La muerte del abogado, escritor, notario y analista chiapaneco, cierra un diálogo sobre la historia, la política y el futuro de Chiapas, pero deja abierta una tarea que no debería postergarse, como el llevar a nuevos lectores su mirada sobre Maximiliano de Habsburgo y sobre el valor de pensar con libertad
Hace poco tiempo intercambiamos reflexiones sobre la polémica modificación del escudo de Chiapas, la relación entre México y España y su novela histórica “Yo, Maximiliano. El sueño del colibrí”, fruto de tres décadas de investigación. Esta es mi evocación sobre un amigo cuya vocación intelectual trascendió la política y convirtió el debate de las ideas en una forma de servir a su estado
Hay conversaciones que uno supone podrán retomarse cualquier día. Se dejan abiertas con la naturalidad de quien cree que el tiempo alcanzará para volver sobre ellas. Sin embargo, la muerte de Juan Carlos Cal y Mayor Franco vino a demostrarme, una vez más, que esa confianza suele ser una ilusión. Hace apenas unos cuantos meses hablábamos por teléfono sobre Chiapas, sobre historia y sobre uno de esos debates que terminan revelando mucho más que un simple desacuerdo político, como lo es la absurda modificación del escudo del estado.
Coincidíamos en lo esencial. Mientras la entidad enfrenta rezagos históricos, pobreza, inseguridad y problemas que afectan diariamente a millones de personas, resultaba difícil comprender que parte del esfuerzo gubernamental se concentrara en alterar un símbolo cuya fuerza proviene precisamente de la historia que representa. Ni él ni yo veíamos en ello una prioridad. Por el contrario, ambos considerábamos que la historia debe comprenderse antes de pretender corregirla desde los escritorios del poder.
Desde mi perspectiva —y la de él—, coincidimos que esa tendencia responde a una corriente política empeñada en reinterpretar el pasado bajo una visión de permanente antagonismo con España. Juan Carlos compartía la preocupación de que ese tipo de decisiones terminan alimentando divisiones artificiales en lugar de fortalecer una comprensión madura de nuestra propia historia.

Paradójicamente, apenas unos días antes, el encuentro protocolario entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el rey Felipe VI, con motivo de los preparativos rumbo a la Copa Mundial de Futbol de 2026, había enviado una señal de distensión y normalidad en la relación bilateral. Después de meses de desencuentros diplomáticos, el saludo y el diálogo institucional parecían abrir una etapa menos áspera entre ambos países. Sin embargo, algunos gobiernos estatales, como el de Chiapas, encabezado por Eduardo Ramírez Aguilar, seguían privilegiando debates estéticos antes que atender las necesidades inmediatas de sus ciudadanos.
Nos preocupaba, además, que analizar el pasado se convirtiera en un campo de batalla ideológico, una tendencia cada vez más frecuente. Desde mi perspectiva, esa corriente ha encontrado en la confrontación con el legado español una bandera política que poco ayuda a entender la complejidad de nuestra formación como nación. No se trata —coincidimos—, de defender imperios ni de negar agravios históricos, sino de rechazar las simplificaciones que sustituyen el análisis por el resentimiento, porque la historia nunca cabe en las consignas.
Aquella conversación derivó, casi de manera inevitable, hacia Maximiliano de Habsburgo, el personaje que lo había acompañado durante buena parte de su vida intelectual. Bastaban unos minutos para advertir que no hablaba únicamente del emperador, como un soberano pulcro y distante, sino de un viejo conocido. Después de casi treinta años de investigación, dominaba episodios, cartas, testimonios y detalles biográficos con una familiaridad que pocas veces he encontrado entre quienes cultivan la novela histórica.
Humanizar, acercar a la gente a los personajes de nuestra historia, era, quizá, una de sus mayores virtudes intelectuales. Nunca entendió la historia como un desfile de héroes impecables ni de villanos absolutos. Prefería observar a los seres humanos con sus contradicciones, sus aciertos y miserias. Decía que todos los personajes históricos, sin excepción, habían tenido defectos y virtudes. Esa mirada equilibrada explica buena parte del tono de su obra y también de sus columnas periodísticas.
Nuestra relación se inició hace varios años, a partir de una entrevista que el gobernador Juan Sabines Gutiérrez me sugirió le hiciera —para que explicara a los lectores de la revista Gentesur / La revista de México, los proyectos que como secretario de Turismo realizaba en la entidad—, pero se fortaleció a partir de nuestras coincidencias sobre la cultura, la historia y sus personajes.
Con frecuencia también intercambiábamos opiniones sobre la realidad nacional y diversos episodios políticos de actualidad que ambos analizábamos. También, como una muestra de generosidad profesional, me pidió autorización para reproducir algunos de mis artículos en Ultimátum, medio con el que mantenía una estrecha vinculación editorial. Aquello abrió un diálogo permanente que siempre agradecí por la honestidad de sus planteamientos y la profundidad de sus observaciones.
Su trayectoria pública fue amplia y conocida. Abogado de profesión, notario público número 135, ocupó responsabilidades como secretario del Humanismo, director general del Coneculta, secretario de Turismo, delegado de la Profeco, delegado de la Semarnat y diputado local, entre otras encomiendas. Sin embargo, reducir su vida al inventario de cargos sería profundamente injusto. Quienes conversábamos con él sabíamos que su mayor patrimonio residía en la curiosidad intelectual que nunca perdió.
Más que una novela sobre Maximiliano
Yo, Maximiliano. El sueño del colibrí, es una obra de 222 páginas que representa mucho más que su primera novela publicada. Fue la culminación de tres décadas de lecturas, archivos y reflexiones. Juan Carlos solía decir que la historia debía acercarse al lector sin convertirla en un tratado académico. Su propósito consistía en hacer comprensibles a los personajes históricos sin despojarlos de su complejidad humana.

Luego de que hace apenas un año la presentó en la Librería del Fondo de Cultura Económica «José Emilio Pacheco», en Tuxtla Gutiérrez, recuerdo que me habló con entusiasmo de seguir explorando la novela histórica. Estaba convencido de que ese género permitía enseñar historia de una forma mucho más cercana al lector. Repetía una frase que sintetizaba su preocupación por las nuevas generaciones: «Más libros y menos TikTok”, que era, a su modo, una defensa apasionada del conocimiento.
Me dijo que, de antemano, me convocaba a una futura presentación de su libro en la Ciudad de México para hablar de su texto. Le dije que la vida del emperador francés me apasionaba y que incluiría en esa hipotética participación unos párrafos sobre la trayectoria de Aureliano Blanquet —integrante del pelotón de fusilamiento de Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía—, de quien había explorado muchos detalles de su vida y sobre el cual valdría la pena hablar también. Aceptó con grado.
Hoy ese encuentro ya no podrá realizarse con él frente al auditorio. Precisamente por eso considero que esa presentación no debe cancelarse; por el contrario, debería convertirse en un homenaje a un investigador y brillante intelectual que dedicó treinta años de su vida a comprender uno de los episodios más complejos de nuestra historia nacional.
Las complicaciones hepáticas que deterioraron su salud durante los últimos años terminaron por apagar una inteligencia que seguía produciendo ideas, preguntas y proyectos. La noticia de su fallecimiento, confirmado este viernes, provocó una oleada de mensajes provenientes de muy distintos sectores de la vida pública chiapaneca, entre ellos la del exgobernador Juan Sabines. No podía ser de otra manera. Más allá de simpatías o diferencias políticas, Juan Carlos Cal y Mayor había conseguido ser respetado por la consistencia de sus argumentos, algo cada vez más escaso.
Mientras sus restos son velados en San José, en Terán, pienso inevitablemente en aquella conversación inconclusa. Hay personas cuya ausencia se mide por el vacío que dejan en la conversación pública y Juan Carlos pertenece a esa categoría.
Se ha ido el político, el abogado, el notario y el servidor público, pero, sobre todo, se ha ido un interlocutor inteligente, un hombre que entendía que las ideas se debaten, que la historia se estudia y que la cultura sigue siendo una de las pocas herramientas capaces de reconciliar a una sociedad consigo misma. Esa será, estoy convencido, la parte más difícil de analizar en su ausencia.
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