A pesar de que como sociedad hemos sufrido un cambio muy importante, hay que reconocer que sigue habiendo gente buena, generosa, amistosa. Gente que actúa de buena fe por lo tanto es confiable.
Sin embargo, la realidad nos muestra el lado obscuro de personas dispuestas a causar daño a otros, sin que haya justificación para actuar con toda premeditación y ventaja.
Poco a poco, aunque uno no lo desee, se ha ido perdiendo la confianza por situaciones que se conocen donde los diferentes medios dan cuenta un día sí y otro también. Robos, asaltos, secuestros. Nadie escapa a los comentarios, a las noticias; todos de alguna manera conocemos de alguien que ha sido víctima de un fraude o al menos haber recibido una llamada de extorsión.
Poco a poco hemos ido cambiando a querer o no. Ya no sabemos en quién confiar, en qué creer o en quien o en que no hacerlo.
La pérdida de confianza es verdaderamente terrible, aunque está por demás decir que es justificada. Son demasiados los actos delictivos que no se han resuelto a favor del ciudadano, de aquel que se convierte en víctima, como si hubiera establecido una regla para castigar al bueno en vez del que causa un daño.
Po ejemplo, quien hace uso del transporte público para ir a su trabajo, va con la incertidumbre de lo que pueda ocurrir. Individuos, armados amenazan a los pasajeros que no ponen resistencia y entregan lo que les exigen porque temen por su vida. El miedo es legítimo y justificado. Nadie debe convertirse en estadística.
La delincuencia no respeta a nadie porque hace tiempo le perdió el respeto a la autoridad. Todos lo sabemos y de ahí nace la desconfianza.
Pactos desde las altas esferas con las mafias. Culpamos o pretendemos culpar a los mandos intermedios o pequeños cuando en realidad la descomposición social se dio por la ambición, el abuso del poder, la falta de castigo a los responsables.
No soy partidario de la violencia ni de las manifestaciones donde las personas –hombres o mujeres se cubren el rostro y realizan pintas a edificios públicos o monumentos en señal de protesta.
Sin embargo, el hartazgo ante la indiferencia de quienes deberían ya de “ponerse las pilas” por todo lo que está pasando en nuestro país, está convirtiéndose en una especie de bola de nieve, que al rodar por la pendiente crece sin saber dónde y cuándo habrá de detenerse.
El paro nacional al que se está convocando para el próxima 9 de marzo, “Un día sin mujeres” dicho sea con todo respeto, presidente, forma parte de la necesidad urgente de ser escuchadas, de que cesen los feminicidios.
La indiferencia del gobierno y funcionarios a todo lo que ocurre en nuestro país, seguridad, salud, educación nos produce un repudio a quienes prometieron cambiar.
El paro nacional del próximo 9 de marzo no es ni debe ser un movimiento político. “Un día sin mujeres” es la manifestación de hartazgo por la falta de respuesta a la crisis de seguridad que existe. Tan simple como eso…dicho con todo respeto, presidente.