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Morena, o mejor dicho, el que diseña y empuja el cambio de régimen, se decidió a dar el golpe final: evitar que en 2030 la presidencia de la república cambie de partido. Alguno de sus secuaces lo dijo: “Imaginen lo que pasaría con el proyecto del compañero López Obrador si ganara la derecha”. Para los del poder, todo se vale menos perder.
La narrativa oficial se esfuerza y tiene, hay que reconocerlo, bastante éxito en guardar las apariencias. La secta difunde a diestra y siniestra que disminuyó la pobreza y que el país va “requetebién”. Para ellos, no hay crisis en el sistema de salud y las obras insignia del “obradorato” no se tragan el presupuesto. La realidad es distinta: la economía no crece ni crecerá, y las finanzas del gobierno están en dificultades estructurales. El aparato vive y opera gracias al “agio” de la banca y a los prestamistas disfrazados de tenedores de bonos. En tan solo siete años se duplicó la deuda del país.
A lo anterior se agrega: 1. Las rupturas al interior de la secta, cada vez más notorias y escandalosas; 2. La inseguridad que tiene al crimen como dueño de una buena parte del territorio y 3. Un vecino con ganas de demostrar que es dueño del mundo y que nosotros no somos, como pensábamos, los socios y aliados buena onda de las películas de Disney, sino unos vecinos a los cuales se les puede decir de todo y negarles un trato de iguales.
“Para todo mal, reforma electoral”, decía a sus jefes, en especial a los gobernadores en apuros, un personaje de antaño. Con ello buscaba enredar a la opinión pública en un polémico debate sobre las reglas comiciales. Lo que intenta Morena es distinto; es cierto que las opiniones del señor Gómez pasaron a segundas páginas la tragedia del interoceánico, pero la reforma de López Obrador va más allá de ser un acto de ilusión: ahora se trata de construir una dictadura bananera al estilo Maduro.
La parte final del plan es sencilla: 1. Apoderarse, o mejor dicho, subordinar al órgano electoral a los intereses del líder moral, en especial cuando se requiera “cantar” en 2030 el falso triunfo de Morena; 2. Reducir a los partidos a su mínima expresión; al tabasqueño le gustarían solo dos, situación ideal para su narrativa de buenos y malos, liberales y conservadores, pueblo bueno vs. fifís, y; 3. Quitarse al Congreso de encima y, en especial, a los diputados opositores.
La fórmula no es original; la trajeron de Venezuela, donde otra secta desmanteló una de las economías más sólidas del continente y la convirtió en un carnaval que, por esa y otras razones, ha quedado a merced del imperio.
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