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elcristalazo.com

Ni siquiera se trata de nuestra potencia deportiva, ¿verdad?, porque eso de vencer con golpes de fortuna y relativismos de superioridad estadística a equipos de escasa potencia y menor importancia, no debería ser tan suficiente para el arrebato de las campanas al vuelo de nuestra dicha como si la verdadera historia hubiera dado un vuelco y nos hiciera olvidar la verdad, porque en el en el tañido de los bronces puede haber resonancias de triunfo pero también sonidos de funeral, pues las campanas doblan por una cosa o por otra, como dijo John Donne en aquellos versos luego usados para todo: no preguntes por quién doblan las campanas, están sonando por ti, pero ese día aún no ha llegado y mientras tanto usemos y abusemos de nuestra enorme, indiscutible, ingénita, capacidad para el jolgorio aunque las honorables autoridades de la ciudad de los axolotes nos hayan sorrajado al mismo tiempo el trabajo a distancia (la distancia más corta entre el laburo y la Caguama es el “home office”) y la ley seca, seca como si fuera un canal atascado de basura en Xochimilco o una presa o represa en Álvaro Obregón, porque no sirve el gobierno urbano en estos días ( y a veces ni en otros), sino para consentir la molicie, abrazar la celebración, valga o no valga, obtener beneficios de imagen con pantallas de futura rentabilidad electoral, colocadas en torno de la pasión futbolera[RC1] , en vez de solucionar el Metro o el transporte todos los demás días del año, pero por ahora se lucen con el anillo en el dedo, pues para eso sirve el campeonato mundial (pueblo con balón no atiende conspiración), fomentemos la diversión, la capital convertida en ludoteca, en patio de brincos y alaridos; aprovechemos para olvidar y hacer olvidar las ineficiencias crónicas, aunque después venga la queja por el basural olvidado tras las fiestas en el Ángel donde se consagran logros parciales e insuficientes, porque es absolutamente imposible ganar el campeonato pero siempre es dable festejar como si lo hubiéramos obtenido; pero eso ni soñarlo y mejor dejemos las cosas como están y hagamos con el entusiasmo un monumento a la medianía cuya máxima posibilidad nos pondrá entre el décimo y el décimo quinto lugar en el abigarrado escalafón futuro en el mundo del balón donde han participado más de cuarenta equipos de otros tantos países para gloria y fortuna de la Federación Internacional, esa mafia de vendedores de ilusiones esféricas ante cuya potencia se doblan los gobiernos, las sociedades y hasta las iglesias aunque el Vaticano no se haya afiliado (su equipo no tiene estadio ni actividad profesional y lo forman los Guardias Suizos) y las sociedades mercantiles más grandes del planeta, cobijadas bajo la complicidad del patrocinio, forma suave de llamar al fomento consumista cuyas repercusiones hacen girar la esfera planetaria, el gigantesco balón azul flotando en el infinitito, porque hoy eso es el mundo y lo seguirá siendo, pero mejor volvamos a nuestra forzadamente alegre patria cumplidora del rito y embriagada (fuera de los límites de la ley seca), con los vapores del gozo y el triunfante sentimiento sin motivo definitivo, cómo no, si con tan poquita agua nos ahogamos; si de este grano de sal de los primeros partidos contra diversos flanes como peleas preparada del Canelo, hemos hecho una montaña y ya mejor callen los críticos y censores y nos dejen felices con la estadística de los merolicos siempre dispuestos a convertir un episodio reciente en la materia prima de la historia, con H mayúscula, en los anales de nuestra incurable mediocridad, como nos correspondería en la escala mundial, entre el décimo y el décimo quinto lugar, ya lo dijimos, pero a pesar de todo con el placer incompleto de preferir las partes en lugar de lamentar un todo, porque nuestro orgullo nacional se queda atascado en la realidad de todos conocida: no vamos a ganar el campeonato, como alguien me dijo, no se trata de eso, ¿cómo crees?, se trata de ser felices hasta donde alcance por primera vez (lo importante ocurre siempre por primera vez, nomás una vez se nace, nomás una vez se muere), pero en el oculto y sepultado reconocimiento de nuestra irremediable estatura, nos conformamos con lo chico (sin albur); dejamos admiración por la grandeza para otros porque lo sabemos, nunca vamos a gritar al pie del Ángel: por primera vez ganamos la Copa del Mundo Mundial; por una vez somos los mejores entre todos, les ganamos a cuarenta y tantos, hijos de siete leches; ahora merecemos laureles y arcos de gloria, por ocasión prima estamos encima de todos y de todo, nunca antes había salido nuestro sol tan brillante y luminoso, sol sin pretextos ni explicaciones ni comparaciones fofas; jamás parpó tan jubiloso el patito de la Mañanera, nunca fue tan feliz el axolote de Tláhuac; no conocíamos el gusto del triunfo, la ambrosía es tan dulce, no sabíamos; no, ni madres, eso no va a pasar, eso es para españoles, argentinos, brasileños y hasta para los pobres uruguayos de hace 76 años cuando el Maracanazo; pero nosotros no somos ni franceses, ni alemanes; nada más mexicanos, mexicanitos; muy contentitos, así pues venga a nosotros la voz salvífica de la televisión a decir, hicimos el mejor papel de nuestra historia, sean cuales sean los resultados finales, pero el primer lugar –desde ahora y con perdón de quien deba perdonar–, no nos corresponde, así pues, gocemos con lo de hoy, hacia sido como haiga sido, cantemos, bailemos, bebamos y si se puede disfrutemos cada quien con su chiquitubun o cosa parecida ahí enfrente y corramos por Reforma y si se puede cárgate un cristal y convoca: ¡viva México, cabrones”, porque nuestra vitalidad necesita siempre un cabroncito enfrente, y si es gringo mejor, y ora no empujes, lo cual no impide el regodeo en las pequeñas victorias, pero quién nos quita lo bailado sobre todo si el baile no es consecuencia sino convocatoria porque anoche yo estuve ahí, y me bañé de esmeralda y la playera era bandera y todo esto para luego jugar con un tercer (otros matalotes) de otro grupo y avanzar quien sabe hasta cuando, y cuando no haya más camino; pues lástima pero ahora quién me quita lo bailado, porque de todas maneras, de todas maneras, insisto, no queda otro camino ni tenemos otra obligación; soltemos a voz en cuello, “Viva México, cabrones”, porque mañana será otro día.