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elcristalazo.com

Dentro de cuatro días el gobierno hará una gigantesca marcha en apoyo del gobierno. Lo hace en medio de una enorme grieta nacional, en cuyas orillas la oratoria presidencial ha colocado a leales y desleales; afines y antagonistas, adversarios y seguidores, patriotas y apátridas o de plano traidores a la patria.

Hace unos días el presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado, Ricardo Monreal sugirió, la necesidad de contrarrestar el venenoso clima de división. Pero hace falta un elemento de cohesión, una figura unificadora. Y esa ya la hemos encontrado, así haya sido por un día, cincuenta o sesenta millones de mexicanos, pronunciaron con solidaria alegría el nombre del héroe del momento: Guillermo Ochoa.

Pero veamos la otra cara de la moneda. Estos son dos ejemplos de la situación actual: los discursos de Monreal y el presidente.

“… es delicado (el maniqueísmo político), es veneno que genera desconfianza, incluso en nuestras relaciones cercanas, enciende conflicto y, a empujones, conduce a la violencia, ¿Cuándo es el tiempo de terminar?, ahora.

“No somos grupos opuestos, somos México. Tenemos que tomar una decisión y esa es la reconciliación. Reconciliemos a México. No somos ese México deformado, somos un pueblo de valores e inteligencia. Que nada ni nadie nos achique».

Pero desde el Palacio Nacional se escucha:

“…yo invito a todos los ciudadanos que están a favor de la transformación que se ha venido llevando a cabo en los últimos cuatro años para que nos acompañe, porque es una marcha y un acto por los avances que se han logrado en los últimos cuatro años en el marco de la Cuarta Transformación de la vida pública del país, una marcha festiva, alegre, no diría triunfal, pero sí de mucha satisfacción, de dicha, de felicidad, por estar viviendo estos tiempos interesantes, momentos espectaculares de la historia de México, el estar enfrentando a el conservadurismo rancio y el estar llevando a cabo una transformación… porque estamos arrancando de raíz al régimen corrupto de injusticias, de privilegios.

“Entonces, sí tenemos mucho que celebrar. La mayoría de la gente está contenta. Y no es un asunto de colores, es que estamos llevando a cabo un proyecto de transformación distinto y contrapuesto al que se impuso en los últimos tiempos…

“…Ellos están a favor de las minorías, a favor de las privatizaciones, a favor de la corrupción, están a favor de que se margine al pueblo. No le tienen amor al pueblo, son partidarios de la hipocresía, de la simulación. Son racistas, clasistas, discriminan…

“… La gente viene por su propio pie, por su propia voluntad, porque son millones de mujeres, de hombres libres, conscientes, que respaldan este movimiento…”

“…Ahora los adversarios dicen: ‘México está polarizado’. No, el pueblo de México está unido…

Pero todo eso carece de importancia.

Lo trascedente, lo notable, lo inmortal, lo patriótico, es el “paradón” de Ochoa al disparo en apariencia fatal de Lewandowski en el momento crucial del primer partido del mundial, cuando la esperanza se veía tan frágil como una promesa política mañanera y ese balón representaba el águila caída, la derrota tantas veces anunciada, el fracaso crónico implacable una vez más, pero un hombre capaz de superar el infortunio, supo entender los nervios un tirador derrotado de antemano, a quien de lejos miraba a la cara, mientras aquel, alzaba los ojos al cielo y veía no el arco sino el inmaculado cielo de Catar, por eso Lewandoswski –el mejor delantero del mundo, ¿eh?– disparó un infame calcetinazo telegráfico cuya trayectoria Ochoa adivinó (usemos el lugar común), con reflejos felinos para recostar sobre su costado izquierdo, y abrazar el balón como quien cuida a un crío, como si en el hueco del pecho cupiera toda la patria enfebrecida y agradecida por su hazaña.

La marcha del domingo, debe ser en honor de Ochoa, el mexicano del momento.