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ELCRISTALAZO.COM

Definir la injuria, el insulto, el arrebato de agresividad verbal, la palabra en llamas, no tiene ninguna dificultad. Es cosa nada más de escuchar. Y en ocasiones, alzarse de hombros y despreciar al violento de la lengua.

Definir el escándalo, ya es una cosa más compleja.

Peca de escándalo, por ejemplo, quien acosa a un niño.

Dice el evangélio (Mateo 18.6-8): si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo hundieran en el fondo del mar.

“7 ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Es inevitable que existan pero ¡ay de aquel que los causa!

“8 Si tu mano o tu pie son para ti ocasión de pecado, córtalos y arrójalos lejos de ti, porque más te vale entrar en la vida manco o lisiado, que ser arrojado con tus dos manos o tus pies en el fuego eterno”.

La definición académica es brutal:

“…Escándalo: …ruina espiritual o pecado en que cae el prójimo por ocasión del dicho o el hecho de otro”.

Y por desgracia en los días recientes, los mexicanos hemos sido –cada quien en el grado de su sensibilidad–, hemos sido escadalizados por la manera como el presidente de la República poseído por el enstuisiasmo de sus obsesiones, expulsa por la boca, insultos, injurias, descalificaciones, dicterios, ofensas, calificativos grotescos y en general una descripción social de su actitud facciosa en el ejercicio del poder.

Resulta una obviedad, pero a veces lo obvio es lo menos visible: cuando el presidente plantea su repugnancia a grupos sociales ajenos a su doctrina o su axiología o sus manías y obsesiones, dice algo muy sencillo: a esos no los represento yo. Soy el mandatario de los demás, nada más de quienes piensan como yo, me respaldan, me apoyan y –si fuera cierto–, me quieren.

Eso cree.

En las actuales condiciones vale la pena leer a Juan Alvarez, en un ensayo sobre el insulto, publicado por la universidad de Columbia:

“El insulto es comprendido de manera amplia y variada: entre otras, como enunciación directa de groserías, como inminencia de fracaso de la comunicación, como reclamo teatral de ser ofendido o como instrumento verbal de presión electoral… Para no interrogar el insulto ni atender el abismo que implica, para no considerar lo que significa alcanzar una temperatura, entrar en un temperamento, hacer uso del color naranja, caer en una estridencia, visitar la miseria o padecer un alzamiento del lenguaje ejercido incluso a veces sobre nosotros mismos, la esfera pública contemporánea revive a diario, de la mano de la sacralización del argumento, una serie de prejuicios popularizados: el insulto como testimonio de la vulgaridad del pueblo; el insulto como extravío del incapaz de mantenerse a la altura del argumento racional; el insulto como expresión de incultura; el insulto como defensa última del débil; el insulto como degradación necesaria del otro y de sí mismo…”

Sin embargo, en ninguna de la bibliografía consultada el insulto aparece como un método de gobierno, como ha sucedido en México con harta frecuencia en esta administración.

La polarización actual, es una consecuencia arbitraria de un maniqueísmo en cuyos extremos se colocan con nombres y apellidos quienes no piensan como el presidente, y en el otro, un invisible pueblo bondadoso y sabio (e inexistente, por otra parte, digo yo), es al menos una novedad en nuestra (in) cultura política.

Insultar es una costumbre mexicana, como alburear. Insultar desde el poder, una nueva forma de gobernar. El presidente azuza.

Y como punto de reflexión vale la pena esto: ¿alguna vez los delincuentes, violadores, feminicidas, homicidas, narcotraficantes, lenones, extorsionadores, secuestradores, incendiarios, salteadores de caminos, han merecido un insulto por parte del presidente de México?

No, ellos nada más merecen protección y comprensión.