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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR
La marcha de la economía sirve como terreno de ataque y confrontación política con el gobierno, no obstante que la mayoría de las economías mundiales se desaceleran y muchas latinoamericanas de plano caen. Es el lugar para carear la viabilidad de las promesas y la aprobación de la 4T. Donde sus críticos esperan que naufrague la expectativa de cambio, tanto como el sitio oficial para deslindarse del pasado “neoliberal” y lanzar un discurso enardecido nacionalista de terminar con el gobierno oligárquico y abrir cauce a la transformación democrática.
La “guerra de cifras” en la economía luce teñida por la disputa ideológica, que sirve a los detractores para anticipar un desastre, como al gobierno para deslindarse del pasado y llamar a la insubordinación contra los números simplemente porque lo mejor está por venir. “Vamos bien”, dice López Obrador, para convencer de que vencerá los malos pronósticos de crecimiento como si sólo se tratara de abjurar la mala leche de sus críticos.
Pero ambas posturas parecen exageradas, unos por convertir la estacionalidad en juicio sumario, otros por negar las señales de alerta de la economía y reducirlas a conspiraciones de “tecnócratas, corruptos y conservadores”. El saldo, diálogos de sordos y el repliegue en el propio discurso –y hasta las propias cifras– o en los propios recursos –inversión privada– cuando enfrente hay un parón de la economía mundial.
En la recuperación de la vieja disputa de nacionalistas y neoliberales de hace tres décadas, el gobierno presentó el Plan Nacional de Desarrollo (2019-2024) inspirado –señaló en un tuit– en el programa del Partido Liberal de 1906, así como en el Plan Sexenal de Lázaro Cárdenas, casi como una reivindicación –o revancha– histórica contra el modelo “neoporfirista” que desplazó a los gobiernos de la Revolución. El primero, en efecto, correspondió a un programa revolucionario y el segundo fue el nombre dado a la plataforma electoral que Cárdenas llevaría al poder en 1934.
Mas la referencia al PND remite más a un llamado de campaña que a un programa de políticas que se van a hacer y cómo hacerlas. El gobierno sigue en campaña. Por ejemplo, la OCDE reclamó una reforma fiscal para cumplir con los objetivos de desarrollo y alcanzarse un crecimiento de 4% en el sexenio como meta plausible, como reconoció Ángel Gurría. La respuesta oficial quedó atrapada en la diatriba “moral” y la descalificación política al director de la OCDE dentro del elenco de responsables de la “bancarrota” nacional y el entreguismo de los “neoliberales” de los que formó parte el exsecretario de Hacienda con Ernesto Zedillo.
Hay muchas interrogantes sobre la economía, como la revisión de la Ley de Coordinación Fiscal o el rescate de Pemex, que trascienden frases de campaña que vuelven a repetirse en el documento del PND. Pero de lo que se habla no es de eso, sino de la “molestia” de “tecnócratas y conservadores” que manipulan los pronósticos para augurar que al gobierno no le vaya bien. Pese a ello, el Presidente insiste en que “vamos requetebién”, aunque sabe que la marcha de la economía este año será mediocre.
La pelea por la economía es también el ring de la aprobación presidencial. Su defensa parece reflejar las oscilaciones de la popularidad presidencial, que intensifica la confrontación como en las últimas dos semanas cuando irrumpen datos que pueden erosionar el respaldo.
Sin embargo, el recurso de politizar la economía tiene límites y la recurrencia desgasta al poder si no hay resultados. Sobre todo, cuando la respuesta a los problemas es polarizar como si siguieramos en campaña.