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Al caer en Mérida el avión que tripulaba, Pedro Infante cruzó el espacio hacia la inmortalidad, aunque quizá la leyenda comenzó a tejerse desde el momento mismo en que sedujo a millones de mexicanos con sus canciones, películas y presentaciones, pero sobre todo, con su bonhomía. Este es el recuento de sus últimos años en Mérida, Yucatán, lugar donde vivió apaciblemente y en el que sus recuerdos perduran como si hubiese partido ayer. Entrevistas a familiares, amigos y testigos de la tragedia, conforman este trabajo periodístico, que se publicó originalmente en la Revista de México/ Gentesur. El reportaje se enriqueció con imágenes, muchas de ellas inéditas, del fotógrafo Héctor García, quien acudió de inmediato al lugar del accidente de su amigo Pedro, al que acompañó en su trayecto de vuelta a la ciudad de México. El pasado miércoles se conmemoraron los 63 años de su muerte, y por vez primera, debido a la emergencia provocada por la pandemia del coronavirus, fue suspendido el homenaje de familiares, amigos y seguidores, encabezado por Lupita Infante Torrentera, con el que tradicionalmente se le recuerda, frente a su tumba en el panteón jardín de la Ciudad de México.

UNA DE LAS HÉLICES DEL AVIÓN DE PEDRO. Como uno de sus más preciados tesoros, don Rubén Canto Sosa, propietario de la casa donde se estrelló el avión de Pedro Infante, guardaba una de las hélices de la aeronave accidentada. Para don Rubén —fallecido en 2009—, la figura del ídolo se había convertido en una imagen familiar muy querida y aún se le recuerda con respeto y cariño. En la imagen, el periodista Alberto Carbot sostiene la histórica reliquia

El aire cálido de la mañana de marzo que golpea nuestros rostros y alza el cabello hasta pegarlo firmemente a las orejas mientras enfilamos sin tráfico rumbo al aeropuerto de Mérida, con las ventanillas abiertas, no debe ser distinto al de aquel amanecer del 15 de abril de 1957.

Y en este momento, creo percibir a Pedro Infante surcando a gran velocidad el asfalto de la entonces calle Aviación, poco transitada y con largos predios rústicos que conformaban hace más de medio siglo los suburbios citadinos. Lo imagino vestido con pantalón caqui, chamarra corta de aviador y lentes Ray-Ban oscuros, a bordo de su poderosa Harley Davison, color rojo, para recorrer en pocos minutos los casi 3 kilómetros que separan su casa, en Itzaes 587, del aeródromo meridense.

Está en pie desde las 5 de la mañana y tiene premura de volver a la ciudad de México.

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Mientras aprieta firmemente con las piernas el chasis de su motocicleta y la vibración de los vigorosos caballos de fuerza del motor se transmiten desde sus manos que empuñan el manubrio, hasta su espina dorsal, piensa que en la capital le aguarda una larga y agotadora jornada.


Ya ha recibido, desde temprana hora, la visita de una joven mujer mestiza, de aspecto humilde, que en la banqueta esperó se encendieran las primeras luces de su casa y a que Trinidad Romero, su trabajadora doméstica, le abriese el discreto portón de largos tubos metálicos beige y la hiciera pasar hasta el vestíbulo.


Aún sin desayunar —luego de escuchar un angustioso relato de la humilde muchacha—, de su bolsa extrae un pequeño fajo y toma un billete de 500 pesos que ella recibe emocionada, agradecida. Lo colma de bendiciones. “Cómprale las medicinas a tu hijo y espero que se alivie. Ahí cuando regrese, me dices cómo sigue”, le dice con gesto preocupado, no muy habitual en él.


La ansiedad no es su característica. Por eso, cuando el velocímetro de su Harley rebasa las 70 millas, acercándolo velozmente al campo aéreo, la adrenalina que surca sus arterias, lo hace de nuevo fuerte, lo libera momentáneamente y le despoja por un corto lapso del recelo persistente desde el día anterior, por lo que intuye afrontará en términos legales en pocas horas, una vez en la ciudad de México.


Y ese mismo golpe del aire sobre nuestros rostros, y esos paisajes antaño poblados por hierbas, arbustos y algunos árboles y palmas, hoy transformados en edificaciones habitacionales o comercios —luego de más de media centuria de desarrollo poblacional—, me llevan a recrear también su corta estadía en el hangar de Transportes Aéreos Mexicanos (TAMSA), flanqueado por su apoderado y hombre de todas las confianzas, Ruperto Prado Pérez.


Él le sigue el paso, acompañado por uno de los funcionarios de la compañía aeronáutica hasta el enorme avión carguero XA—KUN, un Hércules Liberator Vultee B24J de cuatro motores y doble timón de cola, que durante algunos años había servido al ejército de Estados Unidos.


La aeronave está cargada casi hasta el límite de su capacidad, con varias toneladas de pescado —que por la cuaresma serán distribuidas en los mercados de la ciudad de México—, telas, otros productos perecederos, además de 2 perros, un loro y un mono, que obsequiará a su llegada.


Como se trata de un vuelo sin escalas, los tanques se han llenado a toda su capacidad y la nave de 17 toneladas y casi 34 metros de envergadura, a las 7:35 de la mañana, está lista para iniciar su despegue.

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Desde la pequeña torre de control, la operadora de TAMSA, Carmen León, escucha vía radio la voz tan familiar de Pedro Infante, y la del capitán Víctor Manuel Vidal, que le informan que todo se halla en orden para despegar. Solicitan autorización para iniciar el vuelo en el que también viaja el mecánico Marciano Bautista Escárraga.


Abajo, en tierra, el capitán Edgardo Alatorre contempla como el avión se pierde en el azul horizonte de la zona Maya. Se resigna a su suerte, pero no está a disgusto que su amigo, al que le agradaba le llamasen de manera afectuosa capitán Cruz, con 2 mil 989 horas de vuelo computadas, le haya solicitado ocupar su lugar, ante la urgencia de estar ese mismo día en México para atender un delicado problema familiar.


Cinco o diez minutos después —“apenas dos” reseñan algunos—, el avión, cuya máxima velocidad era de 450 kilómetros por hora, comienza a registrar graves problemas. Uno de los motores presenta complicaciones. La nave pierde altura, bambolea, y sus tripulantes intentan maniobras desesperadas en plena zona urbana de Mérida, mientras enfilan rumbo al aeropuerto de donde apenas despegaron.


Todo es inútil.


El avión, a gran velocidad y en medio de un ruido ensordecedor, después de sobrevolar algunas viviendas, cae violentamente en picada sobre unas casas de las calles 54 y 87, a menos de kilómetro y medio de la pista.


En su mortal descenso, la aeronave irrumpe violentamente entre los hogares, desparrama su contenido en más de 500 metros cuadrados y la conflagración producida por el combustible y los restos metálicos, cobra otras 2 víctimas, además de los tripulantes.


Será oficial en unos cuantos minutos, cuando el espanto y la confusión aminoren, el humo y las llamas comiencen a extinguirse y la irrespirable mezcla de aceite, gasavión, pescados, lienzos de blanco organdí, sedas orientales y restos humanos carbonizados disminuya: Pedro Infante ha muerto.

¡EXTRA! “Un tetramotor carguero de Transportes Aéreos Mexicanos se estrelló esta mañana en el patio posterior de un predio de la calle 54 Sur de esta ciudad y perecieron sus tres tripulantes, incluyendo el actor del cine mexicano Pedro Infante Cruz, y una joven que se hallaba cerca de la escena del desastre. Entre los escombros de la cabina del avión, se extrajeron, totalmente carbonizados, los cadáveres del copiloto Infante, el piloto Víctor Manuel Vidal y el mecánico Marciano Bautista”, reseñó la edición especial del Diario de Yucatán el 15 de abril de 1957. La imagen fue captada por Héctor García.

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En Mérida parece una afición hablar de su accidente. Casi todos, hasta los más jóvenes han escuchado historias referidas por sus ancestros, que les contaron que vieron caer el avión o estuvieron en el sitio de la conflagración.

Los menos, aseguran que sus familiares tuvieron la oportunidad de conocer personalmente al ídolo mexicano fallecido a punto de cumplir la cuarentena y que en los últimos 6 años de su vida eligió esta zona peninsular del territorio mexicano para radicar intermitentemente. Se casó con la jovencísima actriz Irma Dorantes y dejó honda huella por su bonhomía y trato de igual a igual con sus pobladores.

Simplemente lo adoran

—¿Tú también escuchaste hace 50 años el ruido del avión al volar con el motor incendiado sobre las casas y la explosión al caer? —le pregunto a Ariosto Aké, un profesor meridense jubilado, de aspecto muy jovial y gran promotor de la cultura musical yucateca, al par del comunicador Roberto Mc Swiney.


“Sí —me dice emocionado—: hace más de 50 años vivía muy cerca de allí, a unas cuantas calles de donde se estrelló. Mientras jugábamos, el avión pasó en medio del estruendo de sus motores, casi rozando los tejados de lámina de mi casa.


“Era lunes y no había clases, porque comenzaba la Semana Santa. Y es curioso: como niños, nos cuesta trabajo levantarnos temprano para ir a la escuela, pero cuando hay días de asueto, queremos despertar al amanecer, para aprovechar todo el día con nuestros juegos.


“Nos entreteníamos construyendo papalotes y esa mañana brincamos muy asustados por el inusual estruendo del paso del avión, del cual sólo apreciamos su sombra, y luego, inútilmente volvimos los ojos hacia el cielo.


“Después vino la enorme explosión y los gritos angustiosos de los vecinos. ¡Se cayó un avión; se estrelló un avión!, gritaban. ¡Vamos a verlo!, dijimos. Y corrimos hasta el lugar. Nunca nos imaginamos la gran destrucción provocada, y mucho menos que se trataba de Pedro…”


A la postre, resultaron casi proféticas las palabras de la luminaria. Don Ismael Rodríguez, quien lo dirigió en 16 filmes —durante una larga entrevista sostenida en 1976 con la investigadora Eugenia Meyer, ganadora de la prestigiosa beca Guggenheim, para la investigación y la creación artística—, recuerda que Pedro le confió:


“Sé que me voy a morir en un accidente de aviación y te prevengo; somos el trío triunfador. Primero fue La Chorreada (Blanca Estela Pavón), en avión. Yo me voy a dar en la madre en avión, y tú, lo mismo…” le vaticinó a Rodríguez. Sólo el último pronóstico no se le cumplió a Pedro.

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Durante largas tertulias con el prestigiado fotógrafo Héctor García y su esposa María, Pedro Infante fue marco referencial de nuestras charlas, muchos, muchísimos años después de su muerte. Héctor hablaba del ídolo como de un amigo entrañable, con un sincero dejo de dolor por su trágico deceso, pero también satisfecho al recordarlo posando pícaramente para él en los sets de los estudios cinematográficos.


Por ejemplo, filmando Tizoc, al lado de María Félix, La Doña, en sus espectáculos públicos o sus sesiones de grabación en las disqueras. También recordaba sus inolvidables visitas a la casa de Cuajimalpa.


Héctor lo captó en vida y también estuvo presente en Mérida, a muy pocas horas de haber ocurrido el percance. Algunas de sus charlas conformaron parte sustancial de su biografía Pata de perro, de la periodista Norma Inés Rivera, que publicó Conaculta.
Y haciendo a un lado el dolor de haber perdido un amigo, como debe hacerlo un buen periodista, siguió entonces el drama en toda su extensión. Lo mismo en el sitio del desastre, que en la funeraria, donde los restos calcinados de Pedro Infante fueron colocados en una caja especial que se depositó luego en un ataúd de madera que llevó sus restos mortales hasta México.


“Pedro —me confió Héctor— era una persona muy amable, abierta, sencilla y respetuosa, cuya mayor prioridad era la actuación. Se preparaba con mucho empeño para hacer frente a esa popularidad ganada especialmente en el cine, y no fallarle a su gente.


“A mí, como a todos, me dolió mucho su muerte. Cuando nos enteramos del accidente, Octavio de Alba, director de Cine Mundial, me dijo: Héctor, tu amigo Pedro Infante se ha estrellado en Yucatán. Aquí tienes un boleto para ir a cumplir tu misión.


“Y salí para Mérida para encontrar los restos del aparato, regados por todas partes, confundidos entre cientos de metros de sedas orientales y pescados desperdigados entre la maleza típica de la tierra maya.


“Cuando veo las fotografías que tomé en esa ocasión, los lienzos de tela esparcidos, me parecen un sudario inmenso que cubren los restos de Pedro y de un ave mortalmente herida que no pudo continuar el vuelo.


“Como todos los artistas, era cuidadoso de su imagen y qué mejor que tener un buen perfil textual, lo que escribían sobre él los periodistas, y otro gráfico, de los muchachos de la lente, porque muchos de sus seguidores se le entregaban y atesoraban sus fotografías; así que las mejores tomas eran importantes para Pedro.


“En su casa en la carretera vieja a Toluca, hizo instalar algo semejante a un simulador de vuelo moderno, un cuarto especial, como el cuarto oscuro donde los fotógrafos nos metemos a revelar.


“Así que yo me daba cuenta del cuidado con el que Pedro se entregaba a su afición por conducir aviones; de volar como un águila, para lo cual se requiere el don, la precisión y sobre todo, de ese cálculo exacto y perfecto con el que las aves vuelan sobre la espuma del mar, los espesos bosques o los picos de las montañas.


“¡Qué sensación maravillosa la de poder flotar y encontrar el camino por los aires!


“Pero el hombre era el mismo en una u otra circunstancia y en ambas tuvo la fortuna de encontrar la satisfacción que da el hacer bien las cosas; cierto que fue por su calidad como intérprete del sentir popular que alcanzó el lugar del que nadie ha podido destronarlo.


“En Mérida, las autoridades nos dieron muchas facilidades para hacer nuestro trabajo, un gran apoyo, porque como el ídolo que Pedro era, se preocuparon de informar fielmente a su público sobre el fatal acontecimiento”, reseña. Agrega:


“Entre esta serie de fotos, destacan las del infausto accidente, el sitio del impacto rodeado de soldados y curiosos y las de la imagen desolada de su mujer, Irma Dorantes, a bordo del avión que transportaba su cuerpo hecho pedazos, que fue reconocido por la enorme esclava de oro que siempre portaba en la muñeca derecha.


“Mis compañeros sabían que yo tenía una divisa ante cualquier situación: capturar el hecho tal cual; no mezclar emociones, actuar con serenidad, eficacia y rapidez, pero sobre todo, con objetividad. Pero en esa ocasión, lo reconozco, me embargó una gran tristeza y estuve al punto del llanto, por la enorme pena de esa terrible desgracia.


“Cuando por vía aérea regresamos a México transportando el ataúd de Pedro, no quisimos permanecer sentados y de manera respetuosa, montamos una guardia silenciosa y muy sentida ante su féretro.

PESADUMBRE. A bordo del avión XA—XEY de TAMSA, Ángel Infante se muestra abatido ante el féretro que contiene los restos de su hermano. Al llegar a la capital del país, el ataúd de madera forrado con terciopelo, fue cambiado por uno de metal. Posteriormente, en el Teatro Jorge Negrete, la comunidad artística y el pueblo en general le rindieron un sentido homenaje. Entre los pocos reporteros que viajaron en el avión, Héctor García, enviado de Cine Mundial y autor de las oportunas gráficas.

“Fue nuestra manera de rendirle homenaje al amigo que se había ido, que había volado como siempre fue su sueño, para alcanzar las alturas. Tristes y dolidos, comentábamos cómo había sido él; lo recordábamos y alabamos con mucho sentimiento. A su sepelio en el Panteón Jardín, acudieron miles de personas y el cortejo estuvo acompañado por miembros del escuadrón de motociclistas que hiciera famoso, junto a Luis Aguilar, en ATM, A toda máquina.


“La larguísima comitiva mortuoria fue la prueba tangible del gran amor que le profesaba su pueblo, cariño que se mantiene vigente hasta el día de hoy”, me dijo entonces Héctor García.
¿Quién no recuerda a Pedro Infante? “En el mundo intelectual se debate si es un compendio de mexicanidad, o si él mismo es el que ha moldeado mucho de la idiosincrasia del mexicano actual” asegura la escritora Guadalupe Loaeza.


“Décadas y décadas de cine por televisión en las que, una y otra vez, hemos permanecido arrobados ante su forma de ser, son reforzamientos que no pueden tomarse a la ligera, pues indudablemente han dejado huella”.


Sin duda alguna sobre ello, emprendo entonces, bajo la experta guía de Ariosto Aké, un amplio recorrido por los lugares que él transitó hasta el día de su muerte, que nos llevará no sólo a conocer a amigos que fueron muy queridos del ícono mexicano —como Wilberth Wilo Rosel, su joyero, recientemente fallecido, a quien Pedro bautizó cariñosamente con ese nombre, pleno de anécdotas—; los testigos de la caída del avión en el mismo sitio de la tragedia e incluso el hogar que lo cobijó en esta ciudad y desde donde partió esa mañana de abril, rumbo a la inmortalidad.

Los recuerdos de Wilo sobre su generoso amigo Pedro

¬—Como en esa época no disponíamos de teléfono en la joyería, unos vecinos nos venía a avisar que teníamos llamada y en cuanto Pedro me hablaba —con permiso o no de mis padres— me iba con él. Hacíamos ejercicio en su gimnasio, nadábamos en su piscina y luego bebíamos mucho café, que se hacía a punto en una moderna cafetera importada, que él había adquirido —me reseñó Wilo.


“Al rato, me enviaba a comprar panuchos, hasta la Xpil, una lonchería famosa, que le hacía unos enormes, de a 5 pesos, cuando los normales sólo costaban 50 centavos.


“Alguna vez me tocó presenciar como unos estudiantes que acababan de concluir sus estudios —muy nerviosos ante su presencia—, llegaron a solicitarle su participación en una fiesta a fin de recaudar fondos para su graduación.


—Muchachos, ¿cómo cuánto piensan obtener si yo canto?, —les preguntó.


—Unos 2 o 3 mil pesos, señor, le respondieron. Y él, echando la mano a su bolsa del pantalón, les dijo:


—Aquí tienen mi cooperación. Ahí están los 3 mil. Y se despidió cariñosamente de ellos.


“Así era él, Pedro tenía un corazón de oro”, decía Wilo con nostalgia, por el amigo ausente. Después me mostró una rara y poco conocida fotografía de Pedro Infante, en color sepia, al timón de una aeronave de TAMSA en 1956, quizá el mismo tetramotor Hércules, en el que perdiera la vida un año más tarde. Su actitud circunspecta, de mucha concentración mientras vuela, contrasta con la habitual imagen alegre y lozana, que le ganó millones de admiradores en el mundo.

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En alguna pausa del camino, José Ernesto Infante Quintanilla, su biógrafo y sobrino, me confirmará que Pedro “poco a poco se volvió una presencia cotidiana en Mérida. Paseaba por la plaza mayor y nadie se sorprendía al verlo comer en algunos restaurantes del centro o en el mercado municipal, comprando panuchos elaborados especialmente para él y saludar a vecinos y amigos mientras se tomaba un aperitivo en La gatita blanca o caminaba por el barrio de Santiago.


“También viajaba a las playas de Chelem, Yucalpetén y Progreso. Era un paseante habitual del barrio de San Sebastián, muy próximo al antiguo rastro de Mérida, donde seguramente visitaba a alguna chica”.


Después, el propio Wilo, allá en el pequeño despacho de su céntrica joyería, situada en el portal de la casa donde residía —y quien lo acompañó muy joven a la filmación de Tizoc, en Morelos—, me mostraría algunas de las piezas que el recordado actor y cantante le pedía elaborar en oro de 14 kilates para varios de sus amigos, entonces prósperos hacendados henequeros, pero sobre todo, amigas, que le merecían un trato es-pe-cia-lí-si-mo.
Pedro hizo 2 copias más de su famosa esclava: una para obsequiársela a María Félix y otra, a su director de cabecera Ismael Rodríguez. Por igual, trabajó un anillo, con un enorme diamante de 5 kilates.


Pero también elaboró muchas alhajas destinadas a Silvia Pinal y a las actrices españolas Carmen Sevilla —que lo había impactado especialmente—, y Sarita Montiel. Pero entre sus confidentes más dulces y cercanas, se hallaba Lilia Prado, su amiga incondicional, quien realizó con él varios viajes a Mérida para tomar el sol a su lado.


En Puerto Progreso existe una casa que probablemente adquirió Pedro a través de algunos amigos, y allí pasó su luna de miel con Irma Dorantes.

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En Mérida, la huella de Pedro Infante está por todas partes. Muchas veces, en pantuflas, recorrió las calles del centro de la ciudad. “Algunas ocasiones dejaba su moto o su coche y llegaba a buscar a mi padre o a mí, a bordo de una calandria y de inmediato entraba, pedía un papel y dibujaba sobre él un boceto de la joya que quería le fabricáramos. Siempre traía en la bolsa del pantalón un fajo de billetes de muy alta denominación y sin chistar, pagaba los trabajos por adelantado y luego me daba muy generosas propinas”, rememoraba nostálgico Wilo.


Y como rescatando en el tiempo sus recuerdos, hablaba de sus momentos al lado del ídolo, en su casa de Itzaes 587 esquina con calle 73, a donde paradójicamente el cuerpo de Pedro retornó horas después, por última vez, para que el pueblo de Yucatán le rindiera homenaje.


El lugar, de casi 5 mil metros cuadrados, donde confluían árboles frutales y decenas de multicolores bugambilias, constaba sólo de 3 recámaras, sala—comedor, un gimnasio, un pequeño asador y una alberca que Pedro había diseñado especialmente y donde se zambullía después de hacer ejercicio.


En esa ocasión, en 2007, por una deferencia especial, luego de casi 48 años de no volver a ella, Wilo aceptó hacer un breve recorrido.


Por algunos instantes, frente a Ariosto Aké y Pepe Infante, se mostró desconcertado por las innumerables y eclécticas transformaciones, en las que prevalecía la chabacanería y el mal gusto, con que se realizó la reconstrucción al poco tiempo de la muerte de Pedro.


Ruperto Prado Pérez, su apoderado y propietario legal, a la muerte del ídolo, la utilizó como alojamiento para los pilotos de TAMSA, compañía que desapareció en 1960 cuando pasó a formar parte de Mexicana de Aviación. Luego, la vendió en 200 mil pesos al joyero Alfonso García, quien la convirtió en hotel y en 1962 inició la construcción de 8 habitaciones, de las más casi 80 con que el Hotel Boulevard Infante cuenta actualmente. A la muerte de García, su hijo vendió nuevamente el lugar y fue Juvencio Sosa Chacón, originario de Abalá —fallecido el 17 de abril de 2015—, quien facilitó la instalación de la galería Amorcito Corazón, que desde abril de 2008 dirige Bekina Fernand, su fundadora.


Gracias a su incansable tarea, el sitio alberga muchos artículos relacionados con el ídolo mexicano, entre ellos su caja fuerte, pequeños fragmentos del avión, ropa y algunas pertenencias del actor, así como discos, carteles y fotografías cedidas por coleccionistas, admiradores y la propia familia Infante.

El recuerdo de la leyenda. ¡Aquí cayó Pedro! Relato de los testigos

Como uno de sus más preciados tesoros, don Rubén Canto Sosa, propietario de la casa donde se estrelló el avión de Pedro Infante, guardaba una de las hélices de la aeronave accidentada. Esa mañana, el inmueble, situado en la esquina de las calles 54 y 85, propiedad de sus padres, fue violentamente sacudido por la explosión y el golpe demoledor del aparato al precipitarse a tierra, sin control, sobre las humildes casas de entonces, aunque el barrio, hoy, a más de medio siglo del trágico suceso, al exterior no sea muy diferente a cualquiera de esta región del trópico peninsular.


En esa época el área estaba conformada por algunos terrenos arbolados y las viviendas de la zona, en su mayoría con techo de palma o lámina de zinc, se hallaban divididas entre sí, por medio de albarradas pedregosas, bardas de regular tamaño, legado de los antiguos mayas, quienes las utilizaron como murallas defensivas.

Pormenores del accidente

El lunes 15 de abril de 1957, sólo 3 personas se hallaban en la casa de don Rubén: su madre, Genoveva Sosa, su hermana María Andrea y Zoila, una empleada doméstica de la familia.


Los pormenores del accidente le fueron transmitidos escasos minutos después de ocurrido el percance, ya que él se hallaba en Cacalchén.


“Ahí me dijeron que por la radio habían oído que un avión se había estrellado en casa de mi madre y que parecía que había muerto Pedro Infante. Al principio creí que era una broma, pero cuando llegamos con mi esposa, nos encontramos, aquí mismo, un panorama atroz, espantoso: había pedazos del avión por todas partes, mucho humo, cenizas y todavía algunos incendios; parecía que hubiese estallado la guerra”.


Canto Sosa, durante esa entrevista sostenida 2 años antes de su fallecimiento en 2009, y publicada en su momento, recreó los hechos trágicos.


Recordaba que sus familiares se hallaban en estado de conmoción.


“Mi hermana Andrea me platicó entonces que por el tamaño de las llamas, todos se pegaban a las paredes para protegerse.


“A un costado de nuestra casa, se hallaba una carpintería, y ahí Balti (Baltazar Martín Cruz) uno de los jovencitos, hijo de don Isidro, el carpintero, al salir corriendo le cayó parte del combustible del avión y sufrió graves quemaduras, un hecho casi idéntico al de la muchachita Ruth Rosel Chan, aquí muy cerca, donde teníamos el patio.


“Finalmente, además de los tripulantes, hubo otros 2 muertos, aunque muchos otros también resultaron gravemente quemados —dice don Rubén—, como el joven Enrique Gallardo y 2 jovencitas, una de ellas muy amiga de mi hermana, llamada Fanny Pérez, enferma de sus piernas y otra, Dolores Loria”.
Como testigos inesperados del mortal accidente, vieron pasar por la puerta de su propia casa, el cuerpo calcinado de Pedro Infante y del resto de sus compañeros.


“Los recogieron, pero cuando quisieron ponerlos sobre las lonas en las que se los llevarían hasta la ambulancia, los cuerpos se desarticulaban”.


Más tarde, mientras procedían ellos mismos al rescate de unos muebles de la casa, hallaron algunas extremidades de los tripulantes.


La etapa de limpieza requirió varios días “y hasta ya nos habíamos acostumbrado a ver rondando los soldados por nuestro hogar”, señaló. También comentaba que hubo muchas personas que se aprovecharon del accidente:


“Algunos, como pudieron, cargaron con grandes rollos de telas; otros, cuando comenzó el proceso de indemnizaciones, manifestaron que habían perdido todas sus cosas. Muchos, desgraciadamente lucraron con el accidente. Nosotros no pedimos nada”.

TESTIGOS DE LA HISTORIA. La casa de la familia Canto Cevallos, situada en la esquina de las calles 54 y 85, sufrió los embates del trágico accidente. Hoy, a más medio siglo, la tienda de abarrotes La socorrito, afectada entonces por el avionazo, continúa funcionando. En el amplio predio de la familia de Rubén Canto Sosa se ha erigido un busto conmemorativo, que año con año es punto de encuentro de miles de fanáticos del ídolo mexicano, que compite con la estatua de bronce erigida en su honor en la Glorieta de las cinco calles, que se construyó con casi 3 toneladas de llaves solicitadas por Luis Manuel Pelayo a sus televidentes en 1976 (Fotos: Alberto Carbot)

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A unos cuantos metros de la casa de don Rubén, sobre la calle 85, habita otra de las sobrevivientes, María de los Ángeles Chan Cimé, hoy de 87 años, prima de la joven Ruth Rosel. Ella pudo testificar el hecho, dado que ese lunes se hallaba enferma en casa, y esperaba el arribo del médico.


Por ese hecho fortuito, pudo ver desde su cuarto, el momento en que el avión de TAMSA, “en medio de un ruido espantoso, pasó a unos cuantos metros”, para estrellarse finalmente en el patio de su hogar, que hoy dista mucho de aquella humilde morada, donde fue velada su prima, instante que fue captado para la posteridad por la cámara del gran fotoperiodista Héctor García.


Doña Ángeles construyó una pequeña piscina, situada a unos cuantos metros de donde cayó el avión de Pedro, proceso de excavación durante el cual, comentó, “todavía los albañiles hallaron pequeños pedazos de la aeronave. Imagínese entonces la fuerza del impacto en ese fatídico día”, dijo aún sorprendida. Y volvió a retomar la crónica de ese lunes 15 de abril de 1957:


“Cuando se desplomó el aparato, lo primero que hice, al ver el fuego y escuchar las explosiones, fue salir velozmente a la calle, al igual que el resto de la gente. Todo era confusión, el terror era inmenso. Sólo alcancé a abrazarme de una vecina, porque la angustia a lo desconocido, prácticamente nos clavaba a la tierra.

LUGAR PRECISO DEL IMPACTO. María de los Ángeles Chan Cimé, quien presenció el histórico accidente, señala el lugar exacto donde el morro del fuselaje del avión de Pedro Infante se impactó en el solar perteneciente a su familia, lo que provocó además la muerte de su prima Ana Ruth y la del pequeño ayudante de carpintería, Baltazar Balti Martín Cruz. Su casa se ubica en el número 484 de la calle 85 de la ciudad de Mérida. (Foto: Alberto Carbot)

“Toda la calle se cubrió de fuego, combustible, telas, pescados y restos de palmas y árboles quemados, que incluso fueron a parar a sitios muy lejanos del área del impacto. Me puse a llorar como una histérica. Estuve tan mal, que durante 3 o 4 días, no tuve valor ni para acercarme a la casa, aunque hice todo lo posible para asistir al velorio de Ruth; no quería enfrentarme a la realidad.


“Nos dolió, claro, la horrible muerte de mi prima, la de los pilotos del avión y la del muchachito Balti, pero a pesar de que el resto de los cuartos de mi casa estaban como a 15 metros de donde se estrelló y destruyó las albarradas de unos 4 terrenos de esta zona, milagrosamente mi casa quedó intacta, no se quemó, como sí les ocurrió a muchas otras”, relataba con ademanes muy expresivos.


“Sólo el patio quedó destrozado donde picó el avión y explotó.

Algunas casas de paja situadas frente a la calle donde vivo, fueron consumidas por el fuego, no así una construcción hecha de piedras muy pequeñas, que todavía se conserva igual desde el día del accidente. Fue muy duro todo y la gente, por más de 2 años, no dejó de venir por estos rumbos, como en romería”, concluye.

Los homenajes a Pedro

Hace muchos años, el terreno donde se halló la cabina del avión, fue cedido por don Emilio Canto, padre de don Rubén, a Ruperto Prado, el apoderado del ídolo, para erigir un modesto monumento piramidal, que se mantuvo algún tiempo. Sin embargo, al fallecer el hombre de todas las confianzas de Pedro, sus descendientes vendieron el terreno como suyo a unos particulares, y el monolito fue destruido.


Empero, en el costado de su casa, sobre la calle 85, la familia Canto Sosa colocó un pequeño busto para honrar su memoria, que por su importancia histórica, rivaliza en popularidad y festejos conmemorativos con la enorme estatua ecuestre, hecha a instancias de Luis Manuel Pelayo y que originalmente se colocaría en el terreno donado por el padre de don Rubén.


“Nos engañaron, pero no importa”, decía él resignado, pero también satisfecho de que su familia continuase patrocinando el multitudinario homenaje que conmemora el fallecimiento de Pedro Infante y que hoy exitosamente encabeza su hijo Luis Canto García.


Es un gran festival al que cada año asisten cientos de admiradores, turistas, familiares, cantantes y deportistas, y que también compite con otro organizado desde hace más de 20 años frente al monumento ecuestre del ídolo mexicano, además de las actividades culturales promovidas por la también comunicadora Bekina Fernand, presidenta de la galería Amorcito Corazón.

José Infante Quintanilla, el biógrafo de su famoso tío y autor del libro “Pedro Infante, el ídolo inmortal“

Las luces discretas del café bar del centro cultural Dante, en Mérida, invitan a la bohemia. Por entre la treintena de concurrentes, la mayoría personas adultas, destaca una figura, cuyo porte y perfil evocan a la distancia la imagen del ídolo sinaloense.


Y por ello, luego no causa extrañeza que a petición de muchos de los asistentes, irrumpa al escenario José Ernesto Infante Quintanilla y al entonar con mucho sentimiento la canción Cien años, recuerde al personaje que pervive en el imaginario popular, a medio siglo de haber fallecido.

PEPE INFANTE Y EL JOYERO WILO ROSEL. En 2007, luego de más de 47 años de no poner un pie en lo que fue la casa de Pedro Infante, en avenida Itzaes 587, en cuyo gimnasio muchas veces entrenó con pesas y pasó largas jornadas acompañando al ídolo, Wilberth Eduardo Wilo Rosel Zapata, su entonces joven joyero de cabecera —fallecido el año pasado—, con nostalgia evocaba cómo estaba conformado originalmente el inmueble. Incluso, la alberca fue modificada y después el lugar, convertido primero en un bar y posteriormente en un hotel que desde 1962 ha sufrido múltiples transformaciones.

Autor del libro Pedro Infante, el ídolo inmortal, publicado por editorial Océano —un compendio bien estructurado de la vida del ícono nacional, ilustrado profusamente—, Pepe, como afectuosamente le llaman sus amigos, comentará luego, que “son innumerables las anécdotas de Pedro Infante, durante su permanencia en Yucatán, concretamente en Mérida. Su identificación con esta ciudad fue absoluta y realizó muchas presentaciones en el teatro Peón Contreras, en la plaza de toros de la localidad y en varias haciendas henequeneras”, me cuenta José Ernesto, tiempo después de la primera vez que conversamos en la capital yucateca.


“Como lo explico en el libro —cuya tercera edición publicó Oceano/exprés en 2015—, Pedro Infante compraba propiedades, cuidaba de sus inversiones en TAMSA, adquiría vehículos y motocicletas de lujo y poco a poco se convirtió en una presencia cotidiana en la región.


“Mi tío tenía defectos, como cualquier ser humano; a lo mejor no llegó a tener una pareja fija, exclusiva, pero siempre fue muy responsable; de eso no me queda la menor duda” —agrega.
“Asimismo apoyaba mucho a su familia; cuando alguien atravesaba una situación difícil ahí estaba él presente para apoyarlos económicamente o conseguirles trabajo.


“Seguramente jamás pasó por su cabeza que moriría relativamente joven, a los 39 años. Él nació el 18 de noviembre de 1917 y en el momento de su muerte se hallaba en plenitud de facultades. Incluso, estaba todo listo para que filmara en caliente la vida de Guty Cárdenas.


“En el Museo de la Canción de Mérida existe el ejemplar de un periódico de la época, en el cual la mamá de Guty Cárdenas afirmaba que al único que autorizaba para interpretar a su hijo, era a mi tío. Y digo que la filmaría en caliente, porque al mismo Pedro le urgía interpretar a la brevedad el papel de Guty, porque él muere asesinado, a los 27 años y Pedro ya iba a entrar a los 40, y si pasaba más tiempo seguramente no daría ese perfil de joven que requería la cinta”.

Despejar muchas dudas

José Ernesto, es descendiente de José Delfino, el sexto hijo de la pareja formada por doña Refugio Cruz y Delfino Infante, de la cual Pedro era el tercero. Él ya había publicado en 1992 el libro Pedro Infante: el máximo ídolo de México, vida, obra, muerte y leyenda, que también fue un éxito de librerías. Egresado de la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Nuevo León y con doctorado en la Universidad de Wisconsin, ha editado también ensayos sobre política económica.


“Para mí —exclama—, es un orgullo poder integrar tanta información bibliográfica para ordenar la vida de mi tío, en cuanto a su origen, su familia y despejar muchas dudas, algunas hasta básicas, en el sentido que si nació en Guamúchil o Mazatlán.


“Él era originario de Mazatlán, lo que ocurre es que siempre decía que había nacido en Guamúchil y la gente se quedó con esa leyenda, simplemente porque lo decía Pedro y porque ahí vivió gran parte de su vida.


“Reconozco que todavía quedan muchas aristas por explorar. En particular, me llamaba la atención de cómo se había realizado el proceso de reconocimiento de su cadáver; cómo quedó su cuerpo, porque en mi primer libro afirmé que éste se había rescatado completo, hecho que luego me percaté es falso. En el reciente libro presenté muchas fotos del accidente.


“El cuerpo de mi tío quedó muy carbonizado, decapitado. La identificación de los cadáveres fue muy complicada y extremadamente dolorosa para los deudos.


“El doctor Benjamín Góngora aseguró que su cráneo estaba destruido y fue identificado por la placa de platino que le había injertado el doctor Manuel Velasco Suárez, luego de su segundo accidente aéreo en Zitácuaro, en 1949, mientras volaba acompañado de Lupita Torrentera. Se le pudo identificar también por su esclava de oro.


El tórax presentaba 3 fracturas en la columna vertebral; quebrados el hueso iliaco, la pelvis y sus piernas. Si bien mi tío no era muy alto —quizá medía 1.73 metros—, debido a las altísimas temperaturas, su cuerpo se redujo a sólo 80 centímetros. Muerte por atricción total fue el reporte del médico legista.


“Lo digo en el libro y reseño también una charla sostenida con mi papá y mi tío Ángel en 1986. Antes de que el ejército acordonara la zona, los primeros testigos dijeron que mi tío había quedado sujeto al cinturón de seguridad de su asiento, pero en tal mal estado, que cuando lo recuperaron, ya se le había desprendido un brazo y estaba por caérsele una pierna. Sin duda fue un terrible accidente”, comenta reviviendo la escena.

A más de medio siglo de su muerte, a Pedro se le sigue venerando

“Más allá de los detalles de su muerte, también habría que preguntarse a fondo, por ejemplo, cómo es que a 60 años de su fallecimiento la gente lo sigue queriendo tanto. Pedro, no cabe la menor duda, era un artista que cantaba bonito, con sentimiento, y al público le agradaba su porte; por ello sus películas eran muy taquilleras. Esto puede explicarse muy bien porque era un hombre muy carismático, sencillo e identificado con el pueblo; tenía una forma de ser muy especial”, subraya.


“Se ha mencionado que era muy mujeriego, pero también respetó mucho a la mujer; nunca fue golpeador y siempre las trató como iguales. Eso sí, tenía buen cartel con ellas. Lo que yo he publicado en mis libros, son hechos que verifiqué. Por ejemplo, con Lupita Torrentera tuve la oportunidad de hablar de su vida amorosa con Pedro, y ella me dijo que era un excelente amante y aquí en Mérida había muchas mujeres que hacían filas para conocerlo más íntimamente” —dice. Luego pormenoriza cómo en esta ciudad enriqueció la información sobre la vida de su tío.


“Cuando por asuntos de trabajo radiqué en Mérida, la historia sobre él se amplió. Incluso, hasta pude saber que Pedro aportó el dinero para coronar a la virgen de Izamal, patrona de Yucatán, muy querida, y cuyo adoratorio el Papa Juan Pablo II, visitó en 1993.


“Los últimos días de mi tío en estas tierras, antes de morir —luego de retornar de una serie de presentaciones en Centro y Sudamérica—, se remontan al mes de marzo de 1957. Luego, viajó a México unos cuantos días, para visitar a mi abuela, que se hallaba un poco delicada de salud y asistió el 27, a la celebración del segundo cumpleaños de su hija Irma. Regresó a Mérida al día siguiente con mi padre José, quien lo apoyaba en todos sus asuntos personales y familiares, pero esta vez acompañado de Pedro y Lupita —los hijos que había procreado con Lupita Torrentera—, para pasar con ellos, una semana de vacaciones.
“Fueron de visita a los puertos de Progreso, Juárez (Cancún) y a otros lugares que hoy forman parte de la Riviera Maya. Los niños regresaron a México el 5 de abril.


“Pedro y mi padre retornaron en un vuelo comercial, al día siguiente, sábado. Ahí permaneció apenas día y medio, visitó a su madre y habló con Lupita Torrentera.

Las presiones legales por su divorcio

“Se hallaba muy preocupado por cómo se habían puesto de mal las cosas en el tema de su divorcio con María Luisa León y la probable anulación de su matrimonio con Irma Dorantes.


“El lunes 8, Pedro volvió nuevamente a Mérida, en un avión de TAMSA, y al día siguiente fue informado que la Suprema Corte de Justicia de la Nación, le había negado a Irma el amparo interpuesto. De ahí que seguramente su matrimonio se declararía nulo y ambos tendrían que afrontar las consecuencias de la demanda de la señora León.


“Su trágico accidente, como todos sabemos, ocurriría a los pocos días”, comenta con tristeza. Puntualiza:


“Nunca he querido adjudicarme la verdad absoluta sobre él, porque todo mundo tiene una versión particular, pero lo único cierto es que cuando nosotros desaparezcamos, él seguirá firme en su pedestal que le ha erigido el pueblo; inmortalizado para la historia”, concluye José Ernesto Infante.

Pedro Infante. Su permanencia en el imaginario popular

Han transcurrido ya 63 años de su trágico fallecimiento, pero la idolatría por Pedro Infante no ha menguado al paso del tiempo. Por el contrario, su leyenda ha ido en aumento y no falta quien aseguró fantasiosamente que seguía vivo y alejado del mundo, debido a las secuelas sufridas por el accidente del 15 de abril de 1957.


Pero como el caso de todos los mitos, el tiempo no hace sino acrecentar su imagen y despertar las más delirantes fantasías, como hoy ocurre con Elvis Presley, Michael Jackson y otras connotadas figuras.


La polémica sobre su paternidad, tampoco ha estado ausente. Con cierta periodicidad le aparecen nuevos hijos y amores secretos, que intentan sumarse a los ya reconocidos como legítimos: Guadalupe Infante Torrentera y Pedro Infante Jr —muerto el 1 de abril de 2009 en Los Ángeles—, e Irma Infante Dorantes.


Pero también se avaló la consanguinidad de 3 más: Cruz Infante, Dora Luisa Infante León —quien fue acogida por María Luisa León, de quien Pedro Infante no pudo divorciarse—, y Guadalupe Infante López, a quien procreó en Guamúchil, a los 17 años y fue cobijada por la madre del actor en la casa familiar de Lindavista. Cruz y Dora Luisa fallecieron hace varios años.
Armando Infante también se suma a los hijos de Pedro. Su hermano Ángel, dejó testimonio notarial de reconocimiento, que lo acredita como descendiente del destacado intérprete, pese a la oposición inicial de la mayoría de sus hijos.

La polémica por la venta de su tumba

En 2007, justo cuando se cumplía medio siglo del aniversario luctuoso del actor, la noticia de que su tumba sería subastada, desató nuevamente la polémica. La casa Louis C. Morton licitó su mausoleo original, elaborado en granito colado, con placas de mármol, en los que se hallaban inscritos los nombres de sus padres, Refugio Cruz Aranda y Delfino Infante García.

Ésta fue comprada por el empresario papelero Alejandro Uribe Barroso.


Entrevistado en su oportunidad por La revista de México/Gentesur, señaló que nunca tuvo un interés lucrativo al adquirirla y reveló que originalmente pensaba colocarla en un jardín frente a su empresa, con una imagen de la Virgen de Guadalupe como custodia, para que sus admiradores la visitaran.
Empero, ante la posibilidad de que ello le provocase inconvenientes —debido a la devoción de los miles de fanáticos del ídolo sinaloense—, decidió contactar con Mario Vázquez Raña, a quien conocía desde hacía tiempo, y quien alguna vez le había comentado que era un gran admirador de Pedro Infante, con quien incluso había tenido algún trato.


Según Uribe Barroso, el dueño de la Organización Editorial Mexicana (OEM) —fallecido el 8 de febrero de 2015—, no tuvo ningún interés económico en este asunto.

SUBASTA. En el salón de remates la Galería Luis C. Morton, se efectuó la subasta de la tumba original de Pedro Infante. La expectativa fue rota luego de que Patricio Uribe, con la paleta número 27, ofertó finalmente 85 mil pesos por ella

De hecho, la lápida nunca llegó a la sede de la papelera, ante el riesgo de que fuera a ser robada o destruida. Fue trasladada directamente de la bodega de Louis C. Morton a El Sol de México, donde fue restaurada por un artesano especializado. Incluso se realizó una copia del busto colocado en el mausoleo original.
La lápida y algunos objetos de la tumba de Pedro Infante habían sido retirados del sepulcro del legendario cantante para remozarlo, supuestamente por órdenes de sus familiares.


A la subasta asistió su sobrina Cecilia —hija de Socorro Cruz Infante—, quien se mostró no sólo molesta por la comercialización del mausoleo, sino por la cifra que éste alcanzó finalmente.


La puja comenzó con un precio de 50 mil pesos y después de cuatro intentos llegó a los 85 mil.


Irma Dorantes, la última mujer de Pedro Infante, calificó entonces como un acto sacrílego el hecho de subastar la lápida del artista mexicano, pues manifestó que el mausoleo debió quedarse como estaba.


“Siempre he dicho que esa tumba nunca debió ser quitada de ahí. En ella están las lágrimas de todas las personas que quieren a Pedro. Me pareció un sacrilegio, pero cada quien con su conciencia y su vida, su manera de actuar”, señaló la actriz durante la presentación del libro Así fue nuestro amor, que realizó en colaboración con Rosa María Villarreal para editorial Planeta y aseguró que la decisión de escribir el recuento de los últimos 7 años que pasó al lado del ídolo, obedecía a que ya había superado “el dolor y el egoísmo que me impidió, durante años, compartir algo que considero muy mío”.


Entre los libros que sobre Pedro Infante se han escrito en los últimos años, destacan además de Pedro Infante, el ídolo inmortal, de su sobrino José Infante Quintanilla, Las leyes del querer, escrito por Carlos Monsiváis, una crónica—ensayo editada por Aguilar, donde presentó un perfil sociológico del desaparecido actor y cantante.


“Es imposible imaginarse una cultura popular mexicana sin Pedro Infante, como también sería imposible imaginarse su creación y desarrollo sin los dispositivos previos de una cultura popular que cree en el machismo”, dijo Monsiváis a La revista de México/Gentesur.


“En cualquier idea que se tenga, más que de la cultura popular, de lo hoy llamado imaginario colectivo, Pedro Infante se mueve y se instala en los primeros lugares. En esa medida es un reto”.
—¿En dónde radica lo principal del desafío?


“En la permanencia en ese primer lugar. Pedro Infante, desde Nosotros los pobres, es un eje de las visiones perdurables y esto no ha cesado, así varíe la perspectiva de cada generación”, respondió.

Pedro Infante, el recuerdo de su paso

Sin duda, algún día otros también desgranarán nuevas anécdotas. La historia seguirá su curso, pero las evocaciones sobre la permanencia de Pedro Infante en Mérida, que fue testigo de su andar, aún afloran por doquier.


En esta ciudad, amigos, devotos y familiares le tienen presente por sus canciones, películas, fotografías y antiguas posesiones.
Al visitar su casa y el lugar de la tragedia, su recuerdo se percibe cercano; su figura cobra nueva dimensión.


He concluido mi reportaje sobre el accidente que le costó la vida. Sin embargo, mientras lo evoco y transito rumbo al aeropuerto, lo imagino ese amanecer del 15 de abril de 1957, por esta misma ruta, a bordo de su poderosa Harley Davidson.


Y hoy, más que nunca, me parece comprobar, que en verdad Pedro Infante no ha muerto.

Fotos Alberto Carbot