El juego de las “corcholatas” destapó algo más que candidaturas: dejó al descubierto disputas por el poder dentro de Morena, por el control de territorios y, ya sin AMLO como único eje articulador, el riesgo de que el partido derive en tribus como ocurrió en el PRD.
Y todo indica que ya está sucediendo.
Morena prohíbe en sus estatutos la creación de corrientes, pero paradójicamente se están formando en la práctica. No son las mismas tribus del PRD. Tienen otros nombres, nuevas camisetas y distintos padrinos pero empiezan a reproducir una lógica conocida: fortalecer grupos, preservar posiciones, negociar espacios y mantener capacidad de presión aun cuando se pierde una candidatura.
Tras la designación y toma de protesta de los coordinadores para la defensa de la transformación -que serán los candidatos a las 17 gubernaturas en 2027- se observa el paso de un movimiento con un centro de decisión claro (AMLO) a un archipiélago de grupos, lealtades personales y feudos territoriales.
En ese nuevo mapa, los gobernadores pesaron —y pesan— de manera decisiva para el destape de las “corcholatas”.
Ejercen un verdadero cacicazgo político.
En Michoacán, Colima, Campeche, Quintana Roo, Zacatecas y Sonora lograron colocar a perfiles afines: Carlos Torres Piña es cercano al michoacano Alfredo Ramírez Bedolla; Rosa María Bayardo pertenece al grupo de Indira Vizcaíno; Pablo Gutiérrez fue promovido por la gobernadora Layda Sansores; Eugenio “Gino” Segura no solo cuenta con el respaldo de la mandataria Mara Lezama, sino también del dueño del PVEM, Jorge Emilio González Martínez, el “Niño Verde”; Verónica Díaz es excuñada del gobernador David Monreal, y Lorenia Valles es otro perfil cercano al gobernador sonorense Alfonso Durazo.
Varios mandatarios estatales amagaron, según fuentes morenistas, con no “sacar adelante” la elección si sus alfiles quedaban fuera.
¿Y qué significa? Que ya no hay un gran elector: hay varios centros que negocian, presionan y, cuando pierden, empiezan a construir su propia corriente.
Ahí está el caso de Tatiana Clouthier. Morena decidió que Clara Luz Flores encabezara el proyecto en Nuevo León y Tatiana respondió creando “Todos con Conciencia”.
Dice que no busca cargos y mantiene su respaldo a Claudia Sheinbaum, pero construye una estructura propia con su equipo.
¿Rompe con Morena? No.
¿Se queda quieta? Tampoco.
En Guerrero ocurre algo parecido. El senador Félix Salgado Macedonio reclama una “encuesta espejo” para demostrar su presencia política. No será el candidato a gobernador por la regla antinepotismo. Le impide competir en las condiciones actuales, pero mantiene sobre la mesa el peso de su grupo.
Salgado no es el único que lanza reclamos. Abelina López, alcaldesa de Acapulco, reaccionó con furia cuando Morena designó a Beatriz Mojica como coordinadora para la defensa de la transformación en Guerrero.
“Ganaron las encuestas de papel”, refutó. Abelina presumió tener el respaldo de más de cien mil personas y anticipó que Mojica es “la crónica de una muerte anunciada”.
Su mensaje no fue solamente de inconformidad. Fue una demostración de fuerza aunque después vino la fotografía con Mojica y la dirigencia nacional de su partido en el marco de una “operación cicatriz”, ese paso de la disputa abierta a la negociación por unidad… y por espacios.
Un caso más. En Chihuahua, la senadora Andrea Chávez perdió la encuesta ante el alcalde juarense Cruz Pérez Cuéllar, pero no quedó fuera del tablero: Morena la colocó al frente de la coordinación en Ciudad Juárez, posición que la perfila para buscar la alcaldía el próximo año.
La candidatura estatal no será para ella, pero el reacomodo le ofrece una plataforma política relevante. Andrea, identificada con el grupo del tabasqueño Adán Augusto López, tampoco se queda sin pieza en el juego.
En medio de esta configuración de tribus guindas, aparece un jugador relevante: el PVEM.
El Verde no es una tribu interna, pero sí un aliado con estructura, intereses y capacidad de negociación. En Quintana Roo respalda a “Gino” Segura y ha conseguido que Morena acepte candidaturas impulsadas por el verde ecologista en otros estados.
La alianza ya no consiste solamente en sumar votos: también implica repartir posiciones y reconocer poderes propios.
¿Y el PT?
Al partido de Alberto Anaya no le tocó nada para las gubernaturas. Ninguno de sus aspirantes quedó entre los 17 coordinadores estatales de Morena. El Verde, en cambio, consiguió espacios relevantes en Quintana Roo, Nayarit y Baja California Sur, además de mantener su apuesta propia en San Luis Potosí.
La respuesta petista ha sido amenazar con competir por separado y abrir las puertas a los aspirantes morenistas inconformes. Si Morena no los quiere, el PT puede ofrecerles otra plataforma.
El senador Raúl Morón es el ejemplo más claro: al quedar fuera en Michoacán, el PT ya lo respaldó como su eventual candidato al gobierno del estado.
La jugada recuerda al monrealazo de 1998 en Zacatecas: “si no soy yo, conservo a los míos y busco otra vía”. A veces no hace falta romper formalmente; basta con construir una alternativa y obligar a la dirigencia a calcular el costo de perder un grupo entero.
El problema no es que existan grupos o corrientes dentro de un partido. La pluralidad es normal y puede ser saludable. El problema comienza cuando las corrientes adquieren más peso que las reglas comunes y cada decisión se convierte en una negociación de cuotas. Eso desgastó al PRD hasta volverlo casi inoperante
Las preguntas son inevitables: ¿en qué se está convirtiendo Morena? ¿Puede mantener su cohesión o empieza a transformarse en una federación de grupos que negocian entre sí?
Hay tres escenarios. La dirigencia puede contener las diferencias mediante acuerdos y mantener la disciplina. Puede consolidarse un partido donde los grupos negocien permanentemente candidaturas y espacios. O las disputas pueden escalar hasta que los intereses de cada corriente terminen imponiéndose sobre el proyecto común.
Morena puede llegar a 2027 arriba en las encuestas y, al mismo tiempo, enfrentar una creciente fragmentación interna. Ganar preferencias electorales no garantiza la unidad. Tampoco basta con publicar encuestas para cerrar las heridas que deja cada designación.
Las “corcholatas” ya fueron destapadas. Ahora falta saber quién hace girar la pirinola… y quién la está lanzando.
X: @castroclemente
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