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Número Cero/ Excelsior
Y a han comenzado a llamarlo el Frente Ciudadano “Nini”, como etiqueta de sus contradicciones, mientras baja en las encuestas. Ni Frente, porque de coalición de partidos apenas tiene la fachada; ni ciudadano, dado que están ausentes de las decisiones. Pero su mayor riesgo no es sólo el método para elegir candidatos, sino carecer de liderazgos claros y el desgaste de sus cartas más competitivas. Al Frente se le agota el tiempo y el peor camino es el encierro de sus cúpulas ante el debilitamiento de la tercera opción para 2018.
Las dirigencias del PAN, PRD y MC presentaron hace unos días en el INE una plataforma electoral que ofrece trascender diferencias ideológicas de izquierda y derecha, con el referente de la concertación chilena o de la coalición de la alemana Merkel, ante la fragmentación del electorado, pero su reto sigue siendo mayúsculo. La coalición es imprescindible para sus aspiraciones de ganar en 2018, que cada uno no podría alcanzar solo. ¿Sus líderes aún pueden estar a la altura del reto?
Las apuestas han jugado contra las posibilidades de unir grupos divergentes que entre el electorado se ven como “agua y aceite”, pero condición para evitar que la elección se polarice entre la revalidación del poder del statu quo del PRI y el voto antisistema de Morena; además de los esfuerzos de sus dos contrincantes por descarrilarlo. Pero su mayor escollo —como se ve— no es ideológico, sino articularse con la lógica del reparto de cuotas que aportó el PRD al sistema de partidos y que reduce la política a lucha entre tribus por espacios de poder, ya no sólo de uno, sino de tres partidos y con opuestos intereses electorales entre grupos locales, estatales y nacionales. Creen erróneamente ponerlo a salvo si se reduce a la Presidencia y abandonan la alianza en los estados, lo que, además, reforzaría la idea de instrumento para la candidatura presidencial del PAN.
Aunque se autonombró una alternativa ciudadana como cartabón de la crítica a las formas cupulares y rentistas de hacer política de los otros partidos, el Frente no avanza por las presiones del reparto, en 2018, de los tres mil 326 cargos en disputa en municipios y estados, incluida la presidencial. La rebatinga los tiene lejos de la discusión pública y también cada vez más alejados de los grupos civiles que se involucraron en el proceso y hasta ofrecieron hacer un método de selección. Sin posicionamientos públicos y desvinculados de las causas de la ciudadanía, las dirigencias de los tres partidos prefieren atrincherarse en la cúpula y acusar una campaña del gobierno por dividirlo, su mismo argumento para justificar la negativa a una elección abierta para las candidaturas. En esa melé, ni posibilidades de que ciudadanos sin partido aceptan ser considerados para una candidatura que revistiera al menos de caras “frescas” su fachada.
El Frente está atorado en sus contradicciones y oposiciones internas, que, incluso, parecieran tener la misión de reventarlo desde dentro como sucedió en el Estado de México en las pasadas elecciones estatales a cargo de las tribus locales del PRD, hoy casi mayoritarias, de ADN. Aunque más dañina es la incomunicación interna que alienta las críticas sobre la designación y el dedazo para el reparto de candidaturas, como han reclamado los aspirantes Miguel Ángel Mancera, Rafael Moreno Valle y Silvano Aureoles. A días de registrar la coalición en el INE y el inicio de las precampañas, el Frente no tiene una mesa abierta de negociación para definir el método, y la incertidumbre erosiona su apoyo en las encuestas y de sus dirigentes/aspirantes como Ricardo Anaya.
Paradójicamente, su mayor aliado para consolidarse es la inercia que ya los mueve y, sobre todo, los costos elevados que tendrían que pagar en el proceso de 2018. La decisión histórica de buscar ir juntos, incluso a costa de desdibujar su identidad, es del tamaño de desfonde que en el divorcio puede experimentar cada uno y sus dirigencias.