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La elección de Ciudad Juárez para el primer encuentro con las víctimas es oportuna, no sólo por ser un “epicentro del dolor”, sino por ofrecer al nuevo gobierno un choque con la realidad en la consecución del objetivo de paz.
NÚMERO CERO/ EXCELSIOR
La búsqueda de la pacificación comienza con una selección y recogida de testimonios, voces y casos aprovechables entre escombros, dolor, tristeza y muerte, que ha dejado la violencia en el país. No puede hablarse de un modelo sistemático de actuación pública, esos que se elaboran anticipadamente para dirigirla y encauzarla, es decir, un plan. El esfuerzo por recuperarla tiene punto de partida, pero aún no de llegada, más allá de algunas metas improbables, gestos políticos y saber qué es prioridad para cualquier transformación del país.
El abordaje del mayor reto para el nuevo gobierno arrancó esta semana con los foros de “pacificación y la reconciliación nacional” en Ciudad Juárez, con un primer acierto: escuchar a las víctimas que se cuentan por millares como en los registros de países con conflictos armados. La iniciativa se presenta como lanzadera de una exploración de medidas que Andrés Manuel López Obrador prometió en campaña para devolver la paz, aunque el responsable de seguridad de su equipo, Alfonso Durazo, ya ha ofrecido un calendario para reducir la violencia, en los primeros tres años de la próxima administración, hasta niveles promedio de las naciones de la OCDE.
Por lo pronto, vale destacar la búsqueda de enfoques y soluciones diferentes a las repuestas gubernamentales a la violencia, aunque por ahora, acorralarlas en el falso dilema de la amnistía o la justicia. Una no puede estar separada de la otra, junto con otras medidas como la revisión del modelo de seguridad o la despenalización de drogas, como se ha anunciado.
La elección de Ciudad Juárez para el primer encuentro con las víctimas también es oportuna, no sólo por ser un “epicentro del dolor”, sino sobre todo por ofrecer al nuevo gobierno un choque con la realidad en la consecución del objetivo de paz. En el “pico” de la mayor violencia del gobierno de Felipe Calderón en 2010, la ciudad se situó como la más peligrosa del mundo con 253 homicidios por cada 100 mil habitantes, cuando ya se había proyectado internacionalmente como emblema del feminicidio. Entonces, se puso en marcha la estrategia Todos somos Juárez, para rescatarla del crimen que volcó el respaldo federal hacia ella y que reconocía por primera vez la importancia de la política social para reencauzarla. La tasa de homicidios se redujo a 17, pero el abandono del apoyo en proyectos educativos, sociales y policiales en el actual sexenio derivó en un repunte hasta de 60 homicidios, actualmente.
En el mejor momento de la seguridad, en la última década, la ciudad estuvo cinco veces arriba del promedio de delitos de la OCDE, lo que ofrece un referente de las curvas de la violencia de un fenómeno que rebasa la gobernabilidad y se asienta en crisis de largo plazo como la de la justicia. Como próximo responsable de un Estado incapaz de garantizar la paz, López Obrador tuvo un primer encontronazo con el dolor y la desolación de las víctimas que rechazaron su petición de “perdón” sin recibir justicia.
Su respuesta enmarca con claridad la profundidad del reto en seguridad y el alcance limitado de medidas como la amnistía, si no se inscriben en el trabajo más profundo de la transformación de la justicia o el cambio de modelo de la estrategia de seguridad contra el crimen y las drogas. El recurso político del perdón, al que otros países han recurrido para la reconciliación en conflictos internos, no está peleado con el respeto al Estado de derecho, pero no puede sustituir a la inversión en la transformación de la justicia.
La defensa casi religiosa del perdón sin mecanismos para atajar la impunidad anticipa la repetición del agravio o que aquel recaiga en otros. Eso es lo que advierten las víctimas cuando han visto pasar promesas y palabras sin resolverse sus casos, sin ver cambios ni en la procuración de justicia, ni en la forma de los gobernantes de permanecer ajenos a sus tragedias. La convicción de ponerlos en el centro, o los gestos de López Obrador de dar señales de cambio en su trato hacia ellas, de austeridad y hasta humildad, son sin duda positivos como señal de cambio en el ejercicio del poder, siempre y cuando no sean sólo gestos para la galería.