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Las campañas electorales iniciadas hace apenas unos días, nos han puesto una vez más de frente con una realidad distorsionada El desfile de histriones, payasos, malos actores, actrices destripadas, irreconocibles reinas de belleza, decadentes galanes de telenovela, deportistas, líderes sindicales maestros sin alfabeto, curas y cualquier cantidad de advenedizos de la política, forman el desfile innoble de los aspirantes cuyas posibilidades de representación o administración, no se deben a la corrupción de los partidos políticos, como se nos quiere hacer creer, sino a la estupidez den quienes van a votar por ellos.

El problema de la democracia no estriba ni los candidatos, ni en los partidos propulsores, el sistema o el Instituto Nacional Electoral. Ni siquiera en quienes piden su exterminio.

El problema (sin solución, además), son los electores, los votantes.

Quien vota aferrado a la gratitud de un programa social sin darse cuenta de cómo le han comprado la voluntad por un plato de lentejas. Quien emite el sufragio mecánicamente y sin saber siquiera por qué ni para qué; el refractario a la cultura política, el ignorante, el crédulo o el ambicioso; el acomodaticio, el inconsciente, el desinformado, el terco, el torpe.

El ciudadano sin ciudadanía real, sin urbanidad, sin noción social.

Los y las electores cuyo entusiasmo hemos visto reflejado –por ejemplo– en los plantones de guerrerenses asentados afuera del Instituto Nacional Electoral, con las mismas consignas ripiosas de toda la vida, y el paradójico grito del honor de estar con Macedonio y con el jefe de Macedonio, por encima de cualquier reflexión, sin el incómodo estorbo de una mínima inteligencia para advertir las infinitas posibilidades de la maniobra del acarreo y la renta de bultos gritones, son una muestra de la calidad de nuestra cultura contemporánea. Y no digo cultura política. Lo dejo en la amplísima noción del conocimiento social acumulado.

Los (las) manifestantes, profesionales de la limosna, se alquilan como lo hacen quienes ejercen antiguos oficios, como aquel campesino analfabeto en los tiempos de Don Adolfo, “El viejo”, cuya garganta ardía después de gritar horas y horas, “Viva Luis Cortines…”

La democracia sin cerebro, sin capacidad de razonas, la omnívora masa cuya múltiple boca masca y deglute cualquier excrecencia cobijada por un partido, sin darse cuenta de la naturaleza de su bocado, es la verdadera desgracia de eso llamado democracia y cuya mejor definición nunca podrá superar el sarcasmo de Borges:

“…esa extraña forma de la estadística…”

El problema fundamental reside en una confusión: la verdad no tiene una condición numérica. La inteligencia tampoco.

Hoy nos damos cuenta de la falacia del número. Hace muchos años se decía: veinte millones de mexicanos no pueden estar equivocados. Y sí, si pueden estar equivocados si todos esos millones creen en algo inexistente o peligroso.

El Nazismo tuvo una amplia base electoral. Y se equivocaron.

Hace muchos años un fotógrafo escéptico e irónico, tomó la fotografía de una enorme bosta de vaca en mitad de una carretera, sobrevolada por un enjambre panteonero. Y con magnífica ironía escribió una leyenda:

“Dos millones de personas no pueden estar equivocadas”.

Si un millón de personas creen firmemente en la planicie de la Tierra, no estarán jamás en lo cierto.

Por siglos los antiguos habitantes de esta malograda paria nuestra, creyeron en el corazón humano como dieta insuperable de los dioses, y se mataron y se comieron entre ellos con un margen de aprobación, como se diría ahora, hacia sus sacerdotes tlatoanis del 100 por ciento. Y eso no les quitaba ni lo antropófagos, ni lo ignorantes. Mucho menos lo equivocados.

No es una carta infalible la mayoría. Por años los más, les negaron sus derechos a los menos y nunca estuvieron dispuestos a reconocerlo. Aún hoy hay votaciones en contra de los derechos de las mujeres y se aceptan tales resultados porque lo dijo la voz del porcentaje.

Lo mismo sucede con la elección de diputados, alcaldes o demás dirigentes políticos.

Como las moscas en la carretera, treinta millones de personas sí pueden estar equivocadas. Y lo hemos visto.

Pero nada va a cambiar. La democracia no fue un invento grieg, fue una simple receta de cocina y su registro de autor se le debe a Esaú.

VACUNAS

Hoy los reclamos airados por las vacunas “fantasma” recuerdan cuando se decía en Veracruz: Fidel y Duarte inyectaron con agua a los niños y ase robaron el dinero de las medicinas oncológicas.

Nunca fue cierto, pero la idea quedó sembrada, como ahora