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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

Detrás de la debacle del sistema de partidos en las urnas hay una acumulación de decisiones políticas y corrupción que debilitaron a las instituciones. El voto mayoritario contra los grandes partidos colapsó el viejo arreglo del esquema de poder compartido entre tres fuerzas mayoritarias ante una alternativa de fuera del reparto. El hartazgo los expulsó a la oposición y a una larga travesía por el desierto para levantarse en un contexto de pérdida de institucionalidad en el país, que propició la simulación y sus componendas.

El primer partido que intenta comenzar a pararse del mayor desastre electoral de su historia es el PRI, con la renovación de su dirigencia. El páramo en que se levantó el 2 de julio es del tamaño del país, cuando el partido en el poder no ganó ningún estado. Así, la contundencia del castigo por los escándalos de corrupción y los resultados del gobierno de Peña Nieto, junto con la pérdida de competitividad y el divorcio con la ciudadanía, a pesar de que les había dado una segunda oportunidad en 2012. Es tan profundo el descalabro, que su presidenta interina, Claudia Ruiz Massieu, habla de “refundar” el viejo partido que los comicios exhibieron como un cascarón vacío de propuestas y destruyeron el “mito” de la maquinaria electoral capaz de conservar el poder con operación territorial y clientelas.

Pero los priistas apenas inician su largo paso por la oposición, sin un balance claro de la derrota. Los reclamos de traiciones internas y la fuga de cuadros y votos hacia Morena permean sus análisis, junto con el endoso de facturas a la “soberbia e impericia” de la tecnocracia que por décadas se impuso a los grupos políticos identificados con el nacionalismo revolucionario. Incluso, ven el triunfo de López Obrador como el ascenso electoral de esa posición que al interior fue marginada las últimas tres décadas por decisiones cupulares y que se remonta hasta la escisión interna con la salida del PRI de Cuauhtémoc Cárdenas y el propio líder de Morena a finales de los ochenta.

Dejan de lado que desde entonces el país cambió con el ascenso de la pluralidad, que, primero, dejó de caber en un solo partido, y luego, de identificarse con la “partidocracia” y el nuevo arreglo institucional que ofreciera la transición democrática para recuperar confianza y credibilidad al Estado, a través de órganos autónomos y, supuestamente, ciudadanizados. La captura de estas instituciones, a través de arreglos de cuotas, es uno de los saldos negativos de la “partidocracia”.

El PAN, el otro gran partido que se benefició del “tripartidismo” y con dos periodos en la Presidencia después del 2000, está aún más confundido y fragmentado que el PRI. Su riesgo es diluirse en peleas internas, a pesar de tener el campo abierto para construir una oposición desde la derecha del espectro y la reivindicación de la globalización y el liberalismo frente al nacionalismo que recorre a los otros.

Del PRD ni qué agregar, si, como dice su presidente, tendría que cambiar hasta de nombre para sobrevivir. Pero ninguno encaja la responsabilidad de sus decisiones políticas sobre un sistema de partidos corrompido que erosionó la frágil institucionalidad de la democracia y que ahora Morena acaba de cuestionar con el respaldo del voto mayoritario.

El mensaje de las urnas, a favor de un mandato fuerte de López Obrador, expresa también la pérdida del Estado de su institucionalidad por la larga cadena de capturas y omisiones que sofocaron el espacio público, el diálogo y la participación ciudadana. En ese contexto, las fuertes críticas del vencedor de las elecciones contra el INE, por la multa a Morena, profundizarán la desestructuración del frágil sistema de balances de poder y estigmatiza a los contrapesos como expresión de grupos políticos “conservadores que no aceptan el cambio”.

¿Cuál regeneración institucional podemos esperar? ¿Cuál es el papel de la oposición para evitar el regreso de las “aplanadoras” políticas? Hasta que la oposición tenga una respuesta creíble sobre la forma de institucionalizar el ejercicio del poder y promover espacios de reflexión ciudadana, seguirá apenas flotando en el mar de sargazo de los problemas en que encalló su barco.