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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

La repuesta de López Obrador a la marcha opositora es radicalizar su movimiento en las calles para ofrecer elegir entre su camino o el de sus adversarios políticos. El deslizamiento hacia una mayor intransigencia tiene como objetivo reforzar la polarización, pero también cerrar espacios a la desafección dentro de la 4T a todo el que coqueteé con la idea de desafiar la línea oficial. Quien pretenda moverse será inhabilitado como traidor.

Por eso volver a marchar en la calle, de donde surgió su fuerza como posición, aunque ahora la pisa desde el poder. El Presidente anunció que encabezará una marcha el 27 de noviembre para demostrar músculo frente a la mayor movilización contra su gobierno por la reforma electoral. La oposición logró subirse en el malestar de capas medias de la sociedad para visibilizarse y, por primera vez en el sexenio, desafiar al gobierno en la plaza y el debate público del que parecía ser el dueño. La marcha, en efecto, expresó un estado de ánimo negativo de esos sectores hacia el “obradorismo”, pese a que no se traduzca en un movimiento. Tampoco en la rearticulación de un frente opositor que amenace sus perspectivas electorales en 2024.

¿Por qué entonces la radicalización? Quiere aprovechar el informe por el 4º año de gobierno como acto de reafirmación para ver si la gente está contenta con la transformación, pero, sobre todo, en repudio a las críticas opositoras. Ver “si vamos bien” y reforzar la hegemonía de un movimiento popular que lo llevó al poder desde la calle, como recordó el líder de Morena, Mario Delgado. Un mensaje para reforzar sus bases y abrir un dique a los desilusionados que duden de su apoyo entre las capas medias que votaron por él o las voces internas que pongan en duda su lucha política.

La idea de radicalizar consiste en hacer que una postura, un modo o una actitud se vuelva más intransigente y, en el extremo, abre la puerta al fanatismo. A medida que avanza, disminuye las condiciones para el diálogo, como prueba el choque por la reforma electoral y el discurso de la ira que lo atrapa. La descalificación a los reclamos de la marcha en defensa del INE es una expresión de ese proceso, tanto como el rechazo de la disidencia interna que no convalide su plan B para aprobar una reforma en solitario y más allá de los límites legales, como el líder de Morena en el Senado, Ricardo Monreal.

La radicalización acaba por sólo estar interesada en imponer sus ideas sin importar las consecuencias y sin aceptar la discrepancia. En ese sentido, la marcha sirve de señal para echar a la cuneta a las voces discordantes que, como la de Monreal, parecen haber tomado ya una ruta de no retorno sin que el Presidente haga nada para evitarlo, ni siquiera parar los ataques de la gobernadora Layda Sansores en su contra. Como ha denunciado, echarlo por la puerta de atrás.

Y usar la calle para desplazar a los partidos que no quieran moverse, como el PRI con su anunciada negativa a la reforma, aunque antes desistiera con la Guardia Nacional. Pero de la radicalización ellos también son parte del problema por exigir diálogo sin ofrecer ninguna propuesta en la discusión en el Congreso y sentarse a la mesa sólo con el reclamo de que el INE “no se toca” como clavo ardiente en el que sostienen su visibilización. Una postura similar a otros partidos, a los que tampoco alcanza para ofrecer una solución negociada, como en las últimas 8 reformas que no tuvieron que disputarse en las calles con pruebas de fuerza. ¿Qué va a hacer la oposición con los resultados de una marcha sin ideas ni liderazgos para encauzarla y buscar soluciones?

La radicalización abre riesgos por estar emparentada con los mayores precursores de la polarización: el odio y la discriminación. La reforma es ejemplo de cómo maximizar las diferencias de posturas hasta borrarlas en dos bandos. Ese sentido de repudiar a cualquiera que esté fuera de la línea oficial, como parte de un “striptease político” en que se desnudarían los opositores embozados, tal cual acusó de la marcha. El ritmo de una melodía que la oposición no puede dejar de bailar reunida de opositores que nunca fueron oposición o hace mucho se olvidaron de serlo.