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Mucho menos lo elogia, pero en la más oscura recámara de la conciencia y el morbo, ahí donde dormita arrebujada en la penumbra en espera de la chispa de la vigilia la violencia de todos, la aprobación silenciosa por las noticias sobre algún linchamiento resulta acallada con la sordina de la buena educación antes de murmurar el condescendiente y casi admirativo, ¡qué bueno!, se lo merecían.
Los linchamientos en este país no son cosa del señor Lynch o los KKK tras el negro de Alabama o como en otras partes del mundo entre pogromos y furias racistas.
Son parte de esa actitud tan elogiada en medio de la antropología de la oportunidad política denominada “usos y costumbres”, esos por los cuales se utiliza a la mujer o se le canjea por dos guajolotes y una vaca cuando apenas ha cumplido doce años. Si bien le va.
Cuando en este país funcionaba una Comisión Nacional de los Derechos Humanos, se investigó el fenómeno de la violencia masiva y la aplicación de una expedita y ciega “justicia” por mano propia, aun cuando en el caso de los tumultos homicidas no se sabe nunca la propiedad de la mano definitiva.
–¿Quién mató el Comendador?
–Fuenteovejuna, señor
–¿Y quién es Fuenteovejuna?
–Todos a una.
El mencionado estudio, con su respectivo informe (2019) advertía en ese tiempo sobre un aumento de los casos.
“…los linchamientos muestran tendencia constante de crecimiento en el país desde 2015. En 2016 el incremento respecto a 2015 fue del 37%, mientras que 2018 presentó un claro repunte, con aumento de 190% respecto a 2017, al pasar de 60 a 174 casos*
“Con base en dicho informe, se resalta que en cuanto a las personas víctimas de linchamiento, fallecidos y lesionados, el incremento en ese año fue del 146%, al pasar de 110 en 2017 a 271 en 2018.
“Los datos que se registran en 2019 confirman esa tendencia, ya que en los 5 primeros meses se han registrado 67 casos de linchamiento, con 107 víctimas, frente a los 174 casos con 271 víctimas, presentado durante todo 2018.
“Para la CNDH (ya desaparecida) , la desconfianza y lejanía de la sociedad respecto de las autoridades, la falta reiterada de cumplimiento y aplicación de la ley, así como la incapacidad de las distintas instancias de seguridad pública para generar condiciones que permitan la convivencia pacífica entre las personas, han propiciado que se canalice o dirija el hartazgo e impotencia de estas últimas, ante una realidad que las vulnera y lastima, para que incurran en acciones violentas contra quienes consideran o suponen que cometen delitos o atentan en su contra o de la comunidad a la que pertenecen.
“De igual forma indica que el aumento de los linchamientos, ilustra la falta de capacidades del Estado para mantener el monopolio legítimo de la fuerza, el control sobre el territorio, y para garantizar la aplicación de la ley y la seguridad de la población, funciones primordiales no cumplidas que son síntomas de una crisis de autoridad e institucionalidad”.
El ya dicho informe concluye con 10 propuestas dirigidas a las instituciones del gabinete de seguridad contemporáneo y sus similares de aquellos años no tan lejanos. Obviamente nadie escuchó ni mucho menos atendió esos planteamientos preventivos. No tiene caso ni siquiera repetirlos ahora.
Obviamente ni con el seguimiento de las recomendaciones de la desparecida CNDH ni con ningún otro catecismo de civilidad se va terminar con los linchamientos. Están enraizados en la cultura popular. Y si mucho se me apura, en la naturaleza humana, aunque decirlo sea políticamente incorrecto.
Hasta Andrés López justificó un caso derivado del robo sacrílego de un templo en Santa Úrsula, Tlalpan:
“…no hay que meterse con las cosas del pueblo”.
Ese es el verdadero México que los cursis del indigenismo llaman “profundo” en seguimiento del maestro Bonfil.
Y ya no hablemos de la incapacidad de Marcelo Ebrard cuando no pudo (con 60 mil policías detrás), impedir la muerte de dos agentes encubiertos en Tláhuac.
La historia es buena maestra.
Leamos a don Carlos de Sigüenza y Góngora en su célebre crónica del motín del maíz y el linchamiento de los policías custodios del palacio virreinal.
“…después de veinte y cinco o treinta mosquetazos que se dispararon desde la azotea, no se oyó otro tiro y como quiera que los que entraron de socorro iban sin prevención y de los pocos soldados que allí se hallaron, dos o tres estaba muy mal heridos, otro quebrada la mano izquierda, por haber reventado una tercerola, y los restantes apedreados de pies a cabeza y lastimados, no sirvieron de cosa alguna a los auxiliares, no por venir con bocas de fuego con que no se hallaban, sino por no tener quién los gobernase y les diesen armas…”
O si se quiere el primer linchamiento mediático en el ensayo de Claudio Lomnitz sobre el “asunto Arroyo”, donde se relata la historia de un frustrado magnicida y su atentado a Porfirio Díaz.
“El 16 de septiembre de 1897, un poco después de las 10 am, durante las celebraciones de la independencia nacional en el Zócalo de la ciudad de México, el presidente Porfirio Díaz sufrió un atentado, Mientras desfilaba por la Alameda en traje militar, Díaz, flanqueado a un lado por su ministro de Comunicaciones, el general Mena y al otro por su ministro de Guerra, el general Berriozábal, fue atacado por detrás por un conocido borrachín de nombre, Arnulfo Arroyo.
A pesar de las órdenes porfirianas de cuidar al detenido tras el frustrado intento magnicida y la “furia popular”, los periódicos estimularon la venganza y el pobre dipsómano terminó “suicidado” en la cárcel de Belén por dos policías (Miguel Cabrera y Antonio Villavicencio) tras un amotinamiento en favor de su ejecución.
Conocido eso, la turba la emprendió contra el periódico “El imparcial”, afín al gobierno y responsable, junto con “El popular” del embrutecimiento colectivo y la promoción de la violencia y el encono.
El linchamiento de los periódicos culminó con el asesinato del reo.
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