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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

La elección del 6 de junio abrirá la carrera de la sucesión bajo oscuros designios del poder presidencial para ungir a su sucesor, en un proceso que precipita los estragos de la crisis de covid sobre su gobierno, aunque le quedan tres años. La designación recaerá por completo en el Presidente y el mayor riesgo es la inestabilidad de las reglas, más allá de la lealtad y adhesión incondicional de los aspirantes. Los resultados, sin embargo, pueden cambiar o complicar el panorama si mandan el mensaje del desencanto con el debilitamiento de Morena en las urnas y la pérdida de la mayoría absoluta en el Congreso.

La sucesión es el mayor reto por delante en la segunda mitad de su sexenio, pero está lejos de haberse definido, aunque haya punteros claros, como Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard, como indican las encuestas. Los vientos sucesorios soplarán desde el día siguiente de los comicios en medio de un difícil dilema entre la alta popularidad presidencial y el menor margen de acción de su gobierno si retrocede en las urnas. Si bien conserva alto capital político para dirigirlo, también estaría más acotado sin el control del Congreso y obligado a pactar con otras fuerzas para evitar la parálisis definitiva de sus principales reformas y programas de gobierno. Entre quienes advierten los momentos difíciles que aguardan a la 4T, otro de los apuntados a sucederlo, Ricardo Monreal, ha llegado a referirse a una “rebelión” contra el Presidente que afecta la tranquilidad y gobernabilidad en relación con los frenos de otros poderes y órganos autónomos. Ahí la lógica de la reforma electoral en ciernes.

Porque una cosa es decidir la sucesión con el poder intacto, como lo ha mantenido hasta ahora con esporádicas caídas en las encuestas y, otra, designar sin fondo de margen o bajo el afán de revancha contra sus adversarios, incluso después de dejar el poder. Al interior de Morena hay corrientes que ven en la sucesión escenarios de “restauración” del viejo régimen con aspirantes que recuperarían los pactos con los adversarios del Presidente.

El Presidente no es ajeno a esa visión, ya dijo alguna vez que su proyecto de la 4T no está asegurado ni con un triunfo de Morena en 2024. De ahí que la obsesión de derrotar a sus enemigos lo desborde con expresiones de desaprobación del proceso electoral desde la máxima tribuna del país o incluso el distanciamiento de la tragedia del Metro por motivos políticos. Su decisión de intervenir directamente en el proceso o las manifestaciones de intolerancia revelan la preocupación que la realidad política rebase las capacidades políticas de su gobierno e incida en sus planes sucesorios. Hasta ahora, el Poder Judicial ha sido la principal limitante en asuntos clave, como el control estatal del sector eléctrico y de hidrocarburos, que había logrado avanzar ante una débil oposición, a lo que ahora podría sumarse el Congreso.

El dilema sucesorio ha sido planeado desde el inicio de la campaña, en marzo pasado, con declaraciones como que la 4T tiene preparado su relevo generacional y que él abandonará la política a partir de 2024. Su confianza, sin embargo, ha dado paso al litigio político y la protección de sus visibles sucesores, afectados por el costo político del derrumbe de la Línea 12 del Metro y su impacto en las encuestas. La calificación de Sheinbaum se ha precipitado en los sondeos, aunque se mantiene al frente de las preferencias dentro de Morena, según algunas proyecciones, como la más reciente de El País, con leve ventaja sobre Ebrard. El Presidente ha jugado, incluso, con el distractor de la reelección, a medida que se rebajan los pronósticos sobre un triunfo contundente de Morena y se recorta la ventaja en las elecciones estatales. También ha subido la polarización y los mensajes de desestabilización contra las autoridades electorales, bajo asedio de solapar el fraude electoral.

El fondo de maniobra del gobierno se reduce a medida que crecen las estimaciones de un resultado más ajustado, aunque lejos de los augurios de la oposición de arrebatar el poder a Morena en la elección. La oposición sigue desarticulada y sin ningún liderazgo fuerte para 2024, aunque podrá crecer su capacidad de obstrucción y, sobre todo, con una mayor capacidad de negociación con el gobierno. Éste es otro terreno para la sucesión.