![]()
Número Cero/ Excelsior
El relanzamiento del oficio del destape en el PRI recuerda una trama gótica, una crónica medieval y hasta un relato ideológico en clave, como la novela policiaca de Umberto Eco, El nombre de la rosa. Sus hilos cruzados en la urdimbre de una tela concitan expectación y la especulación apasionada del mundo político en una acción cargada de golpes de efecto: indagar gestos, señales y guiños a los suspirantes abandonados de la voluntad presidencial, como en la tarea detectivesca de la novela para esclarecer los crímenes de la abadía benedictina y develar el misterio del ungido. Igual que en la obra, la reconstrucción de viejas formas de pensar y sentir del viejo régimen en épocas muy conflictivas; reacciones nostálgicas que se encierra en el pasado y no se detiene en el mundo exterior, tampoco en la transformación de la sociedad mexicana… un juego peligroso.
El PRI puede recuperar el dedazo, que también lo practica Morena y otros partidos en una réplica de viejas formas de hacer política. Aquí es de reconocerse el manejo del Presidente en la narración, como un conocer profundo de la antigua “liturgia” priista, además de su formación en el Opus Dei y el conocimiento de los ritos ocultos de la “fumata” blanca vaticana que regresaron en 2012 con el PRI, aunque nunca se fueran del todo. Cerca de la hora de definiciones, ha sabido llevar el suspenso con cuidado minucioso y atención a los detalles, que de paso le ganan un reconocimiento en el páramo de la bajísima aprobación de su gobierno y subir algunos puntos de popularidad junto con su partido. En efecto, desde los sismos de septiembre hay una ligera mejora en las encuestas dentro de los tiempos del destape, cuyo proceso había transcurrido sin ruido hasta que su canciller, Luis Videgaray, pareció pretender suplantar al oficio divino con el “predestape” de José Antonio Meade.
Pero la lectura en clave de novela gótica de la designación del candidato priista, que no del sucesor de Peña Nieto, es inquietante para la democracia mexicana. El resurgimiento del tapadismo no sirve a grandes retos de los gobiernos de conectar y comunicar en un país con el tejido social roto por la violencia, de poner a debate asuntos públicos y construir la representación desde la información, transparencia y rendición de cuentas imprescindibles para su funcionamiento. El ocultismo va en sentido opuesto a revertir el divorcio con la sociedad, la participación política activa e involucrada que luego se exprese en el voto. Con mayor necesidad en contextos que exigen explicaciones de las decisiones de sus representantes en, por ejemplo, la crisis de seguridad y justicia de este año “rojo” de 2017. De debate de respuestas de fondo a una sociedad que se transformó con la apertura exterior desde 1994 y hoy su futuro es incierto en el ocaso de la época del TLCAN. De diálogo público más allá de palabras gruesas como el “no se despisten” que Peña Nieto lanzó para retomar orden y forma de la sucesión en el desvinculado mundo de la política. ¿Qué piensan los aspirantes? Who Knows.
El tiempo se agota para develar los enigmas ideológicos detrás del destapado que enfrentará al puntero en las encuestas, López Obrador, o cuidará de la herencia del poder presidencial. En los próximos días, la terna para el BdeM dará nuevas claves del encarte y el registro de precandidatos en la convocatoria del PRI antes del 4 de diciembre. Pero la publicación del método para la elección poco hace para recortar la nostalgia por las reglas no escritas de la voluntad presidencial y el descrédito de los procesos formales como simulaciones. Otra expresión preocupante de la baja confianza en la democracia, aunque su peligrosa existencia siga siendo el mayor factor de desestabilización de las añoranzas autoritarias, como fue para los viejos poderes medievales conocer el libro de la risa en la novela de Eco.