, aparecen los refritos de una vieja entrevista al sacerdote de la izquierda quien –en un texto añadido a lo ya publicado y en su tiempo censurado– osa mal hablar del Papa Andrés I de quien sugiere delirios neronianos, insaciable ambición crematística (como las maletas de billetes denunciadas por Carlos Navarrete), y devaneos parecidos a los de Oscar Wilde, sin haber escrito ninguno de los dos la Balada de la cárcel de Reading.

Falta de rigor profesional, exhumación de palabras sin sustento, combustible para la hoguera contra los medios en general por causa de la “volada” ajena. Como diría el otro, pero qué necesidad.