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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

Arrancan hoy precampañas. El nombre del próximo Presidente ya está en la boleta del 1 de julio de 2018. Los partidos mayoritarios finalmente escogieron candidato y articularon alianzas en tres polos electorales, el último, Morena con el PT y PES. La fragmentación del voto empuja a la coalición como condición necesaria para contrarrestar la mayor dispersión del voto, aunque insuficiente para evitar inconformes internos. La atomización expresa descontento con los partidos tradicionales, pero también alienta la negociación de la desobediencia al interior del PAN, PRD y PRI ante la perspectiva de votaciones muy precarias.

La dispersión del voto producirá ganador con un estrecho margen, lo que se traduciría en un vencedor hasta con menos de una quinta parte del voto válido. Todos van con su frente, porque solos están muy lejos del voto de otros comicios presidenciales, pero también abre la puerta a la desafección política y al chantaje interno por cargos. El temor a estrategias de brazos caídos de operadores enojados o el transfuguismo de grupos de un partido a otro, o hacia los independientes, es una pesadilla para las cúpulas, porque la suma de la alianza puede restarse por los cambios de bando. ¿Quién pagó más por la alianza? ¿El PAN por el granero de distritos que dio al PRD, o éste, que sacrificó candidato presidencial, aunque solo no podría ganar? ¿El PRI por las exigencias de los feudos del Verde? ¿Morena con el PES, señalado como cercano al PRI de gobernación?

Las encuestas hablan de intención de voto para las alianzas mucho más cerrado que las mediciones de precandidatos. Por ejemplo, según Mitofsky, la coalición Por México al Frente (PAN-PRD-MC) tiene 23.1% de las preferencias, muy cerca aparece Morena-PT-PES, con 22.6 %, y PRI-PVEM, con 21.4%. Cabe recordar que los tres mayoritarios sufren fuertes mermas de votos, tan sólo el PRI ha perdido más de cuatro millones en el sexenio, el PAN está lejos del clímax de 42.5% con Fox en el 2000, y el PRD arrastra sus peores desempeños tras la escisión de López Obrador.

Los incentivos para alianzas son evidentes, pero menos claro el costo de reacomodos y reequilibrios internos. No a todos dejan contentos, menos si hay desplazados o sacrificados por el precio de reparto de cargos de elección. El PAN es el caso más dramático por las heridas que dejó el costo del Frente y la posible salida de “vacas sagradas” panistas hacia la candidatura de Margarita Zavala luego de que Calderón lo declarara en articulo mortis. En esas filas están muchos doctrinarios y “más Pan”, exgobernadores de viejo cuño, que no se sienten atendidos por Anaya con una operación cicatriz. También entre sus electores, ¿cuántos no votarían por el PRD y preferirían ir con Zavala o Meade? Igual vale la pregunta para sus socios perredistas: ¿Cuántos apoyarían a Morena antes que votar por el PAN?

El Frente también dejó saldos en el PRD, principalmente con Mancera, quien declinó con evidente inconformidad sus aspiraciones presidenciales a favor de Anaya. Su rechazo a las propuestas de su mancuerna en la negociación, Alejandra Barrales, ha tratado de compensarlo con la dirigencia perredista y ahora intentará reponerse con la selección del candidato del Frente para la capital.

La necesidad de cicatrizar heridas también ocupa al PRI, cuyo precandidato, José Antonio Meade, dedica tiempo a pactar con los otros aspirantes y grupos inconformes. No obstante, el transfuguismo también lo ronda por el abandono discreto de operadores políticos hacia Morena en municipios que perdió en el Edomex y otras entidades.

Ese riesgo también afecta a Morena, aunque en otro sentido. AMLO teme que —como ha dicho— si Zavala llega a la boleta acabe por unirse a una coalición de facto con el PRI en su contra. Por lo pronto, algunos calderonistas en el Senado han expresado su voto a favor de Meade en un apoyo que, al menos, abona a la suspicacia con que principia la guerra de 2018.
               
(Número cero se toma unos días de asueto.

  Vuelve a publicarse el próximo 7 de enero.

   Les deseo ¡felices fiestas!)