México enfrenta a Ecuador, pero el verdadero partido se libra entre la ilusión colectiva y el desencanto de una sociedad que busca en el fútbol la unidad que no encuentra en otros ámbitos
Esta noche México se juega su permanencia en el Mundial, pero también algo menos visible: el estado de ánimo de millones de personas. La psicología social, la sociología y la antropología ayudan a entender por qué un partido puede paralizar un país y por qué conviene distinguir entre la emoción legítima del deporte y la responsabilidad colectiva de construir una nación que no dependa del marcador de un estadio
Hoy, a las siete de la noche, la selección mexicana enfrentará a Ecuador en un partido que definirá su permanencia en la Copa Mundial. Millones de personas seguirán el encuentro desde sus hogares, restaurantes, plazas públicas y centros de trabajo. Durante noventa minutos, buena parte del país compartirá una misma expectativa, un fenómeno que trasciende el deporte y dice mucho sobre el momento que vive México.

El escenario tampoco es indiferente. Aunque durante este Mundial la FIFA decidió rebautizarlo como «Estadio Ciudad de México» para cumplir con sus normas sobre patrocinadores y denominaciones comerciales, para la inmensa mayoría de los mexicanos seguirá siendo el Estadio Azteca. Antes sobrevivió al intento de convertirlo en Estadio Guillermo Cañedo y recientemente al cambio comercial que lo bautizó como Estadio Banorte. Ninguna de esas decisiones logró desplazar un nombre que pertenece más a la memoria colectiva que a los registros oficiales.
Ese fenómeno fue estudiado por el sociólogo francés Maurice Halbwachs, autor de La mémoire collective, obra fundamental para comprender cómo recuerdan las sociedades. Halbwachs sostenía que la memoria no habita únicamente en las personas; necesita lugares, símbolos y rituales capaces de conservarla. El antiguo Estadio Azteca cumple exactamente esa función. Ahí permanecen asociados el Mundial de 1970, la consagración de Pelé, el campeonato de 1986, los dos goles más famosos de Diego Maradona y algunos de los episodios deportivos que marcaron la historia contemporánea de México. El concreto importa menos que los recuerdos depositados sobre él.
Por eso resulta insuficiente interpretar lo que ocurrirá esta noche como un simple espectáculo deportivo. Cuando un país entero modifica sus horarios, interrumpe reuniones, cambia rutinas laborales o llena restaurantes únicamente para seguir un partido de fútbol, lo que está ocurriendo rebasa el entretenimiento. Estamos frente a un fenómeno social que revela necesidades mucho más profundas que las relacionadas con un balón.
Por qué millones creen en la misma camiseta
La pregunta entonces deja de ser por qué el fútbol despierta tanta pasión. Esa respuesta es relativamente sencilla. La cuestión verdaderamente interesante consiste en entender por qué, en determinados momentos históricos, una selección nacional llega a convertirse en depositaria de las esperanzas de millones de personas que jamás conocerán personalmente a quienes saltan al terreno de juego.
Parte de la explicación puede encontrarse en los estudios de la socióloga argentina Marita Carballo, especialista en opinión pública y cultura política en América Latina. Durante décadas ha medido los niveles de confianza institucional de los ciudadanos y sus investigaciones muestran una constante que también aparece en México, como lo es que las personas suelen confiar mucho más en su familia, sus amigos y su comunidad inmediata que en los partidos políticos, los gobiernos, los congresos o los sistemas de justicia. La vida privada conserva credibilidad; la esfera pública la pierde de manera sostenida.
Cuando esa distancia entre ciudadanos e instituciones se prolonga durante años, aparece un fenómeno que los sociólogos denominan “anomia”, término introducido por Émile Durkheim para describir aquellas sociedades donde las normas dejan de ofrecer certidumbre y las personas sienten que el orden colectivo ya no proporciona referencias confiables. No significa ausencia de leyes, sino debilitamiento de la confianza en ellas; es entonces cuando las sociedades buscan otros símbolos capaces de generar cohesión.
En México ese espacio lo ocupa, con una fuerza difícil de igualar, la selección nacional. Durante un partido desaparecen, al menos por un momento, muchas de las divisiones que dominan la conversación pública. El empresario y el obrero, el simpatizante de un partido y su adversario, el habitante del norte y el del sur, el joven y el anciano encuentran un lenguaje común que pocas actividades logran producir con semejante intensidad.
Esa conducta fue explicada por el psicólogo social Henri Tajfel, nacido en Polonia y posteriormente profesor en Gran Bretaña, creador de la Teoría de la Identidad Social. Tajfel demostró que los individuos modifican su percepción cuando sienten que pertenecen a un grupo. La identidad personal cede parcialmente su lugar a la identidad colectiva. Vestirse con la camiseta de la selección, cantar el himno o celebrar un gol no cambia la realidad del país, pero sí modifica, durante unas horas, la manera en que millones de personas se perciben entre sí.
Tampoco desaparecen los desacuerdos políticos, las diferencias económicas ni los problemas cotidianos. Lo que ocurre es algo distinto, ya que quedan suspendidos mientras dura el ritual. Durante noventa minutos, la identidad nacional ocupa el lugar que normalmente disputan las identidades partidistas, ideológicas o regionales. La cohesión existe, pero simplemente tiene fecha y hora de caducidad.
Ese carácter ritual fue observado hace más de un siglo por Émile Durkheim, uno de los fundadores de la sociología moderna. Durkheim utilizó la expresión efervescencia colectiva para describir esos momentos excepcionales en los que una comunidad experimenta una intensa emoción compartida. Originalmente estudió ceremonias religiosas, pero su explicación resulta perfectamente aplicable a un estadio repleto o a millones de personas siguiendo simultáneamente un mismo acontecimiento o cómo rueda un balón pateado entre 22 participantes. Durante esas horas, la emoción individual se multiplica porque cada persona percibe que miles de otras sienten exactamente lo mismo.
Aquella experiencia compartida explica por qué una victoria de la selección produce escenas que difícilmente se observan en otros ámbitos de la vida pública. Desconocidos se abrazan en las calles, los automóviles hacen sonar el claxon sin ponerse de acuerdo y las plazas se llenan espontáneamente. La emoción es auténtica y merece ser vivida. El error consiste en atribuirle un significado que no posee. La unidad que genera el fútbol no resuelve las causas que habitualmente mantienen dividida a una sociedad; simplemente las suspende durante el tiempo que dura el partido.
Cuando termina el partido empieza la realidad
El antropólogo mexicano Roger Bartra, autor de La jaula de la melancolía, ha dedicado buena parte de su obra a estudiar la identidad nacional y los mecanismos simbólicos mediante los cuales las sociedades canalizan sus tensiones. Sus investigaciones muestran que las celebraciones colectivas cumplen una función de desahogo emocional. Permiten liberar frustraciones acumuladas y reconstruir, aunque sea de manera transitoria, un sentimiento de pertenencia. Esa descarga tiene un valor psicológico indudable, pero no modifica por sí misma las condiciones que la hicieron necesaria.
La neurociencia ha llegado a conclusiones semejantes. Durante acontecimientos deportivos de gran intensidad, el cerebro incrementa la liberación de dopamina, neurotransmisor asociado con la recompensa, y de oxitocina, sustancia relacionada con la confianza y el vínculo social. Esa combinación explica por qué un gol puede provocar una sensación de felicidad compartida incluso entre personas que nunca se habían visto. La reacción biológica es completamente real; su duración, en cambio, suele ser muy breve.
Por eso el entusiasmo colectivo que acompaña a una selección victoriosa no debe confundirse con una transformación del país. Cuando el árbitro señala el final del encuentro, el organismo recupera gradualmente su equilibrio químico y la vida cotidiana vuelve a imponerse. Las preocupaciones económicas, la inseguridad, la incertidumbre laboral o las diferencias políticas permanecen exactamente donde estaban antes del silbatazo inicial.
Sin duda la actuación de México en este Mundial ha contribuido a elevar las expectativas. El equipo ha mostrado orden, disciplina y una solidez defensiva poco frecuente en torneos anteriores. Ese rendimiento ha alimentado la esperanza de que esta generación pueda romper viejos límites y devolver a los aficionados una ilusión que durante años parecía haberse debilitado. Cuanto mejor juega una selección, mayor es la carga simbólica que la sociedad deposita sobre ella.
Ahí comienza una presión que rara vez se analiza. Los once futbolistas que esta noche enfrentarán a Ecuador no sólo cargarán con la responsabilidad deportiva de ganar un partido. Sobre sus hombros descansará —al menos en el imaginario colectivo—, una parte del estado de ánimo nacional. Ningún entrenador diseña una estrategia para administrar semejante expectativa y ningún jugador puede controlar el significado que millones de personas atribuyen a cada pase, cada error o cada gol.
Si México consigue avanzar, es probable que durante varios días el ambiente del país cambie perceptiblemente. Las conversaciones girarán alrededor del siguiente rival, los periódicos abrirán con fotografías de la celebración y las redes sociales sustituirán momentáneamente la confrontación política por el entusiasmo deportivo. Ese fenómeno ha sido documentado en distintos países. Han entendido que el éxito de una selección modifica temporalmente la percepción subjetiva de bienestar, aunque no altere los indicadores reales de la economía, la seguridad o la calidad de vida.
La posibilidad contraria merece la misma atención. Una eliminación no provocaría únicamente una decepción deportiva, sino que también rompería una expectativa emocional cuidadosamente construida durante las últimas semanas. En sociedades donde la confianza institucional atraviesa periodos de desgaste, las derrotas simbólicas suelen adquirir dimensiones mayores que las estrictamente competitivas, porque la frustración busca rápidamente un responsable visible.
El pensador francés René Girard, conocido por desarrollar la teoría del chivo expiatorio, explicó que las comunidades sometidas a fuertes tensiones tienden a concentrar sus frustraciones sobre individuos o grupos específicos. El mecanismo aparece con frecuencia en la política, pero también en el deporte. Cuando un resultado no satisface las expectativas, entrenadores, árbitros o futbolistas se convierten en destinatarios de un enojo que, muchas veces, tiene raíces mucho más profundas que un marcador adverso.
También conviene recordar una observación del sociólogo alemán Norbert Elias, autor de El proceso de la civilización. Él sostenía que el deporte moderno permite canalizar la competencia y la agresividad dentro de reglas aceptadas por todos. Precisamente por eso constituye uno de los grandes logros culturales de las sociedades contemporáneas. Y Elias agrega que el problema aparece cuando esa competencia reglamentada comienza a sustituir espacios que deberían pertenecer a la vida cívica y a las instituciones democráticas.
Por esa razón, el partido de esta noche merece disfrutarse con toda la intensidad que despierta un Mundial. México tiene derecho a ilusionarse, a celebrar si obtiene la victoria y a lamentarse si queda eliminado. Lo que no conviene olvidar es la diferencia entre una emoción legítima y una expectativa desproporcionada.
El fútbol puede regalarnos una noche memorable. Lo que nunca podrá hacer es reemplazar el trabajo paciente que exige construir instituciones confiables, reducir la violencia, fortalecer la justicia y recuperar la confianza entre los ciudadanos.
Dentro de unas horas conoceremos el resultado. Si México gana, la alegría recorrerá el país de manera espontánea, pero si pierde, llegará la decepción. Ambas reacciones son naturales.
Sin embargo, lo verdaderamente importante comenzará mañana, cuando independientemente del resultado, las tribunas vuelvan a quedar vacías, las plazas recuperen su rutina y el eco de los cánticos se apague. Entonces volveremos a encontrarnos frente al único desafío que ninguna selección puede resolver, como es el construir un país cuya esperanza no dependa nunca de 90 minutos o del marcador de un estadio.
Fotos: Alberto Carbot
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