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El fin de semana, entre Chihuahua y el Monumento a la Revolución, quedó trazada una ruta inquietante para la disputa por el poder en México.

Lo que vimos el sábado y el domingo no fue solamente la movilización en la plaza pública de dos fuerzas políticas enfrentadas —PAN y Morena—, sino el avance de una narrativa que amenaza con profundizar la polarización del país.

La batalla política que se perfila rumbo a 2030 —previa aduana electoral en 2027— comienza a construirse sobre discursos de confrontación en los que los adversarios dejan de ser competidores políticos para convertirse en enemigos de la nación.

Y en ese escenario, el trompo ya está girando y la cara de la pirinola cae en todos ponen.

Porque entre Acción Nacional y el oficialismo morenista se intensifica el intercambio de acusaciones por presuntos vínculos con el crimen organizado y por supuestas traiciones a la patria derivadas de apoyos o respaldos extranjeros.

En la movilización de respaldo a la gobernadora Maru Campos —a la que asistieron los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón, quienes no compartían un acto político de esta naturaleza desde dos décadas—, la mandataria chihuahuense lanzó un mensaje que trascendió las fronteras de su estado:

“La historia recordará a quienes traicionaron a la patria al hincarse ante el crimen organizado y los libros de historia van a escribir su nombre con todas sus letras: Morena, 4T, narcogobierno”.

Y remató:

“México recordará que el final de este régimen empezó aquí en Chihuahua”.

No hablaba ya sólo como gobernadora. Hablaba para el escenario nacional.

Un día después, desde el Monumento a la Revolución, la presidenta Claudia Sheinbaum respondió en sentido contrario.

No sólo calificó de hipócritas a los expresidentes panistas. También acusó a la ultraderecha estadounidense de aliarse con sectores de la derecha mexicana para influir en la vida política y electoral del país.

Pero en su encendido discurso dominical, la jefa del Ejecutivo también pareció tomar un camino sin retorno: envolverse —junto con Morena— en la bandera de la soberanía nacional, cerrar filas en torno a los suyos porque, según su narrativa, “vienen por unos y luego vendrán por otros”, y dividir la arena política entre patriotas y traidores a la patria.

Al colocar en el centro del discurso oficial la presunta intención de grupos estadounidenses de intervenir en los asuntos internos de México, la presidenta añadió nuevos elementos de tensión a una relación bilateral que ya de por sí atraviesa momentos complejos.

Sus palabras sobre el injerencismo extranjero y la defensa de personajes señalados por presuntos vínculos con el crimen organizado tuvieron una respuesta inmediata.

El embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, publicó en su cuenta de X un mensaje que merece atención:

“La lucha contra los cárteles debería unirnos, no dividirnos. La gente a ambos lados de nuestra frontera quiere vivir segura y en paz. Merecen libertad de la intimidación, la corrupción y el miedo que infligen los cárteles. Cada momento dedicado a convertir este desafío compartido de seguridad en una disputa política es una oportunidad perdida para fortalecer nuestra asociación y proteger a las personas a las que servimos”.

En ese contexto, lo ocurrido durante el fin de semana fue algo más que un intercambio de acusaciones. Fue la construcción de dos relatos enfrentados.

Desde Chihuahua se acusó a Morena de haberse entregado al crimen organizado.

Desde el Monumento a la Revolución se presentó a la oposición como una derecha dispuesta a buscar respaldo extranjero para debilitar al movimiento gobernante.

Y cuando los actores políticos comienzan a describirse mutuamente no como adversarios, sino como amenazas para la nación, la polarización deja de ser una estrategia electoral para convertirse en una forma de ejercer el poder.

En X: @castroclemente

castroclemente@gmail.com

Vía @LineaPoliticaMX