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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

Los movimientos de ultraderecha internacionales tienen su atención puesta en México como caja de resonancia para que su voz se escuche en el continente contra el avance de gobiernos de izquierda. La radicalización de López Obrador les sirve de potente altavoz para bañar el debate público y reeditar intentos históricos de asimilar a la derecha tradicional panista con estrategias disruptivas que ensayaron, con éxito, en EU, Polonia, Hungría e Italia. Sus declaraciones extremas contra el aborto como cuestión que ni siquiera debiera discutirse, excluir tipos de familia no tradicionales o estigmatizar la migración son ejes de la agenda del activismo social religioso y de élites conservadoras que defiende la restauración, el decoro femenino y tesis próximas a supremacistas estadunidenses y nacionalistas europeos. Ahí está el español Vox, con un discurso cercano al fascismo y su visión imperial de “Iberoamérica”, los nacionalistas Hermanos de Italia de la primera ministra Meloni o el mexicano Súmate, a los que une el grito “¡Sí a la familia natural, no a los grupos de presión LGBT!”.

Pero lo nuevo no es su contaminación del debate con un discurso que se hunde en el Movimiento Social Italiano o el franquismo español, más vivos que en otros países porque no tuvieron una desnazificación como en Alemania. El cambio producido en la última década es su firme convicción de que hay condiciones para asaltar a la democracia a través del movimiento social y su reinterpretación de los derechos humanos para conculcarlos con el marketing de Tupperware y sabotear los sistemas electorales, como en EU. Ése es el mensaje de Steve Bannon, estratega de Trump e instigador del asalto al Capitolio, en una reunión de la extrema derecha en México para alertar que se robarían las elecciones si se implementa el voto eléctrico; o expresiones en favor de un “populismo conservador” que llegue a las masas en AL. Los ultras ven en México una historia de conservadurismo como terreno fértil para sumar organizaciones y activistas a través de los medios a la Conferencia Política de Acción Conservadora, que este fin de semana acogió la CDMX. Su programa ya no lo integran sólo liderazgos del mundo conservador y viejos anticomunistas desde 1974, sino legisladores disruptivos como el argentino Milei, el chileno Kast o Eduardo Bolsonaro –hijo del expresidente brasileño— y estrategas políticos como Bannon.

Observan oportunidades en la recepción de su discurso y alianza con las alas más conservadoras del PAN en el proyecto de Iberosfera de Vox, con que comparten visión de la “libertad y la democracia”. En conciertos que prenden neonazis en sitios clandestinos de la capital. Pero, sobre todo, en que un fracaso de López Obrador, sin contrapesos en una oposición fuerte, abriría espacios a liderazgos que reposicionen a sectores conservadores vapuleados en la narrativa presidencial. La radicalización de la polarización es caldo de cultivo para el activismo social de élites y conservadores religiosos, que históricamente han visto al país como propio y que creen poder recuperar si logran que el debate político se centre en ellos.

En ese marco se encuadra la irrupción de candidaturas como la de Lilly Téllez, sin trayectoria partidista y discursos activos en pro de derechos tradicionales, con una retórica del insulto y la descalificación. La senadora es una de las panistas que firmaron la Carta de Madrid de Vox, como en su momento Meloni buscó ampliar la presencia de su movimiento con la presidencia del Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos. Su sueño: Téllez o el actor Verástegui para seducir a las masas. La exconductora de TV ha saltado a las encuestas de forma meteórica, sin dejar de reivindicar el discurso del político externo al statu quo, que enarbola valores tradicionales amenazados por un gobierno que no respeta la ley, a cuyo líder promete meter a la cárcel. Se ofrece para enfrentar a Claudia Sheinbaum en el 2024 como la justa ideal para contrastar con una mujer del activismo estudiantil y que defiende el aborto o el matrimonio homosexual. Y que, como cara de la continuidad de este gobierno, puede recoger el malestar contra el “obradorismo” en clases medias y élites conservadoras.