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elcristalazo.com
En este momento ya no tiene caso mirar hacia atrás. Pero de todos modos si conviene tener presente para cualquier análisis probatorio de la incapacidad política, la estrategia perdurable del gobierno mexicano en cuanto a la producción y comercialización de combustibles. Ahora y de tiempo atrás.
Pero lo de hoy es acuciante, aunque el ayer sea conveniente recuerdo.
Cuando se habla de esto no es posible hacerlo sin rubor o vergüenza: un país cuyas reservas petroleras no le sirvieron para salvarse de una crónica e insuperable crisis. Su enorme potencial, sus millones y millones de reservas probadas –estábamos cerca del cuarto lugar mundial en exportación–, sólo sirvieron al final (si ya podemos hablar de finales) como botín de unos cuántos (del Tata para acá, incluyendo a los contratistas de la IV-T), y no para el suficiente impulso del país. Es jocoso: un país sin progreso llama progresista a su gobierno.
En pocos años pasamos de la explotación extranjera a la independencia insuficiente. Hoy somos importadores de casi todo; del gas, de las gasolinas y de toda la petroquímica. Es una ruina vergonzosa. Deberíamos patentar la fórmula para operar una empresa petrolera con pérdidas impagables. Única en el mundo capaz de convertir el oro negro en deuda acumulada.
Si incurrimos en la concesión temporal y dividimos nuestra historia reciente a partir del advenimiento luminoso de la Cuarta Transformación, nos debemos referir obligadamente a sus proyectos y hasta sus promesas. Pues unas derivan de las otras.
“…Es tan grave el daño causado al sector energético nacional durante el neoliberalismo, que no solo somos el país petrolero que más gasolinas importa en el mundo, sino que ahora ya estamos comprando petróleo crudo para abastecer a las únicas seis refinerías que apenas sobreviven, téngase en cuenta que precisamente desde hace 40 años no se construye una nueva refinería en el país… Se rehabilitarán, como ya lo expresé, las refinerías existentes y haremos una nueva refinería en Dos Bocas, Paraíso, Tabasco, para dejar de comprar la gasolina en el extranjero…”
Han pasado los años. La refinería prometida hoy es una realidad e independientemente de su altísimo costo de construcción sin rendir cuentas, su deficiente operación y sus frecuentes percances incendiarios, la promesa o se cumplió: seguimos con la importación de gasolina y otros combustibles.
Al comenzar su gobierno la señora presidenta (con A), nos dijo:
“…No aumentaremos el precio de las gasolinas, del diésel, del gas doméstico, ni la electricidad en términos reales…” Pues reales o irreales pero los precios han subido. Y mucho.
Ya de aquella frase de campaña de su antecesor (ni siquiera promesa) para lograr gasolinas de diez pesos el litro, mejor ni hablar. Ni soñar ni recordar.
Actualmente la importación de gasolinas ha disminuido. Es verdad. Bajó ocho por ciento en seis años. Si esto sigue así y el consumo no aumenta, se necesitarían diez sexenios “cuatroteicos” y otras refinerías del Bienestar con muchas bocas más, para lograr el 80 por ciento de disminución. Dice “El economista”:
“…En el sexenio del presidente Andrés Manuel López Obrador, la participación del combustible importado en el consumo nacional se redujo de 72.3% a 60.7%, de acuerdo con cifras de la Secretaría de Energía (Sener) y de Petróleos Mexicanos (Pemex) a agosto pasado.
“Aunque ese porcentaje debería seguir bajando una vez que la refinería Olmeca acelere su producción y cuando se concluyan las modernizaciones de las refinerías de Tula y Salina Cruz el próximo año, la reducción sexenal se quedó corta considerando que la apuesta del gobierno lopezobradorista era que a su término México dejara de importar combustibles”. Pues no. Y dos años después de haberlo visto partir rumbo a su ranchito, tampoco.
El problema no radica sólo en la importación y las circunstancias planetarias, sino en el régimen fiscal de Pemex y sus productos. La anemia se quiere satisfacer con el gravamen. Cuando en México (1968) un litro de gasolina costaba casi un dólar (diez pesos mexicanos), a la tecnocracia financiera se le ocurrió subir los impuestos a automóviles y combustibles con motivo de los inútiles Juegos Olímpicos.
Hoy en México, el costo de la gasolina impacta principalmente por dos gravámenes: el IEPS (Impuesto Especial sobre Producción y Servicios) y el IVA del 16%. Estos impuestos representan entre el 34% y el 40% del precio final por litro, lo que explica por qué el combustible es más caro en comparación con otros países como Estados Unidos, donde el precio promedio ronda los 17.75 pesos por litro, mientras que en México se ubica cerca de los 24 pesos”.
Obviamente todas esas cifras varían. Hacienda otorga subsidios como si jugara al subibaja. Los eleva, los hace descender. No pueden producir, pero pueden gravar y entonces todo se va en imposiciones artificiosas. Impulsar el subsidio, retirarlo; concertar precios con los gasolineros, amenazarlos con el SAT, exhibirlos con lonas infamantes si “se vuelan la barda” (se pasan de rosca los angelitos, decía el sangrón Ricardo Sheffield), encontrar desacuerdos cuando se buscan convenios hasta llegar a “soluciones” parciales y efímeras como la última ocurrencia: reducir comisiones bancarias a las tarjetas usadas para pagar combustibles. Digitalizar el cobro; retirar el efectivo.
Pero el dinero es el dinero y por más que quieran proscribir el efectivo, el peso sigue siendo una moneda de curso legal, aunque pronto será ilegal usarlo. Así ahora le podrán decir a Delta Airlines, algunos de cuyos vuelos se han suspendido a México por la carestía del Gasavión: pues paga con tarjeta, sale más bara,bara…
Ayer, poco antes de la exposición presidencial de la novedosa idea (esplendente hasta deslumbrar) de las comisiones cero por uso de tarjetas de débito o crédito en el pago de la gasolina, un grupo de gasolineros desplegó por escrito en los diarios un manifiesto quejoso en el cual le dicen:
“…Nos dirigimos a usted con respeto, pero con firmeza ante el nivel de presión, hostigamiento e intimidación que el sector está recibiendo por parte de diversas dependencias (¿de quién dependen las dependencias?) particularmente la Procuraduría Federal del Consumidor y la Secretaría de Energía con el propósito de imponer un esquema de control de precios en el Diesel que resulta inviable bajo las condiciones reales de operación del sector en México…
“…De continuar por esta vía el sector será empujado inevitablemente a escenarios de disrupción en el servicio como ha ocurrido en otros sectores productivos ante la imposibilidad de operar con pérdidas… Nadie desea llegar a ese punto, pero tampoco es viable sostener una actividad bajo condiciones impuestas que comprometen su subsistencia…”
Esto es simplemente un amago de paro. No lo van a hacer porque como sucede con los transportistas y otros sectores quejosos, no se atreven a llegar a un punto sin retorno. Quedan bien con. sus agremiados mediante un inocuo desplegado como rueda de hámster: corren y corren sin ir a ninguna parte.
Mientras tanto celebremos el optimismo oficial.
Un acuerdo con banqueros y despachadores cuya habilidosa presentación aparenta una baja de precios cuando en verdad es una indefinible triangulación de servicios. No podemos bajar la gasolina ni podemos eliminar el impuesto, pero sí anular comisiones a vales y tarjetas. ¡Eureka! Diría Arquimedes.
Todo esto demuestra cómo el furor digital no beneficia al consumidor; sino al sistema bancario, a Master Card, Visa o American Express y al negocio de los “valeros”, con o sin comisiones, porque esto es temporal. Puros cuates.
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